El western sigue vivo

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Django desencadenado

Para una gran parte del público es una sorpresa cada vez que se estrena un western pero, en realidad, es un género que no hemos perdido.

Desde Sin perdón (1992) hemos ido recobrando verdadero interés por este género que va más allá de pistoleros e indios con flechas. Estamos viendo una auténtica evolución curiosamente tardía. Pocos vaqueros hemos visto desde la anterior oleada de cine del Oeste, que tuvo a Sergio Leone como máximo artífice del spaghetti western. Películas como El bueno, el feo y el malo convierten al western en un tipo de cine que gusta. Gusta por sus personajes, por sus historias, por su pulso, su tensión y el mito que rodea a todo héroe del lejano Oeste. Unas lecciones que, como actor, aprendió muy bien Clint Eastwood para utilizarlas luego en sus propias producciones, en las que también incorpora un componente personal que llena de sentido sus películas.

Y si ha vuelto es gracias a un Eastwood que se quedó con ganas de más. Así es como ha ido perfeccionando el personaje de Will Munny en Sin Perdón hasta el Walt Kowalski de Gran Torino que ya no vive en un pueblo famoso por su ganado. La ciudad es el nuevo escenario en el que resolver el conflicto de un niño asiático, que parece ser el indio de Oriente, con los bandidos de la zona, que escuchan rap y son tan peligrosos o roban tanto como un cazatesoros del desierto. Una problemática y un héroe herederos de primer orden de ese tesoro que dejaron grandes como John Ford o Howard Hawks.

Aún así no es el viejo Clint el único valedor del género. Grande ha sido la curiosidad que ha picado a actores y directores diversos a probarse en las andaduras del desierto. En 1990 vimos a Kevin Costner enamorado de una mujer india en Bailando con lobos, un filme que ganó siete Oscars y que también ayudó a dar el pistoletazo de salida a esta vuelta al Oeste.

Mel Gibson dejó la acción urbana a un lado cuando protagonizó Maverick con su amiga Jodie Foster. Una cinta sobre un jugador de póker que dominaba el arte del engaño y que, aunque no fuera una persecución en diligencia, sí tenía muchos de los elementos propios del western.

Y si la apuesta no era lo suficientemente fuerte, el siglo terminaba con un Hollywood que gastaba 170 millones de dólares para lanzar a Will Smith en la macarrilla Wild Wild West, que recaudó algo más de 220 millones en todo el mundo.

El nuevo milenio nos devolvió a Costner vestido de vaquero y acompañado por Robert Duvall en Open Range (2003). En el 2006 vimos la solvente Réquiem por Billy el Niño y a nuestra internacional Penélope Cruz con Salma Hayek en una triste Bandidas.

Un año más tarde, en 2007, era Brad Pitt quien se ponía a las órdenes de Andrew Dominik en una obra de bella factura que cosechó buenas críticas: El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford. En ese mismo año Crowe y Bale protagonizaron un buen remake de El tren de las 3:10 que dirigió James Mangold, después de buscar financiación en empresas no relacionadas con el cine, a la vista del desinterés de la industria por el proyecto.

Hasta tal punto ha llegado este renacimiento del western que las nuevas tecnologías también lo han visto con buenos ojos. Cómica fue la aparición de Rango (2010), un lagarto con camisa hawaiana, en el mundo animado de animales-cowboy; no lo fueron menos los hermanos Coen cuando decidieron que aún tenían pendiente un western y llamaron a Jeff Bridges para que hiciera con ellos un remake de True Gift.

Lo de Cowboys y aliens nos dejó un poco fríos, con una hibridación poco afortunada en forma de western marciano, con Daniel Bond Craig y Harrison Indiana Ford.

No podían faltar los intentos del cine español en algo tan yankee como las “pelis de vaqueros”. Lo llamativo es que se han producido con mucho acierto. Mateo Gil dirigió Blackthorn con Sam Shepard y Eduardo Noriega, un western en toda regla que fue premiado merecidamente por la Academia con 4 premios Goya de sus 11 nominaciones. Y aunque la gran ganadora esa noche fue la dirigida por Enrique Urbizu No habrá paz para los malvados lo cierto es que el papel que interpreta José Coronado es el de un western moderno. Vestido con su “chupa” y sus botas al más puro estilo vaquero, Coronado se enfrenta a los malos de turno como un héroe solitario que cabalga de pueblo en pueblo por el desierto buscando un bar en el que ahogar sus penas.

La realidad es que el cine se alegra de estas producciones y no sólo de (re)hacer westerns en los desiertos del Colorado, también por llevar ambientes del siglo XXI a esta temática. Quizá el mejor ejemplo que encuentro es Drive. La película de Winding Refn ha sorprendido a muchos pero no deja de ser una lectura de Raíces profundas, la gran película de Stevens. Un solitario que ve en una familia algo por lo que luchar y por los que dejará sus intereses de lado para poder salvarlos. La tensión y la violencia que encierra el personaje de Ryan Gosling son recuerdos de este género que nunca debió pasar de moda.

Y en los últimos tiempos no faltan grandes títulos como Django desencadenado, de Tarantino, con Jamie FoxxDiCaprio y Christoph Waltz, Los odiosos ocho (más Tarantino), Slow West, Deuda de honor

Álvaro Flórez

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