La diligencia: de la Francia ocupada a Monument Valley

| 22/09/2014

Estamos ante una obra-puente que asimila aspectos de la tradición westerniana anterior con sus elementos iconográficos como sombreros o grandes pistolas.

La diligencia, el primer western sonoro de John Ford (1939), ha pasado a la historia del cine como una de las mejores películas de todos los tiempos, paradigma de las formas clásicas del cine norteamericano. Or­son Welles vio la película muchas veces an­tes de realizar ese otro gran prodigio cine­matográfico: Ciudadano Kane. Es conocida la devoción que tenía por el director irlandés, hasta el punto de que cuando le pre­guntaban cuáles eran los tres cineastas que más admiraba, respondía: John Ford, John Ford y John Ford.

En La diligencia encontró Welles una medi­da exacta entre tipología social americana, profundización psicológica de los persona­jes, lírica en imágenes y epopeya histórica, recogidos en una historia sencilla, y narra­dos con una realización también pulcra y una puesta en escena de western, género donde mejor se movía Ford, aunque no exclu­sivo. André Bazin lo resume metafóricamen­te en el libro ¿Qué es el cine?: “La diligen­cia evoca la idea de una rueda tan perfec­ta que permanece en equilibrio sobre su eje en cualquier posición que se la coloque”.

Contribuyeron a esa perfección la mirada ar­tística de Ford, el montaje de continuidad, los cambios de eje, los largos travelling, los encuadres fotográficos de Bert Gle­nnon, pero también la historia, que hun­de sus raíces más profundas en la Fran­cia ocupada por el ejército prusiano del cuen­to Bola de sebo escrito en 1890 por Guy de Maupassant y publicado por vez pri­mera en un libro colectivo Les sotrées de mé­dam, editado por Zola.

La diligencia comienza en Tonto, aldea de Texas donde las damas distinguidas y pu­ritanas expulsan a una prostituta, Da­llas, que se ve obligada a tomar una diligen­cia con destino al Oeste. En la diligencia viajan un médico borrachín -también ex­pulsado del pueblo-, un jugador profesional con aspecto de caballero sureño, un via­jante de licores con apariencia de clérigo, un hombre circunspecto, una dama, hi­ja y mujer de militares, que desea reunirse con su esposo, el sheriff, que va en busca de Ringo Kid (John Wayne), cowboy fugitivo, del que sospecha que va a matar a los ase­sinos de su hermano, y un banquero que es­capa con el dinero de sus clientes en una ma­leta. Todos ellos se ven obligados a convi­vir en el estrecho cajón de una diligencia, lo que da pie a Ford a desarrollar uno de sus temas favoritos: el conocimiento y la acep­tación del otro, a través de un viaje lleno de peligros en el que el trayec­to físico comporta otro moral.

Bola de sebo

El relato referencia de Maupassant se de­sarrolla en la segunda mitad del siglo XIX en Ruan, ciudad invadida por el ejército de Pru­sia. Allí, algunos comerciantes deciden tras­ladarse a El Havre, ciudad defendida por el ejército francés, a bordo de una diligencia. Ocupan su interior -además del cochero- tres matrimonios y dos monjas, que repre­sentan la ley, y dos personas que escapan a ella: Cornudet, fiero demócrata, y Rousset, prostituta, a la que apodan “Bola de sebo”, y a la que los distinguidos compa­ñeros de viaje obligarán a ofrecer sus servi­cios al enemigo para salvar el pellejo.

“Los elementos ofrecidos por el relato de Maupassant -según el catedrático Rafael Utre­ra en su artículo “La diligencia: de la li­teratura al cine” (Nickel Odeon, nº 26, 2002)- se apoyan en cuatro factores básicos: un viaje con un destino común; un con­junto de pasajeros, pertenecientes a diferentes clases sociales, que se debe obligada convivencia; un enemigo al que obedecer o combatir; un sacrificio personal como ele­mento benefactor que redunda en los demás, sean amigos o enemigos”. Todo esto le sir­ve a Ford para su película; pero, a diferencia de Bola de sebo, La diligencia no preten­de ser una crítica mordaz contra los burgue­ses de su tiempo, aunque sí “un declara­do ataque al puritanismo” norteamericano desde una mirada más amable.

Diligencia a Lordsburg

La siguiente referencia literaria es un tex­to periodístico publicado en EE.UU. en los años veinte por Ernest Haycox, titulado Diligencia a Lordsburg. Ford lo descubrió en la revista Collier’s Magazine. Aunque su his­toria era superficial y no estaba bien de­sa­rrollada para ser llevada al cine, el cineas­ta pensó que los personajes tenían matices muy interesantes y compró los derechos. Al tratarse de una película del Oeste -género que no gozaba de prestigio ya en aquel tiempo-, no encontró ningún productor que asumiera el proyecto, hasta que Wal­ter Wanger, de la United Artists, accedió y pudo comenzar el rodaje en el Mo­nu­ment Valley, lugar mítico al que tantas veces regresaría.

“El acierto de Haycox consiste -según Utrera- en trasladar la ambientación y los per­sonajes franceses -de Maupassant- a un es­pacio norteamericano donde el viejo Oes­te impone leyes y modos de convivencia. (…) El cuento del escritor francés al cruzar el océano ha experimentado una profunda transformación; ha perdido su va­lor simbólico y la enseñanza mo­ral; es apenas una anécdota de la frontera; respecto a la futura pelí­cula, sus veinte páginas plantean, su­cinta pero suficientemente, todo un en­tramado de relaciones capaces de cons­tituir una síntesis desde la que puede cons­truirse, organizada y detalladamente, el guión”.

El guión de Nichols

Ford dio a Dudley Nichols el encargo de trans­formar el relato de Haycox en guión. És­te lo dotó de una estructura de tres actos con puntos de giro y subtramas propios de una fórmula clásica. Existen algunas semejan­zas con el cuento de Maupassant: simili­tudes fonéticas en los lugares, antagonistas, coincidencias en detalles que ac­túan co­mo metáfora, etc. Al margen de es­tos aspectos, el guionista decidió profundi­zar más en la psicología de los personajes, en sus códigos de valores y en sus relacio­nes in­terpersonales y dotó al texto de ve­rosimilitud.

Al final, quedó un guión modélico, clave en la evolución del género. La diligencia es una obra-puente que asimila aspectos de la tra­dición westerniana anterior con sus elemen­tos iconográficos como sombreros o gran­des pistolas. Y asienta las bases de los westerns del futuro, caracterizados por una pro­fundización psicológica de los personajes desconocida hasta el momento.

Ford nos legó así una de sus obras maestras, la summa, el romancero o el cantar de gesta del Oeste Americano, fundamental en la formación de los Estados Unidos y en la con­ciencia de los estadounidenses. Todo el Far West, con sus representantes de la civili­zación norteamericana y sus prin­cipios de va­lor, lealtad y camaradería, es­taba metido en esa diligencia que corría a galope por los im­presionantes paisajes de Mo­nument Valley.

Cristina Abad


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