François Truffaut

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Escritor, crítico de cine, guionista, actor, director. El ci­ne marcó la infancia solitaria de un Truffaut que tiene bastante que ver con el protagonista, rebelde sin causa, de su primera gran película: Los cuatrocientos golpes (1959).

Hijo de madre soltera y padre desconocido, François Truffaut (París, 1932-1984) formó parte de la Nouvelle Vague junto con Godard, Rohmer, Resnais, Chabrol, Rivette, etc. Junto con su admiración por cineastas franceses co­mo Renoir y Tati, su tarea como crítico le llevó a reivin­di­car la condición de maestros de populares cineastas nor­teamericanos como Orson Welles, Howard Hawks, John Ford, Nicholas Ray y, especialmente, Alfred Hitch­cock, al que realizó una de las entrevistas más famosas, que está en la librería de cualquiera que se dedique a escribir sobre cine o a enseñarlo.

Su amor por el cine, a todo el proceso creativo, queda bien reflejado en la película por la que ganaría un Oscar, La noche americana. La cinta recuerda en muchos tramos a las obras maestras de Hollywood sobre la industria del cine como Sunset Boulevard, de Billy Wilder, Cantando bajo la lluvia, de Stanley Donen, o Cautivos del mal, de Vincente Minnelli. Esa industria con la que Truffaut no dudó en colaborar como actor interviniendo en En­cuentros en la tercera fase, del entonces primerizo Ste­ven Spielberg.

El escritor y poeta Luis García Gil ofrece en este libro sin­cero de perfil lírico un retrato de un director que expre­só como pocos la devoción por el cine como manera de acercarse con ternura al ser humano, grande y peque­ño, influido por su maestro, el teórico del cine y fundador de Cahiers du Cinema André Bazin. Según García Gil, “Truffaut era un poeta de la imagen de una sensibi­lidad especial en el tratamiento de los personajes, en la capacidad de encuadrar, de dibujar y contar historias”. Só­lo así se puede entender una obra como Jules y Jim, una película fácilmente mal interpretable que pretende de­fender una inocencia y una candidez que sólo puede aca­bar en uno de los finales más desconcertantes de la His­toria del Cine.

Un libro como éste sirve para valorar la creatividad de un cineasta que dejaba un sello personal en cada toma que rodaba. Había mucho cine asumido en cada uno de sus planos, pero también una innegable personalidad co­mo realizador, a veces demasiado llamativa pero, vista con el paso de los años, coherente.

Luis García Gil. Cátedra. Madrid,  2009. 349  páginas.

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