El nombre delante del título (Una autobiografía)

Cuando en 1971 apareció este libro, el maes­tro italonorteamericano (Palermo, 1897-Los Ángeles, 1991) tenía 74 años. Su estrella había empezado a apagarse a finales de los 40, coincidiendo con el final de los años de zozobra causados por las dos guerras mundiales. El rodaje de la que sería su última película, Un gánster para un milagro (A pocketful of miracles, 1961) había resultado bastante desagradable y frustrante; con Glenn Ford insufrible y petulante en su condición de actor-coproductor, Bette Davis indignada con la prepotencia insultante del advenedizo actor, y un sembrado Peter Falk consolando al director con su divertida interpretación. La publicación de este libro fue todo un acontecimiento e hizo reverdecer la popularidad de Capra, que se paseó por medio mundo dando conferencias. El prólogo de John Ford tiene la perspicacia proverbial del ojo más inteligente del siglo XX: Frank Capra, un hombre cálido y maravilloso, ha escrito un libro cálido y maravilloso, sobre temas que conoce mejor que cualquier otro hombre que haya vivido nunca. Ha aplicado su genio no sólo al arte sino también al negocio de hacer grandes películas… El éxito no ha embotado su ingenio, su sabiduría o su compasión.

Al correr de las películas, de Sucedió una noche (1934) a Arsénico por compasión (Arsenic and old lace,1944), de Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington, 1939) a El estado de la Unión (1948), van apareciendo en esta historia del éxito americano algunos apellidos imprescindibles para cualquier amante del cine: Riskin, Cohn, Sennett, Selznick, Stevens, MacCarey, Ford, Wyler, Stanwyck, Arthur, Cooper, Tracy, Stewart. Muy sugerentes resultan las páginas dedicadas al trabajo de Capra como documentalista bélico en la 2ª GM. El estilo literario de Capra es un trasunto del proemio lapidario que ha querido colocar al inicio del libro: No hay reglas en la cinematografía, sólo pecados. Y el pecado capital es el aburrimiento. Fiel a este axioma, Capra practica en el libro la fábula social que tan buenos servicios le ha prestado en la gran pantalla. No debemos sorprendernos, por tanto, de las numerosas situaciones y diálogos maquillados, de la presencia de algunos personajes con tendencia al estereotipo, del populismo patriótico comprensible en un emigrante. That’s entertaiment, parece gritar Capra agarrado a su varita mágica, dando un toque de amable amenidad al sordo rumor de los encarnizados combates entre directores, productores y actores-estrellas para hacerse con el control artístico de las películas.

Con un humor agudo y dulce, Capra cuenta su empeño por levantar su enseña profesional (un hombre, un film). Seguimos la trayectoria de un self made man –Capra se pagó la carrera de Ingeniero Químico en el prestigioso California Institute of Technology- que empezó en el cine como utillero y acabó por triunfar durante los duros años de la Depresión, en los que fue un ídolo popular. Tanta fue su fama, que sus películas llevaban su nombre delante del título. Capra se muestra orgulloso de sus logros y es, en bastantes ocasiones, exagerado y grandilocuente. No hay ajustes de cuentas, ni rencores, ni cotilleos, ni un ápice de ruindad. Como dice Ford en el prólogo, si en este libro Capra administra algún palmetazo ocasional a los orgullosos o los pomposos, pueden hallar consuelo en el hecho de que hay cientos de personas en el mundo del cine que ofrecerían sus dos palmas a cambio de ser mencionados en cualquier marco de referencia por un hombre tan grande como Capra en un libro como éste.

No hay reglas en la cinematografía, sólo pecados. Y el pecado capital es el aburrimiento

Pienso que cualquier lector deseoso por saber más sobre la cocina cinematográfica norteamericana se encontrará a sus anchas en las casi 600 páginas del libro. Termino con dos recomendaciones para el mayor disfrute y aprovechamiento del relato. Primera: activar la parte del cerebro que sonríe y goza con las películas de Capra. Hay que hacerse un poco Juan Nadie, beber de la ingenuidad candorosa de Gary Cooper en El secreto de vivir (Mr. Deed goes to town, 1936) o de la dulzura abnegada de Donna Reed en ¡Qué bello es vivir! (It´s a wonderful life, 1946). Así, será posible sintonizar con la onda de Capra, un charlatán vitalista que se supo responsable directo de los sueños de varias generaciones de seres humanos, que encontraron en el cine un mundo y unos héroes que la realidad les negaba. El segundo consejo es de esos que te hacen ganar amigos para toda la vida: si usted, joven, no ha visto, en un cine como Dios manda, una película en blanco y negro de cualquiera de los grandes maestros, hágalo cuanto antes.

Alberto Fijo

Ediciones T & B. Madrid, octubre 1999. 582 páginas.

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