La atmósfera cautivadora de Downton Abbey

Gran parte del mérito lo tiene el equipo de dirección artística. Entre ellos, una risueña Susannah Bux­ton, artífice del vestuario de la serie.

Tiene Downton Abbey la capacidad de cautivar desde los mismos títulos de crédito. Ante nosotros se des­pliega esa atmósfera de pucheros a fuego lento, el si­lencio interrumpido por el sonido leve de una campa­nilla, el gigantesco Van Dyck que preside el comedor pequeño, el periódico planchado que acaba de colo­car sobre la mesa un mayordomo con plastrón, y el tiem­po detenido a través de los ventanales que se abren desde la biblioteca de Lord Grantham.

Es habitual en estos dramas de época que la ambien­tación contribuya a que la trama fluya con solidez. Pero sólo en unos pocos se consigue de una mane­ra tan mágica como en la primera temporada de Downton Abbey. Tras dos entregas, esta serie ideada por el actor y guionista Julian Fellowes afronta una ter­cera que vendrá con el otoño. Hay muchas incógni­tas en el aire por resolver. Una de ellas es si esta atmós­fera cautivadora seguirá bastando para cubrir las inconsistencias en la historia que se advirtieron en la se­gunda entrega, donde a veces lo rocambolesco ocupó el lugar de lo trágico.

Gran parte del mérito lo tiene el equipo de dirección artística. Entre ellos, una risueña Susannah Bux­ton, artífice del vestuario de la serie. Tras estudiar Diseño Gráfico e Ilustración en Birmingham Art College, y cursar un postgrado en Cine y Televisión en la Universidad de Bristol, tuvo su primera oportunidad en una serie de la BBC. Tras veinticinco años de pro­fesión, aterrizó en el equipo de Downton Abbey. “Cuan­do empezamos, el productor me pidió que hicie­ra el vestuario accesible a la mirada contemporánea. Ade­más, quise hacerlo interesante: llamativo y a la vez realista”. Como siempre, investigó a fondo las circuns­tancias históricas, consultó fotografías, colecciones de pintura y catálogos de moda de la épo­ca. Así fue como decidió inspirarse en la silueta rectilínea y sen­cilla del diseñador francés Paul Poiret. Leyó los guio­nes cuatro o cinco veces y trazó un plan del vestua­rio que iba a precisar cada personaje. Cada uno ne­ce­sitaba uno específico para la mañana, la tarde y la no­che, adecuadamente planificado en función de los cambios de estación. Viajó a Madrid y Londres para bus­car telas y alquilar vestidos.

Sólo un tercio de todo el vestuario de Downton Abbey es completamente nuevo. Buxton comenzó su tra­bajo ocho semanas antes del rodaje y durante el mis­mo supervisó cambios de última hora, con trajes que hubo que hacer de nuevo o personajes que se intro­ducían en la serie. “De los vestidos que estoy más or­gullosa son precisamente ésos en los que apenas repa­ras porque forman parte del personaje. Es decir, cuan­do no parecen actores con vestuario sino gente real”. Cuando la serie terminó de pasarse en el Reino Uni­do, se dispararon las ventas de guantes largos, per­las, capas y botas de cordones. Y cuando llegó a Es­tados Unidos, el trabajo de Buxton recibió encendidos elogios de Anna Wintour.

Lady Mary odia el negro. No es la más guapa de las hi­jas de Lord Grantham, pero es la más hermosa. Es la pri­mogénita, visita Londres a menudo y es la que va más a la moda. Está encarnada por una actriz, Mi­che­lle Dockery, que le presta un singular tono de voz. No es extraño que luego se supiera que, además, es can­tante de jazz. Lady Sybil es la benjamina, la más atre­vida e idealista, que se escapa cada vez que puede a los encuentros de las mujeres sufragistas. Una no­che aparece vestida para cenar con pantalones de cor­te oriental.

“Para los escandalosos pantalones morunos -di­ce Bux­ton- me basé en los colores y cortes de los ba­llets ru­sos de Dhiagilev”, que tanto influyeron en las colecciones de moda de aquellos años previos a la Pri­me­ra Guerra Mundial. La Condesa Viuda de Gran­tham, in­terpretada de forma magistral por Maggie Smith, siem­pre sentada al borde de los sillones y apoya­da en su bastón, contempla cómo el nuevo siglo devo­ra al an­terior. De forma paralela vemos evolucionar a los criados, con una señora O’Brien que parece sa­cada de Una vuelta de tuerca, de Henry James, o el ma­yordomo Carson, que resulta familiar si nos acorda­mos de Ste­vens de Los restos del día (Kazuo Ishiguro, 1990).

Lo mismo ocurre con el lugar, casi siempre un pala­cio que termina por proyectar sobre los personajes su personalidad imperturbable. Downton Abbey, rodada en Highclere Castle, que se encuentra en el condado de Berkshire, guarda un paralelismo con aquel casti­llo de Howard, en Yorkshire, de la excepcional adapta­ción de Retorno a Brideshead (Evelyn Waugh, 1945) para la televisión en los años ochenta.

Felipe Santos

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