Entrevista a Volker Schlöndorff, director de Regreso a Montauk

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Return to Montauk, Volker Schlöndorff, Stellan Skarsgard, Nina Hoss

“Basta con echar una mirada atrás para tener la sensación de que la vida de cada uno es una novela”. Entrevista a Volker Schlöndorff, director de Regreso a Montauk

Volker Schlöndorff (Foto de Franzisca Strauss)

Regreso a Montauk tuvo un largo periodo de gestación.

Así es. Hace unos cinco o seis años, Rainer Kölmel me propuso por primera vez hacer una película basada en Montauk, de Max Frisch. Si hubiera sido posible adaptar la novela, hace mucho que lo hubiera hecho. Max y yo habíamos hablado de ello cuando trabajábamos en la adaptación de El viajero, a partir de su novela Homo Faber, y ambos estábamos de acuerdo: demasiado autobiográfica, demasiado próxima a un ensayo. No es un relato cinematográfico. Sin embargo, unos años después pensé: “¿Y si solo usamos la trama?” Un escritor llega a Nueva York para promocionar su nueva novela. Durante su estancia se cruza con personas del pasado y del presente, dando pie a una historia bastante sencilla que transcurre durante una semana, sin mensaje, como la novela de Max Frisch. Este fue el punto de partida.

Pasarán varios años antes de que quede satisfecho con el guion.

Max Frisch dijo: “Basta con echar una mirada atrás para tener la sensación de que la vida de cada uno es una novela”. Necesitaba que me ayudara un escritor para este guion y recurrí a Colm Tóibín, al que conozco desde hace varios años. Después de las primeras conversaciones, Colm escribió un primer tratamiento todavía muy próximo a Max Frisch. El proyecto nos rondó – puede que no me crea – cinco años. Nos reuníamos los dos en Nueva York, en Berlín, y escribíamos “a cuatro manos”, probábamos los diálogos a gritos. Con el tiempo, acabamos decidiendo, gracias a una sugerencia de Peer von Matt, el albacea de Max Frisch, que nos alejaríamos completamente de la obra del autor para que Regreso a Montauk  se convirtiese en un trabajo independiente. Y a medida que se independizaba, se hacía más personal. Acabamos por crear el doble retrato de un escritor porque tanto Colm Tóibín como yo integramos experiencias que habíamos vivido.

Regreso a Montauk es su primera película contemporánea, moderna, desde hace tiempo.

Hacía varios años que solo rodaba películas históricas en torno a la II Guerra Mundial o con un contenido político como punto de partida. Ni siquiera recuerdo la última vez que rodé una historia contemporánea que transcurra aquí y ahora. Además, mis películas siempre han sido adaptaciones que cuentan la historia de otros. Ahora, es mi la historia. Tiene lugar en Nueva York, ciudad donde viví durante muchos años y que conozco muy bien. Por eso es una película tan personal.

¿Cómo encontró a los actores protagonistas?

Digamos que nos encontramos mutuamente. Hablé con muchos actores alemanes y de otros países, pero de pronto pensé en Stellan Skarsgård. Desde que nos conocimos en los Premios del Cine Europeo, nos une una amistad creciente. Stellan es un hombre jovial, pero se notan las cicatrices de alguien que ha vivido. Se quedó aterrado después de leer el guion: “¡Voy a pagar por el daño que he hecho a las mujeres!” Cuando todos nos reunimos por primera vez en agosto de 2015, nos dimos cuenta inmediatamente de que algo único estaba pasando. La sensación se intensificó en los nuevos encuentros. Quedábamos cada dos o tres meses para un fin de semana de ensayos.

¿Hubo una colaboración muy estrecha con los actores?

Fue un placer trabajar con actores cuyos papeles fueron escritos progresivamente para cada uno de ellos. Trabajamos en equipo para pulir el guion, primero en la adaptación de las situaciones y los diálogos de Stellan Skarsgård y Nina Hoss, y luego de Susanne Wolff, Isi Laborde-Edozien y Niels Arestrup. Después de barrerlo todo y comprobar cada matiz del texto durante los ensayos, fue posible rodar la película casi de un tirón, como si de un reportaje se tratara. Pocas veces he disfrutado tanto trabajando con actores y, sobre todo, viendo a cada uno de ellos hacer suya la película. Me atreveré a añadir que Stellan Skarsgård interpreta el papel de su vida.

¿Y Nina Hoss?

Este proyecto removió muchas cosas en todos y cada uno de nosotros, los recuerdos de lo que se nos escapó en la vida, en las relaciones, y que nos pesan. Nina Hoss era aún más misteriosa, quise que mantuviera esa faceta secreta. Nunca he hablado con ella de temas personales, de su vida. Nina se parece un poco al papel que hace. Es sorprendente darse cuenta de lo prosaica que puede llegar a ser; nada que ver con la mujer ideal, fría y distante que conocemos en los escenarios. Y a eso precisamente se enfrenta Max, el protagonista. Ha tenido 17 años para modelar a su antojo a una mujer idealizada. De pronto, la tiene delante y ella le cuenta lo que le ha ocurrido en ese intervalo: algo terrible que nada tiene que ver con él. Ha descubierto a una mujer que va a buscar la ropa al tinte, que pone gasolina en el coche. Una mujer de verdad en vez de una mujer soñada. Al trabajar con Nina Hoss, vi que hacía lo mismo. Es una mujer maravillosa, pero sobre todo es una genial amiga.

¿Cómo enfocó el rodaje? ¿Cómo visualizó la película?

Durante el rodaje, muchas cosas me hicieron pensar en la Nouvelle Vague; por ejemplo, cuando a Raoul Coutard, el director de fotografía de Jean-Luc Godard, se le ocurrió rodar un travelling en una silla de ruedas. Ahora que a la moda del digital le empieza a faltar el aire, es posible recurrir de nuevo a métodos más sencillos, rodar una película sin pensar únicamente en las posibilidades técnicas. Para mí es muy importante, y por eso me llevo tan bien con el director de fotografía Jérôme Alméras. Realizamos numerosos viajes para buscar las localizaciones, lo que nos permitió ir a la misma velocidad. Por encima de todo, nos esforzamos en contar la historia a través de los actores. Desde luego, los decorados eran impresionantes, Nueva York, el faro, las inmensas playas de Montauk. Pero lo esencial son las personas que se mueven sobre este telón de fondo, sus emociones, la tristeza que sienten por haber perdido algunas oportunidades.

La música subraya a la perfección los sentimientos que acaba de describir, ¿de dónde viene?

La gran mayoría fue escrita por Max Richter. Le descubrí hace años por la música que compuso para Vals con Bachir. Desde entonces había querido trabajar con él. Escuché óperas suyas en Berlín, en el Covent Garden de Londres, conciertos filarmónicos en París, y manteníamos un contacto regular. Por fin tuvimos la oportunidad de colaborar. Max vio la película y nos reunimos en su casa-estudio de Oxford. Dio la casualidad de que un disco suyo de 2008, “24 Postcards in Full Color”, contenía todo lo que queríamos para la película. Pasamos tiempo en su estudio probando músicas que ya existían y no compuso gran cosa nueva. Hay piezas compuestas especialmente que salpican la película, entre ellas una del compositor Thomas Bartlett, del grupo irlandés The Gloaming. Primero la grabamos en Nueva York y luego en el estudio de Peter Gabriel en Londres. También grabamos músicas adicionales con Cian Boylan en Dublín. Además, la actriz Bronagh Gallagher, que hace el papel de amiga de Rebecca, canta una canción country en la escena del restaurante “Lobster Roll” en Montauk. También fue una suerte encontrar la grabación danesa de “Old Folks”, de Ben Wesler, para una cita muy emotiva.

¿Por qué Montauk es un lugar propicio para la nostalgia?

Montauk significa “fin de la tierra” en el idioma de los amerindios que habitaban la zona. Es una isla muy cercana a la costa que avanza en el Atlántico con el faro al final del todo. Hay lugares así en Portugal, en Bretaña, donde se tiene la impresión de haber llegado al fin del mundo. La vida no se detiene, pero solo queda pensar en el pasado. De hecho, el mito de Montauk se lo debemos a Max Frisch. Antes que él, solo unos pocos se habían interesado por el faro de Long Island, gente como Andy Warhol, Peter Beard y Julian Schnabel. La mayoría jamás había oído hablar de Montauk. De pronto, gracias a la novela, Max Frisch lo convirtió en un lugar mítico. Un lugar donde se pierde el contacto con el mundo, donde solo queda el cielo y una playa interminable, donde nos asedian los recuerdos. Y los fantasmas surgen de entre la arena, empujados por el subconsciente. Durante los ensayos con los actores o las numerosas conversaciones con amigos y miembros del equipo, siempre aparecía alguien que contaba haber vivido lo mismo. Todos, hombres y mujeres, se plantean saber si están con la persona idónea o si no dejaron pasar un gran amor en el pasado. Es la pregunta universal que está detrás de la historia, aunque no aporte ninguna respuesta.

Fuente: Golem