· El “espíritu de la revolución” acabó infiltrándose entre las rendijas del guion, y algunos acontecimientos fueron desdibujados respecto de la historia.

Parte I: Antecedentes y preparativos del proyecto

Moscú, 19 de marzo de 1925. Con el fin de celebrar el vigésimo aniversario de la revolución de 1905, ensayo general de la revolución de octubre, el comité central del Partido Comunista ha designado una comisión de festejos de aniversario que hoy debe comunicar su fallo. Entre otros asuntos va a anunciar qué guiones de los presentados a concurso serán producidos antes de acabar el año para formar parte de una serie oficial de películas conmemorativas. La comisión está formada por personajes muy conocidos, entre los que destacan Anatoli Vasilievich Lunacharski (comisario del pueblo para la Instrucción Pública), Vsevolod Meyerhold (padre del “octubre teatral”), Casimir Malevich (fundador del suprematismo) y Valerian Pletniov (animador del primer gran movimiento de cultura proletaria, el Proletkult).

En medio de una gran expectación, a última hora de la mañana se hace público el anuncio. Entre los argumentos seleccionados no hay muchas sorpresas, aunque todos ellos tendrían desigual fortuna. El teniente Schmidt, por ejemplo, que narraba los movimientos revolucionarios de los marinos en Sebastopol y Cornstadt, nunca llegará a terminarse; la muerte repentina del realizador, Chaikovski, dejó inacabada la obra. La mayoría de estos proyectos tienen detrás a directores consagrados, como La madre, basada en la novela de Gorki, que realizó el gran maestro Pudovkin, o El domingo negro, realizado por otro maestro, Viskovski, sobre la matanza que siguió a la manifestación de San Petersburgo. Pero hay uno, El año 1905, que sorprendentemente viene avalado por un realizador apenas conocido con tan solo 27 años, y además ha recibido el encargo para la que se supone va a ser la película emblemática del aniversario (El acorazado Potemkin). El nombre del cineasta es Sergei Mijailovich Eisenstein.

Formación escénica de Eisenstein

Nacido en Riga (Letonia) el 23 de enero de 1898, e hijo de un ingeniero judío de origen alemán, el pequeño Sergei demostró muy pronto unas cualidades innatas para el teatro y el dibujo. Su madre, que pertenecía a la burguesía rusa, fue el gran referente de su vida; cuando en 1912 los padres se separan, el pequeño sufre horriblemente y se queda a vivir con su madre en San Petersburgo. En 1917 estalla la revolución, y Eisenstein abandona sus estudios de ingeniería y se alista en el Ejército Rojo, donde colabora como escenógrafo en los teatros que se montaban en el frente.

Terminada la guerra, en octubre de 1920 entra como jefe de decoración y enseñante del Proletkult (“Cultura proletaria”, movimiento de tendencia obrerista). En el año 1921-22 fue alumno y luego ayudante y escenógrafo del maestro Meyerhold, quien le promueve a director de escena en 1923. Se le encarga, junto con Tretiakov, una compañía y un escenario propios: el Teatro Itinerante del Proletkult, que monta diversas piezas en muy poco tiempo: El mexicano (1923), de Jack London, y El sabio (1923), adaptación muy libre de Ostrovski, con elementos futuristas y del music hall. También prepara dos piezas de agitación política: Moscú, escucha (1923) y Máscara de gas (1924), esta última no en un teatro sino en una fábrica de productos químicos.

A la vista de su gran sentido escénico, el Teatro de la Cultura Pro­le­taria le encarga una serie de filmes titulados Hacia la dictadura (del proletariado), que debían contar la historia de la revolución rusa desde 1880 hasta 1917. De las siete cintas proyectadas solo realizará una, La huelga, con Tissé de fotógrafo, cuyo montaje termina el 12 de diciembre de 1924. Su pericia en la moviola llama poderosamente la atención de los cineastas consagrados, especialmente la de su antiguo maestro Meyerhold. Así las cosas, no es de extrañar que en marzo de 1925 el comité del aniversario asignara el proyecto cinematográfico más codiciado a un director todavía en ciernes.

Eisenstein recibió la noticia del encargo cuando estaba a la mitad de otro proyecto, Caballería roja, basada en un relato de Isaac Ba­bel. Lo abandonó inmediatamente y se puso a trabajar más a fondo el guion que había presentado al concurso con ayuda de Nina Agadzha­nova-Chutko, porque además las condiciones eran apremiantes: tenía diez meses justos para terminar la película, que debía estrenarse en enero de 1926, aunque en el acuerdo se especificaba que antes del 20 de diciembre debía presentar un metraje suficiente para ser mostrado en la fecha del vigésimo aniversario.

Preparativos del rodaje

En los meses de abril, mayo y junio de 1925, Sergei y Nina se meten de lleno en la tarea de completar el tratamiento del guion ya esbozado. Aprovechando algunos materiales no empleados para la serie Hacia la dictadura, elaboran una impresionante reconstrucción histórica de los acontecimientos que dan pie al título de la cinta: El año 1905. Para ello pasan horas y horas en las bibliotecas y archivos, y consultan centenares de documentos históricos. Al final escriben un guion de varios centenares de páginas, que empieza con el final de la guerra ruso-japonesa y termina con el aplastamiento de la insurrección de Krasnopresnia, en Moscú.

Años más tarde, el propio Eisenstein recordaría aquel trabajo con cierto sarcasmo: “Hojeando el guion uno se pregunta cómo dos inteligentes y expertas personas pudieron imaginar por un momento que todo aquello podía ser filmado. ¡Y comprimido en filme, además! Pe­ro, si uno piensa en ello desde otro ángulo, advierte enseguida que no se trata de un guion, sino de un voluminoso libro de apuntes, resultado de un profundo estudio de ese período histórico, un estudio del carácter de esa época, y un intento de captar su dinámica y su ritmo”.

Sin embargo, a pesar de todo su esfuerzo de documentación, el “espíritu de la revolución” acabó infiltrándose entre las rendijas del guion, y algunos acontecimientos fueron desdibujados respecto de la historia. Lo reconocía Eisenstein, de forma muy velada, en una entrevista posterior: “Fue únicamente estudiando todo aquello, viviendo en aquel tiempo, respirando aquella atmósfera, cómo los directores pudimos escribir en el guión, sin vacilar, rótulos como los siguientes: ‘El acorazado pasa entre la escuadra sin ser atacado’, o ‘Los condenados a ser fusilados son cubiertos por una lona”.

Lo cierto es que la trama, así organizada, transcurría en muy diversos lugares: San Petersburgo, Bakú, Odessa, Tomsk, Sebastopol, Kras­nodar, Tiflis, el Cáucaso, el Extremo Oriente, etc. Se imponía, por tanto, un férreo calendario de rodaje, pero muy pronto la climatología se encargó de demostrar que aquel plan era irrealizable…