Cary Grant. El capricho de las damas

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2016

Ni se llamaba Cary ni se apellidaba Grant. Archibald Ale­xan­der Leach (1904-1986) no era un gentleman, ni siquiera era esta­dounidense a pesar de ser una de las grandes figuras de la come­dia norteamericana junto con Claudette Colbert, Barbara Stanwyck, Katherine Hepburn o James Stewart.

Huyó de un hogar de clase media inglesa con su madre camino de un manicomio y su padre más pendiente de futuras relacio­nes conyugales que de su propio hijo. Por estos motivos se pue­de decir que Cary Grant es puro cine, engaño perfecto, espe­jismo de una realidad inmaculada a 24 fotogramas por segundo. Nadie como él vestía un buen esmoquin, se ajustaba los geme­los y tintineaba los hielos de un whisky mientras era capaz de decir la frase más redonda de la noche. Quizás por eso nunca le dieron un Oscar, no había minusvalía ni trauma que tuviese que exagerar. Como bien dice Guillermo Cabrera Infante en el prólogo del libro, Cary Grant es uno de los tres grandes tesoros que Inglaterra ha aportado al cine junto con Charles Cha­plin y Alfred Hitchcock.

Cary Grant. El capricho de las damas. Lluis Bonet Mojica. T & B EDITORES, 2004.
Cary Grant. El capricho de las damas. Lluis Bonet Mojica. T & B EDITORES, 2004.

Como es habitual en esta editorial, las excelentes fotografías del libro (425 ni más ni menos) reflejan una carrera brillante de uno de los grandes actores de la edad dorada del cine. Los comen­tarios acertados de Lluis Bonet, crítico de cine de La Van­guardia, re­pasan sus películas con los grandes directores de Ho­llywood como Howard Hawks (La fiera de mi niña, Sólo los ángeles tienen alas), Leo McCarey (La píca­ra puritana, Tú y yo), Al­fred Hitchcock (Encadenados, Con la muerte en los talones), Geor­ge Stevens (Gunga din, Serenata nos­tálgica), Stanley Do­nen (Charada) o Frank Capra (Arsénico por compasión).

Es un libro divulgativo pero que no se queda en el comentario superficial. Los amantes del cine y la interpretación des­cubri­rán matices interesantes de la grandeza de una forma de ac­tuar elegante y sutil, aparentemente sencilla y descomplicada. Es la forma de ser de los grandes mitos del cine, que carecían de mé­todo pero les sobraba naturalidad para andar (Henry Fon­da), ca­balgar (John Wayne), encender un cigarrillo (Humphrey Bo­gart)… Es difícil ver esa naturalidad en el cine actual, don­de ca­da vez hay más actores marcados por el modelo de inter­pre­ta­ción carismática y freudiana de Brando, Pacino o De Ni­ro.

Cary Grant es un molde irrepetible, pero su figura se agiganta con el paso de los años gracias a una filmografía envidiable en la que hay un número importante de obras maestras. Y es que es­te elegante actor supo envejecer como pocos. Prueba de ello es el milagro de Charada o Con la muerte en los talones, películas en las que era capaz de hacer creíble un romance con Audrey Hep­burn (a la que casi doblaba en edad), y de hacer de hijo de Jessie Royce Landis (actriz sólo 8 años mayor que el galán favo­rito de Hitchcock).

Muchos han sido los actores que han intentado imitar el estilo de Grant, desde Tony Curtis a Hugh Grant o Geor­ge Cloo­ney. Este último quizás haya sido el más cercano al molde gracias a su magnífica voz, lo matizado de sus interpre­ta­ciones y la enor­me dignidad que infunde en todos sus personajes.

Cary Grant. El capricho de las damas. Lluis Bonet. T&B Editores. Madrid, 2004. 384 páginas