· La historia de amor entre un mecánico y la empleada de una tienda de paraguas de la ciudad portuaria de Cherburgo es una ópe­ra en toda regla.

Los paraguas de CherburgoLes parapluies de Cherbourg País/Año: Francia, 1964 Dirección y Guión: Jacques Demy Fotografía: Jean Rabier Montaje: Anne-Marie Cotret, Monique Teisseire Música: Michel Legrand Intérpretes: Catherine Deneuve, Nino Castelnuovo, Anne Vernon, Marc Michel, Ellen Franer Distribuidora DVD: Divisa Duración: 91 min. Público adecuado: +16 años

Ganadora de la Palma de Oro en Cannes, es­ta cinta estrenada en 1964 fue el primer mu­sical francés en color (es musical sen­su stric­to, porque todo se canta, cosa ra­rísima en la historia del cine). Es una obra que po­ne de manifiesto un axioma cinematográfico mil veces corroborado, que pue­de for­mularse de esta manera coloquial y divertida: puesto a ser cursi y/o pretencioso, el cine francés es imbatible; pero tam­bién lo es cuando se trata de ser exquisito.

Esta película que seduce al espectador des­de los créditos por el desbordante ejercicio de elegancia y precisión que realizan Jacques Demy y el compositor Michel Legrand, es hoy aún más disfrutable gracias a la restauración pilotada por Agnès Var­da, viuda de Jacques Demy (1931-1990) y también veterana e inquieta directora de ci­ne (muy recomendable Los espigadores y la espigadora, por cierto).

La melancólica música de Legrand, el acier­to de planificación de Demy, el traba­jo de los actores, el cuidado diseño de producción de Bernard Evein y la fo­tografía de Jean Rabier hacen de la pe­lícula un hi­to, un caso aparte.

La historia de amor entre un mecánico y la empleada de una tienda de paraguas de la ciudad portuaria de Cherburgo es una ópe­ra en toda regla, con ballet de contrabando porque los movimientos están perfectamente coreografiados (basta ver la se­cuencia inicial del taller de automóviles y la maravillosa conversación cantada en los lavabos), aunque bailes convencionales no hay ninguno.

Ópera, pues, pero sin esas señoras pechugonas que de pronto se ponen a dar berridos y hay que tener mucha fuerza de vo­luntad y sobrada capacidad de abstracción para creer que pueden dar el perfil de una jovencita pizpireta por la que bebe los vien­tos un barrio entero…

El uso de los códigos de color (dialogan los fríos y los calientes saltando por la partitura) y las coreografías (el cruce de calle de Catherine Deneuve cuando sale de la tien­da al primer encuentro con su enamorado que huele a gasolina, el postrero encuentro en la estación de servicio) dan vér­tigo por su exquisitez y su encaje milimétrico. Obviamente los actores no cantan, es­tán doblados. Las localizaciones y los decorados dan a la película un atractivo úni­co. En suma, una de esas películas es­peciales, muy especiales, que marcan un an­tes y un después en la experiencia del aman­te del buen cine.

Alberto Fijo

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