Carros de fuego

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Carros de fuego

Me parece que fue Hitchcock quien afirmó que el secreto de una buena película es un buen guión. y ese es el elemento principal con el que cuentan las películas que llamamos clásicas, aquellas que han pasado -y seguirán pasando- a la historia del cine con letras de oro. Refiriéndose a los libros, Italo Calvino opina que: “los clásicos son aquellos libros de los cuáles se suele decir: Estoy releyendo… y nunca Estoy leyendo…“. Parafraseando al ilustre escritor, se podría afirmar que una película clásica es aquella sobre la que se suele decir: “he vuelto a ver…” y nunca “he visto…”

Recientemente he tenido la oportunidad de volver a ver Carros de fuego (Hugh Hudson, 1980) y he de reconocer que ha sido un redescubrimiento. La película fue presentada en el festival de Cannes de 1981, donde mereció un buen reconocimiento por parte de la crítica. Sin embargo, pasó sin pena ni gloria por las pantallas españolas. Meses después, cuando la academia de Hollywood la premió con 4 Oscars -entre ellos, los correspondientes a la mejor película y al mejor guión original- los empresarios españoles se apresuraron a reponerla en la salas de cine.

“Loemos a los hombres famosos y a los padres que los engendraron”. Con estas palabras del Libro del Eclesiástico comienza la película. La acción -inspirada en hechos reales- transcurre durante los años anteriores a las VIII Olimpiadas que se celebraron en París en 1924. Los jóvenes protagonistas son Harold, un judío que estudia en Cambridge, y Eric, hijo de un misionero protestante escocés, que ha regresado a su país tras varios años en China.

Ambos son dos magníficos atletas y sus vidas se cruzan en la lucha por las medallas olímpicas. Sus motivaciones son bien diferentes; Harold piensa en el éxito como una palanca que le eleve por encima de un cierto complejo social; Eric es un hombre de profundas creencias religiosas, que ve en el triunfo un modo de servir a Dios.

Conforme avanza la película se nos van presentando las vicisitudes de los dos personajes, sus crisis, el proceso de madurez de uno, la fidelidad del otro a sus convicciones religiosas por encima de toda gloria humana; y el espectador, que es cada vez más consciente de la valía personal de los dos jóvenes, va descubriendo valores universales e imperecederos: la tenacidad, la lealtad, la amplitud de miras, la necesidad de compartir los triunfos y sacar consecuencias útiles de los fracasos…

Si el guión es la esencia de una película, los aspectos técnicos son su envoltura. Y en este punto todo está muy ciudado: fotografía, ambientación, vestuario, con mención especial para la magnífica banda sonora de Vangelis. En definitiva, un film ya clásico, como un libro clásico, que al decir de Italo Calvino, “persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone”.

Chariots of fire (1981). Dirección: Hugh Hudson .Guión: Colin Welland. Productor: David Puttnam. Intérpretes: Ben Cross, Ian Charleson, Nigel Havers y Cheryl Campbell