A sus 72 años, Bertrand Tavernier arrancó verdaderas carcajadas en el pase de prensa de Quai d’Or­sai en el Festival de Cine de San Sebastián. Es la película nº34 de una filmografía por la que ha ga­nado cerca de 50 premios, entre ellos la Palma de Oro en Cannes, el Oso de Oro en Berlín o el premio BAF­TA por películas como Un domingo en el campo, Hoy empieza todo o La carnaza. Conocido por sus pe­lículas dramáticas y trágicas, esta vez presenta una comedia que adapta un famoso cómic político de Blain y Lanzac.

Nos saluda muy sonriente, pero cuando empieza a responder cierra los ojos como buscando cada palabra exacta sin que nada le distraiga.

En su película habla de la vaciedad del lenguaje político que intenta contentar a todos. ¿Pien­sa que es algo que sucede en Francia, Euro­pa o es una realidad más global?

Bertrand Tavernier/ Al principio quería abordar el problema francés, centrándome en el Ministerio de Asuntos exteriores que tenían conflictos con paí­ses extranjeros. Creo que, porque la película es exac­ta, también habla de cosas que ocurren ahora en todo el mundo. No pienso en ella como una pelí­cu­la sobre Francia, ya que también aparecen los neo­conservadores americanos e ingleses, la alianza con Alemania, etc.

En la película hay mucha redundancia en el guión, los gags… ¿Tenía miedo que esta repetición hiciese demasiado excesivo al protago­nis­­ta?

B. T./ Ése era el reto y también la esencia del te­ma que quería tratar. La película es una dramatización basada en la repetición. En el cómic original ya estaba ese tono tan divertido que procede de la re­dundancia en los diálogos. A mí este tipo de dramaturgia me encanta porque expresa la velocidad vi­tal de un personaje que toma decisiones mientras ha­bla sin parar, se repite, vuelve al mismo lugar.  Una crisis lleva a otra y luego a otra y tiene que mos­trarse que aquello nunca para. Además, creo que esto ha funcionado en otras películas que he he­cho antes.

Es la primera vez que hace una adaptación de un cómic. ¿Cómo ha sido la experiencia?

B. T./ Es a la vez diferente y muy parecido a la adap­tación de un libro. No me ha resultado muy difícil, la verdad. Y me parecen muy atractivas las po­si­­bi­lidades que tienes de llevarlo al cine con el mon­taje, la planificación… La ventaja es que era un cómic autobiográfico porque su autor ejercía de ase­sor del presidente y por tanto conocía bien a los per­sonajes.

¿Considera que a través de la comedia también se puede hacer cine-denuncia?

B. T./ Sí, por supuesto, creo que las comedias tam­bién ayudan a cambiar ideas. Hay una práctica que se pretende criticar: que las preguntas que se for­mulan en el Congreso y en el Senado a los minis­tros, por parte de los diputados, estén escritas por miem­bros del Gabinete del ministro. Espero que al­gún día volvamos al modo en que lo hacen los alemanes, en que se da la oportunidad de que hagan sus propias preguntas. En Francia es muy criticable que los ministros vayan ya preparados con sus respuestas porque su propio equipo de gabinete ha ela­borado las preguntas. Eso es todo lo contrario a la democracia.

¿Le escriben los discursos de agradecimiento, cuan­do gana premios?

B. T./ Siempre escribo mis discursos y mis guiones. Pero cuando gano un premio, me limito a decir simplemente gracias.

Su película retrata a Dominique de Villepin, con todas sus extravagancias… ¿Destacaría algún aspecto positivo de su política?

B. T./ Creo que tomó muy buenas decisiones que de­jaron bien posicionada a Francia.

¿Contó con el apoyo del Ministerio de Exteriores para las localizaciones?

B. T./ Sí, pudimos rodar allí porque estaban encantados con el cómic en el que se basa la película. Les gustó mucho y les pareció muy exacto. Luego hu­bo muchas reuniones pero aceptaron que rodára­mos allá, siempre y cuando no molestáramos su mar­cha del día a día. A menudo rodábamos de no­che o los domingos.

Con esta película, ¿quería hacer política a través del cine o hacer cine utilizando la política?

B. T./ Me interesa mucho la política y desde hacía tiem­po quería hacer algo relacionado con ese mun­do en concreto. El problema es que en esta película se tocan muchos conflictos internacionales. Llevaba 15 años intentando encontrar una historia así. Un án­gulo que me interesase. Hablaba de política de for­ma oblicua, a través de algunas instituciones: el pro­fesorado, los policías, el comportamiento de algunos jóvenes… Pero no hablaba de hombres políti­cos. Y esta historia me hizo una gracia especial des­de el principio.

Claudio Sánchez