· Por razones evidentes, el proyecto de escribir una película sobre los amores y la megalomanía de Hearst debía llevarse con absoluta discreción.

Parte I: Origen de la historia y escritura del guion

Aunque no empezó a rodarse hasta el verano de 1940, el origen de Ciudada­no Kane se remonta dos años antes: la noche del 30 de octubre de 1938, noche de Ha­llo­ween en Estados Unidos, Orson Welles y su equipo del Mercury Theatre emitió a través de la CBS una peculiar dramatización de La guerra de los mundos. La argucia de ese joven director teatral (tenía solo 23 años) para romper las convenciones de los géneros y simular con credibilidad la gigantesca cobertura radiofónica de un ataque extraterrestre hizo que millones de americanos viviesen, a través de las ondas, la tragedia de un holocausto mundial a manos de naves marcianas.

Cuando todo el pánico hubo pasado, una co­sa quedó clara a los cazatalentos de Hollywood: We­lles era un genio de la narración y no se le podía dejar pasar. Por eso le llovieron las ofertas desde la Costa Oeste, entre ellas una de la RKO para dirigir varias películas con el control total de la producción.

La llegada a Hollywood del niño prodigio

Cuando Welles recibió esa propuesta, la RKO era conocida en Hollywood por los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers, los melodramas de estilo convencional y algunos filmes de acción/aventuras. Todo lo demás eran películas rutinarias para cubrir el expediente.

George Schaefer, que en 1938 acababa de ser nombrado jefe de los Estudios, se propuso entonces introducir aires nuevos: descubrir talentos en Broadway y en Europa, salir de la mediocridad y producir películas originales. Por eso, cuan­do tuvo la noticia del escándalo desatado por Welles en la otra costa, no dudó en ofrecerle una posibilidad lo más ventajosa posible; y, tras varios meses de negociación, firmaron el contrato en julio de 1939.

Entre los acuerdos estaba la escritura, dirección y producción de dos películas, por las que percibiría 70.000 y 90.000 dólares, respectivamente; además, interpretaría el papel principal de las dos, y cobraría por ellas 65.000 dólares más el 25% de los beneficios de taquilla. Pero, sobre todo, se le garantizaba algo inusual en el mundo del cine: el control artístico desde el principio hasta el final, incluido el montaje definitivo.

Estas condiciones tan favorables para un jovenzuelo de 24 años que nunca había hecho un filme desataron las envidias de todo Holly­wood: la fiesta de bienvenida ofrecida por We­lles fue boicoteada con una exigua presencia, y pronto aparecieron en la prensa artículos y caricaturas mofándose de su inexperiencia cinematográfica. A pesar de ello, pronto puso manos a la obra.

Su primer intento fue la adaptación de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad; pero el proyecto se estancó por lo desorbitado del presupuesto. Intentó entonces ganar tiempo produciendo una película menor, The smiler with the knife, que pensaba rodar mientras recortaba el presupuesto de la anterior y preparaba su compleja producción. Pero también este proyecto se vino aba­jo. Sus detractores tuvieron entonces muchos blancos en los que hacer diana: había gastado una fortuna, habían pasado 6 meses (el tiempo que otros tardaban en hacer una película) y el “niño prodigio” no tenía ni siquiera el argumento de su primer filme. Fue en medio de esa enrarecida atmósfera, cuando todo amenazaba naufragio, cuando surgió como tabla de salvación la idea de Ciudadano Kane.

Historia del guion

Si fue Welles o Herman Mankiewicz quien tuvo la idea de hacer una película inspirada en William Randolph Hearst es algo que probablemente nunca se aclarará. La autoría del guion (uno de los más geniales de la historia del cine) es tal vez la cuestión cinematográfica más debatida, aún actualmente. Lo cierto es que Mankie­wicz, un expatriado de Broadway que llevaba quince años escribiendo para el cine, fue el guionista que Welles escogió para elaborar la trama y los diálogos.

Por razones evidentes, el proyecto de escribir una película sobre los amores y la megalomanía de Hearst debía llevarse con absoluta discreción. Para asegurarlo, Welles decidió enviar a Mankiewicz a un rancho en pleno desierto donde pudiera trabajar aislado, lejos de todo el mundillo de Hollywood… y también lejos del alcohol. Para garantizar las tres cosas, a finales de febrero de 1940 se marcharon con el guionista -a una casita de Victorville, a 100 kilómetros de Los Angeles- el socio de Welles en el Mercury Theatre (John Houseman), una secretaria y una enfermera que atendía a Mankiewicz.

A un ritmo de 10 ó 12 horas diarias, Welles recibió el primer borrador a mediados del mes de abril: tenía 268 páginas y se titulaba Ameri­can. En seguida advierte que el guion requiere una reducción considerable, y elimina secuencias preciosas pero prescindibles (como la luna de miel de Kane y Emily, o la intriga en que se ve envuelta el hijo de Kane, muerto en una escaramuza fascista).

El manuscrito de American va y viene de la RKO a Victorville con anotaciones y revisiones de unos y otros. El 9 de mayo House­man y Man­kiewicz dan por terminado su trabajo y regresan a Hollywood con un segundo borrador definitivo que ha mejorado sustancialmente.

Durante un mes, Welles y su script Amalia Kent reeelaboran el guion con cambios constantes y llegan a producir hasta cinco “versiones revisadas”. Mientras tanto, sale a la luz pública la primera estimación del presupuesto, que supera la mágica cifra del millón de dólares; y el golpe que supone esta noticia es tan fuerte que los directivos de la RKO están a punto de abortar la producción ese mismo día. Moviéndose con rapidez, Welles habla con todos los implicados en esa decisión y les asegura que reducirá el presupuesto a los límites previstos. En una nueva revisión de la trama, elimina todos los escenarios más costosos, y da órdenes al Departamento de Arte para abaratar costos en la construcción de decorados.

El “guion final revisado” (aún se editarían dos versiones más) tiene fecha de 24 de junio. Los cambios introducidos han logrado rebajar en 300.000 dólares el nuevo presupuesto, que sale del Departamento de Contabilidad el día 2 de julio de 1940. Ese día, y con el apoyo directo de George Schaefer, jefe de los Estudios, Welles consigue de la RKO la ansiada luz verde para iniciar la producción de su película.

Empieza entonces la aventura de una preparación cinematográfica sin precedentes: a la búsqueda de un nuevo estilo en los decorados y en la fotografía, con una nueva concepción de los diálogos y de la interpretación fílmica, y todo ello con un sigilo absoluto sobre el tema del filme: nadie podía enterarse -ni siquiera los directivos de la propia RKO- que la película iba a tener por oculto protagonista al magnate más temido en todo Hollywood: el dueño de una cadena de periódicos y emisoras de radio llamado Wi­lliam Randolph Hearst.

Ciudadano Kane (1941) // Orson Welles (parte II)

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