En busca de William Wyler

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¿Pero… ¿dónde está Willy?

La figura de William Wyler ha sido una de las que más embates ha sufrido a lo largo del tiempo. Durante años gozó de éxito de crítica y público, pero hubo estudiosos que no vieron en su trabajo sino la obra de un hábil técnico o de un simple artesano. Después el tiempo ha ido poniendo a este director alsaciano en su lugar. No es ésta una tarea complicada, pues su filmografía se defiende muy bien ella sola, pero era necesario un libro como este de José María Aresté para encontrar las claves de por qué Wyler es uno de los más grandes directores de todos los tiempos.

Durante años se le tuvo como un director impersonal, que sabía amoldar su estilo a la historia que narraba. Y eso es cierto en parte. Wyler era único a la hora de encontrar el punto exacto de cocción a las historias. Supo atrapar la pasión y el espíritu de Emily Brontë en Cumbres borrascosas. O la venganza en ese antológico final de La heredera. O la rebeldía ante una sociedad empantanada en el tiempo en aquel baile de Jezabel en que Bette Davis luce un “atrevido” vestido rojo. En Horizontes de grandeza muchos quisieron ver paralelismos con la Gue­rra Fría, con Gregory Peck y Charlton Heston peleando en medio de la nada. Y qué decir de Ben-Hur y sus galeones remando al ritmo de los tambores, y de la princesa de Vacaciones en Roma, y los tres veteranos de guerra de Los mejores años de nuestra vida, y de La Loba, y de La señora Miniver, y de La Carta, y…

José María Aresté hace un repaso tanto a la vida de Wyler como a su filmografía. Desde sus lejanos días en la Alemania de principios de siglo, sus primeras películas mudas en Holly­wood, y sus documentales en la II Guerra Mun­dial, hasta sus tres Oscar como mejor director. Aresté analiza su obra y su estilo aparentemente invisible, recogiendo declaraciones tanto del mismo Wyler como de sus colaboradores, que logran crear de primera mano un profundo retrato. Gentes como Charlton Heston, Bette Davis, Laurence Olivier, el músico Max Stei­ner o ese mago de la fotografía que fue Gregg Toland, enriquecerán la visión del lector con sus declaraciones. Capítulo aparte merece sus relaciones de respeto y odio con el productor Samuel Goldwyn, que a pesar de sus diferencias fue muy fructífera.

Aresté desmenuza cada una de las películas de Wyler. Sin olvidarse de una visión humana sobre un director que buscaba la perfección en su trabajo y que, como decía Frank Capra, “repitiendo varias veces el mismo plano, Wyler aguardaba ese cambio mágico que eleva una escena corriente a una altura que advertía maravillosa”. Muchos actores le odiaban por sus continuas repeticiones de tomas, que ni el mismo director sabía qué buscaba, pero lo cierto es que esos mismos actores y actrices deben sus mejores interpretaciones a Wyler. Director generoso, que no buscaba su propia fama: “Si debo elegir entre la popularidad personal, o la de mis películas, escojo la de la película”.

Juan Velarde

Juan Manuel Cotelo. Editorial CIE DOSSAT. 234 págs. Barcelona, 2000.

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