XX Festival de Málaga: Verano del 93 resucita una alicaída edición

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Verano del 93

· Crónica desde Málaga de la edición 2017 del Festival de Cine Español, que se encuentra en estos momentos en su ecuador.

La 20 edición del Festival de Málaga ha superado ya su ecuador. Y lo ha hecho probablemente con su mejor jornada. Así que, como Benjamin Button, vayamos del presente al pasado. Hoy se ha presentado la que sería una notable ganadora del Festival: Verano de 1993 es una pequeña joya, una ópera prima de Carla Simón, joven cineasta catalana que cuenta un duro episodio autobiográfico: la pérdida de sus padres a los 6 años, víctimas del SIDA. La cinta es una lección de cine y de vida. Rodada con mimo, a la altura de los ojos y del corazón de una niña y sin caer, ni de lejos, en la sensiblería, el sentimentalismo o el dramatismo. Un alarde de contención, que no es, ni mucho menos, frialdad. Es un simple retrato de lo puñetera que puede ser -que casi siempre es- la vida, tan dura como esperanzadora, especialmente en el caso de un niño. De la protagonista, Laia Artigas, podríamos escribir piezas enteras, pero es que su “hermana pequeña”, Paula Robles, no se queda atrás. El recital que dan estas dos pequeñas es increíble. Y la prueba del algodón es que consiguieron arrancar las risas de unos espectadores que asistían con el corazón encogido a uno de los dramas más duros que se pueden sufrir en la infancia. Presumíamos que la película sería una de las favoritas pero no que iba a serlo de esta manera tan rotunda. Por goleada.

Se proyectó después la película argentina Gilda, no me arrepiento de este amor. Una dramedia que cuenta la historia de una mujer joven casada y con dos hijos que abandona su trabajo en una guardería para perseguir su sueño: convertirse en cantante de música tropical. La cinta se ve bien, a pesar de sus claras notas “telenoveleras”, gracias a una narrativa simple pero eficaz -hay historia y se cuenta bien- y al encanto -también sencillo- de su protagonista.

Brava
Fotograma de Brava

Ha sido una jornada muy alejada del tono oscuro y sórdido de ayer donde se acumularon tres películas que ponían el dedo sobre la llaga de la violencia machista. Brava, la película de Roser Aguilar, seguía el drama de una mujer que sufre un brutal asalto en el metro y ve en su huida cómo los dos jóvenes asaltantes violan a una chica. La mujer trata de superar el trauma volviendo a la casa paterna, pero entra en una oscura y morbosa espiral un tanto autodestructiva. En la rueda de prensa, Roser Aguilar contestó a una pregunta sobre las semejanzas de su película con Elle que no había visto la cinta francesa, pero la realidad es que, a pesar de las diferencias, los personajes de Isabelle Hupper y Laia Marull tienen algún punto de contacto.

Brava acierta al reflejar hasta qué punto puede afectar un trauma como el que sufre la protagonista, especialmente cuando encuentra un terreno fértil de incomunicación y aislamiento, pero fuerza excesivamente la trama -y la propia verosimilitud de la historia- al hacer transitar a la protagonista por los aspectos más sórdidos de la psicología humana. Con una violencia explícita, además, que me resultó gratuita.

Tan gratuita como la de La mujer del animal, otra historia de violencia machista localizada esta vez en una aldea colombiana donde “El animal” -que como su mote indica es una bestia-, después de violar a una joven aldeana de 18 años, la convierte en su mujer y la somete a una existencia de malos tratos, palizas y vejaciones… ante la mirada de todo el pueblo que, sin aprobar su actitud, tampoco hace nada por frenar las agresiones. Aguanté 45 minutos… y, como yo, parte de la crítica. Alabo la intención de denunciar una situación infrahumana, pero tengo mis dudas de si este tipo de películas tan explícitas son eficaces o son una forma más de alimentar al monstruo…

Llueven vacas
Maribel Verdú y Víctor Clavijo en Llueven vacas

En este sentido, la tercera película sobre la violencia machista, Llueven vacas, con un planteamiento mucho más radical e incluso experimental, me pareció más interesante. Fran Arráez debuta con un conjunto de historias protagonizados por siete parejas que, en realidad, son una misma. La incomodidad y la perversión se adueñan de la cinta desde el primer fotograma, pero a través de mecanismos más intelectuales y lingüísticos que visuales. La película habla del maltrato psicológico, un maltrato mucho más sibilino, más difícil de detectar, pero que convierte al otro en un auténtico despojo humano. En Llueven vacas encontramos hombres dominadores y mujeres imbéciles… que han llegado a serlo después de negarse a ellas mismas la dignidad que tienen. Como toda película de tesis es parcial, pero abre interesantes líneas de debate.

En las anteriores jornadas pudimos ver Selfie, una cinta pequeña que cuenta la historia de un pijo insoportable que, de la noche a la mañana, verá cómo su vida de ensueño se trunca por culpa de un padre político corrupto. Que nadie se engañe, no es un drama, es una película-denuncia. Pero una denuncia en tiempos de YouTube, es decir, una denuncia relativa. La cinta hubiera sido un corto memorable. Para largo, le falta mucha cocción al guion.

Vimos también dos grandes decepciones: la primera, Amar, el estreno en el largo del famoso cortometrajista Esteban Crespo. La película es una colección de estampas naif y relamidas que cuenta -más que el amor- el arrebato sexual de dos jóvenes. Se salva María Pedraza, pero solo por los pelos porque su personaje, como el resto, tiene de escritura lo que yo de vietnamita, nada. La conclusión: este chico necesita un guionista como el comer.

De la otra decepción –La niebla y la doncella– se supone que guion había, porque es la adaptación de la novela de Lorenzo Silva. No la he leído… pero la película es un despropósito. Empezando por unos fallos importantes de sonido y siguiendo por una historia rematadamente mal contada.

El bar
Buena parte del reparto de El bar

Sin llegar a tal nivel de despropósito, tampoco convenció El bar, la nueva película de Álex de la Iglesia, que inauguró el Festival. La historia empieza bien, pero como suele pasar en gran parte del cine de De la Iglesia, pasado el primer tramo la cinta se lanza sin frenos -sin guion- hacia la nada: pura pirotecnia.

En resumen, por lo que hemos visto hasta ahora, el Festival de Málaga sigue necesitando una buena poda de títulos menores, de cine de estrella y media que, a duras penas, llegará a tener público, espantado de unas propuestas narrativas muy pobres, una morbosa querencia por lo sórdido y una estética casposa. Y está pidiendo a gritos caras y voces nuevas capaces de contar una historia. Que parece simple, pero que no lo es. Con otras palabras: con un puñado de Veranos del 93, salvamos Málaga. Que -tendría que haberlo dicho al principio- es un Festival necesitado de salvación…

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