· Se cumplen 50 años de una película que, como dijo Godard, “es, en verdad, el mundo en una hora y media”.

Al azar, BaltasarAu hasard Balthazar País/Año: Francia, Suecia, 1966 Dirección y Guion: Robert Bresson Fotografía: Ghislain Cloquet Montaje: Raymond Lamy Música: Jean Wiener Intérpretes: Anne Wiazemsky, Walter Green, Philippe Asselin, François Lefarge, Nathalie Joyaut, Jean-Claude Guilbert, Pierre Klossowski Distribuidora DVD: Filmax. Duración: 95 min. Público adecuado: +16 años

Debemos al paso del tiempo el poder celebrar la visión. Nada se ve tan bien como lo que se puede contemplar despacio. La película de Robert Bresson, que cumple ahora 50 años, es una herida antigua que nos deja ver los huesos si nos atrevemos a asomarnos, si le dejamos tiempo para que nos traspase.

Mostrar el “dentro” de los seres siempre es lo más difícil. Bresson, como Kurosawa, aprendieron en la novela de Dostoievsky (El idiota, 1869) a empujar esa puerta estrecha por la que se entra en los santos evangelios.

La inocencia, aunque parece esquiva, es una piedra imantada. Chaplin, buen conocedor del corazón humano, dio vida a Charlot, uno los primeros idiotas del cine. Lue­go vendrían otros tontos. Tontos sagrados, santos ino­centes, seres habitados por la gracia.

Bresson, que quiso también tener su idiota, buscó un burro que no supiera hacer absolutamente nada, ni siquiera empujar bien una carreta. Los niños que lo adoptan en la película lo bautizan con el nombre de uno de los reyes magos. La vida del pequeño asno será un viaje tan azaroso como el de ellos.

Baltasar es un burro inocente como inocente es el rey de los judíos que buscaban los magos. Un animal que sufre con lo mismo que nos hace sufrir a nosotros. Su vida de trabajo dócil se ve atosigada por la maldad de sus amos. Los siete pecados capitales llegan al azar, sin orden ni concierto, para colmar de penas sus días. El orgullo, la avaricia y la mezquindad se abaten sobre él hasta que el espectador casi se atraganta y no quiere seguir viendo más.

Lo que el espectador a duras penas puede soportar, el burro en cambio lo sobrelleva con calma, revocando así las marcas de nuestro mapa de superficie que señalan siempre como vencedores a los más poderosos. El plano fijo en el que Baltasar está a la intemperie con la nieve cayendo sobre él, mientras permanece tranquilo e inmóvil, nos es entregado como una humilde revelación: la inocencia con toda su debilidad es más fuerte que las amargas potestades de este mundo.

“Con toda su pureza, tranquilidad, serenidad y santidad”, tal y como le describe Bresson, el animal incapaz de dañar a nadie sigue adelante hasta que le llega la muerte. Rodeado por algunas ovejas le vemos apagarse apaciblemente. Suenan de fondo algunos cencerros entreverados con el andantino de la sonata 959, que Schubert compuso meses antes de su propia partida.

Cuando volvemos a ver Al azar, Baltasar entendemos mejor algo del entusiasmo oscuro de Godard: “Cualquiera que vea este filme quedará absolutamente deslumbrado […] porque este filme es, en verdad, el mundo en una hora y media”. Ver y volver a ver despacio. Sentarse a comer el pan y la sal de la inocencia. Esa es la celebración que nos espera si nos atrevemos a asomarnos.

Reseña Panorama
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Mariam Vizcaíno
Profesora en el Título Superior en Comunicación & Gestión de la Moda. Jefa de la sección "Vestuario y Estilo"