El western no ha muerto

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Mi­chael Fassbender y Kodi Smit-McPhee en Slow West

· Slow West (estreno en cines el próximo viernes 16 de octubre), un nuevo ejemplo

Decía John Dunbar, el personaje interpretado por Ke­vin Costner en Bailando con lobos (1990), que deseaba ver la frontera antes de que esta de­sapareciera.

La frontera lleva lustros amenazada. El western hoy en día no llena los cines y su defunción ha sido anunciada mil y una veces. Las nuevas generaciones de espectadores ven el western como algo del pasado, re­trógrado y machista; y la crítica moderna lo mira a me­nudo por encima del hombro, como un cine anticuado cargado de tópicos. Hay cinéfilos que para no ser tildados de simples solo reconocen en público el gus­to por los westerns de Sergio Leone, seguramente por tener el sello de cine europeo, o por aquellos a los que les rodea un aura de psicológicas interpretaciones del Actors Studio o algún mensaje político más bien de izquierdas como El Zurdo (1958) o Solo ante el peli­gro (1952). Actores como John Wayne, Ward Bond, Lee Marvin y el Clint Eastwood anterior a William Munny, han sido a menudo tildados de fascistas. Incluso un cinéfilo como Quentin Tarantino se ha atrevido a afirmar que John Ford es un racista (quizá es que no ha visto El Sargento Negro -1960- o no ha entendido esa oscura obra imperecedera llamada Centauros del desierto -1956-).

Los grandes estudios ya no miran al Oeste. La épica no está de moda. Cada año se estrenan unos cuantos wes­terns que suelen pasar más o menos desapercibidos, algunos de ellos españoles –Una noche en el viejo Mé­jico (2013), de Emilio Aragón, o Blackthorn (2011) de Mateo Gil. En ocasiones ni siquiera caemos en la cuenta de que realmente son westernsMad Max: Furia en la carretera (2015), El libro de Eli (2010), El Llanero So­litario (2013), No es país para viejos (2007) o El últi­mo desafío (2013), este último con Schwarzenegger en el papel de sheriff. Igual suerte corre la televisión: El Virginiano y Bonanza han dado lugar a series más com­plejas y shakespeareanas como Hatfields & McCoys o Deadwood; y podemos hallar trazas del viejo Oeste has­ta en The Walking Dead.

“Las nuevas generaciones de espectadores ven el western como algo del pasado, re­trógrado y machista; y la crítica moderna lo mira a veces por encima del hombro”

Slow West es una de las últimas aproximaciones al uni­verso del salvaje oeste. Lejos de tener los modos de los clásicos americanos, su inspiración la encuentra en el western europeo aunque haya sido rodada en Nueva Ze­landa. Está dirigida por el primerizo John Maclean. Es un western extraño, minimalista, donde los pequeños detalles priman sobre el conjunto. Una pequeña pe­lícula y una gran historia de amor narrada a salto de flash back. La historia de un muchacho escocés que cru­za el oeste en busca de su amada contiene un aire de ensoñación, de realismo mágico. Está salpicado de un humor negro desconcertante que contrasta con su aire ingenuo casi naif. La música es anticlimática, las si­tuaciones rozan lo absurdo y las balas parecen conta­das hasta que estalla la tormenta. Lo mejor es sin duda Michael Fassbender en el papel del bandido Silas. El ac­tor irlandés parece demasiado grande para las hechuras de la película, su compañero y protagonista es el joven Kodi Smit-McPhee, conocido por su papel de ni­ño en The Road (2009). Si bien la película tiene carencias narrativas y un presupuesto más que ajustado, es de agradecer la búsqueda de nuevos caminos en el western.

Maclean coge el relevo de otros directores que en lo que va de siglo han cruzado los grandes espacios y se han acercado a la mítica de las praderas. Algunas de es­tas películas están lejos de ser buenas, como Appaloosa (2008), que es una cinta fallida, buenos acto­res, buenos decorados, buena fotografía, mal guion y peor dirección. A la historia se le notan las costuras y Ed Ha­rris no acierta como director. Los diálogos son in­sul­sos y la acción es mínima y llena de tópicos. Harris y Viggo Mortensen se encuentran perdidos en la na­da, vagan por la pantalla sin saber qué hacer mientras Re­née Zellweger está completamente desaprovechada.

Russell Crowe y Christian Bale en El tren de las 3:10En El tren de las 3:10 (2007), su director James Man­gold se acerca tanto al western clásico que lo co­pia en este remake de la película del mismo título diri­gi­da en 1957 por Delmer Davis. Glenn Ford y Van Hef­lin son sustituidos por Russell Crowe y Christian Ba­le. Un actor australiano y uno galés para un western con todos los avíos. No faltan tiros, ni cabalgadas ni asal­tos a diligencias. A Crowe se le ve cómodo en el pa­pel de villano encantador mientras que Bale interpreta a un perdedor cuya frase a su hijo (“recuerda que tu padre llevó a Ben Wade a la estación cuando na­die quiso hacerlo”) aún resuena cuando ya se han en­cendido las luces de la sala.

“En Slow West, Maclean coge el relevo de otros directores que en lo que va de siglo han cruzado los grandes espacios y se han acercado a la mítica de las praderas”

Con Django desencadenado (2012), Quentin Tarantino regresa al western de los 70, lo que se traduce en Ennio Morricone, rápidos movimientos de zoom y cámara lenta en las escenas de acción al más puro estilo Pe­ckinpah. El ritmo no decae, aunque como en todas las películas de este autor uno tiene la sensación de que en algún punto del metraje se le va la olla. Técnicamente impecable con la cuidada fotografía del gran Ro­bert Richardson, posee escenas memorables, hu­mor absurdo dentro de la violencia y algunas situaciones que se alargan más de lo recomendable.

Valor de ley (2010), de los Jeff Bridges y Hailee Steinfeld en Valor de leyhermanos Coen, es quizás la más clásica de todas, es seguramente por ello la que me­jor perdurará. Es una ajustada adaptación de la novela de Charles Portis. El actor Jeff Bridges como el bo­rracho y tuerto Rooster Cogburn, consigue hacernos ol­vidar al John Wayne de la primera versión, y la jo­ven actriz Hailee Steinfeld nos sorprende gratamente dan­do vida a la insoportable y locuaz Mattie Ross.

Para terminar este breve repaso por los westerns de es­te siglo, vale la pena detenerse en El asesinato de Je­sse James por el cobarde Robert Ford (2007). Una cin­ta que huye de los tópicos más manidos del western y en donde hasta los disparos suenan distintos, más realistas. Su punto fuerte son las interpretaciones: Brad Pitt realiza un complejo retrato del famoso ladrón de trenes y un inquietante Casey Affleck produ­ce a la vez odio y lástima con su detestable personaje. La película pone a prueba la paciencia del espectador, es demasiado larga y el director neozelandés Andrew Do­minik da prioridad a la estética por encima de la ac­ción, sin embargo posee alguna gran escena como la celebérrima del cuadro.

A pesar de estos títulos destacables, es sin duda el western un género en constante peligro de desaparecer co­mo lo hizo la frontera que buscaba John Dunbar. Ha­brá quien diga que el western ya está muerto, quizá sea cierto, pero en ese caso se trata de un muerto vivien­te.

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