El Señor de los Anillos (2001) // Peter Jackson (parte I)

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· Se trata de una obra compleja y original en la que Tolkien construye un mundo de magia y sabiduría habitado por hombres, elfos, magos, orcos, trolls y otras criaturas difíciles de imaginar.

Parte I: Antecedentes literarios y cinematográficos

El viernes 15 de diciembre de 2001 tuvo lugar en Londres el estreno mundial de la película, en el famoso Odeon Cinema de Leices­ter Square. Peter Jackson, el director de esta impresionante epopeya fílmica, se ve cercado de focos y periodistas que le acosan a preguntas: “¿Por qué, tratándose de una producción neozelandesa, ha escogido Londres para la première mundial de su obra? ¿Por qué no We­llington, o Nueva York, o Los Ángeles?”. Haciendo caso omiso de todos, se dirige al ambón de la sala y toma el micrófono para dar una explicación que satisfaga al público y no a los gacetilleros: “¿Saben por qué estamos hoy aquí? Porque el libro sobre el que se basa la película, ese clásico de la literatura moderna que es El Señor de los Anillos, fue obra de un escritor inglés…”. El público escucha expectante. El director hace una breve pausa, recorre con la mirada al auditorio, y prosigue: “Sí, damas y caballeros. Esta obra imperecedera se escribió aquí, en Londres, y es justo que la película se vea aquí por primera vez. Este es nuestro sentido homenaje a un inglés universal que se llamaba John Ronald Reuel Tolkien”.

Un literato genial llamado Tolkien

Realmente, Tolkien no era inglés de nacimiento. Vino al mundo el 3 de enero de 1892 en la ciudad sudafricana de Bloemfontein. Cuando su padre Arthur Tolkien murió en 1896, John se trasladó a Inglaterra junto a su madre, Mabel Tolkien, que moriría 8 años después víctima de diabetes cuando contaba con tan sólo 34 años de edad. Todo esto marcó profundamente la infancia del futuro escritor, que sin embargo recordará esos años con afecto gracias a la ayuda del padre Francis Morgan, confesor de Ma­bel. Éste se encargó -más que una tía carnal de John, que vivía en Birmingham- del cuidado y educación del pequeño. Es en esta época cuando John profundiza en su fervor católico, religión a la que se convirtió junto con su madre al llegar a Inglaterra.

Su amor por la literatura se forja en la Universidad de Oxford, donde cursa estudios de lengua y literatura inglesas, y se licencia en 1915 con las máximas calificaciones. A la par, desarrolla una gran pasión por todo tipo de lenguajes: llega a dominar el hebreo, el latín y el griego, y cultiva su afición de inventar idiomas hasta límites insospechados. También se dedicó a investigar las leyendas medievales sajonas y celtas, y llegará a ser un apasionado de la leyenda nórdica de Beowulf. Como consecuencia de ello, a los dos años de licenciarse empieza a escribir el Libro de las His­torias perdidas (Book of lost tales), que contiene las narraciones de los Primeros días.

Todo este vasto material le va a servir de base para publicar en 1937 una de sus novelas más famosas, El Hobbit, un relato muy original que crea el universo de mitos y fantasías donde desarrollará más tarde su obra más conocida: El Señor de los Anillos. Este libro, que comenzó a esbozar en sus años de estudiante en Oxford, es una gran epopeya que Tolkien escribe bajo el silbido de las bombas que caen sobre Inglaterra durante la II Guerra Mundial. En sus páginas, junto a un magistral sentido de la narración épica, percibimos algo de esa maldad oscura que se extiende por la Tierra Media… y por Europa entera.

Se trata de una obra compleja y original en la que Tolkien construye un mundo de magia y sabiduría habitado por hombres, elfos, magos, orcos, trolls y otras criaturas difíciles de imaginar. Se ambienta en un lugar denominado Tierra Media, cronológicamente situado en un incierto y muy remoto pasado de la humanidad. Para este mundo, el escritor inglés inventó toda una historia mítica, con sus propios relatos y sus propias leyendas; incluso las diferentes razas que pueblan el lugar poseen cada una su propio lenguaje, enteramente inventado por el autor. En el fondo de la historia, o las historias, se encuentra la tradicional lucha entre el Bien y el Mal, y en esa lucha estos seres hacen valer sus virtudes nobles y heroicas, a la par que muestran un mundo de valores poco frecuentados en nuestros días: la amistad, la lealtad, el valor, la paciencia y la perseverancia. El Mal no es ni un dragón ni un mago demoníaco, sino un ente intangible encerrado en un anillo, una pequeña y bellísima joya forjada, y luego perdida, por el maléfico mago Sauron, el Señor Oscuro. Es un mal que transforma de distintas maneras a los que se topan con él, un mal que se interna en el terreno de lo psicológico, y es por ello aún más temible.

Terminada la Guerra Mun­dial, Tolkien da a conocer algunos capítulos de su obra en las tertulias literarias que man­tiene con amigos y colegas de Oxford. Junto a otros asistentes, el también profesor C. S. Lewis se entusiasma con la novela, le sugiere cientos de pequeños matices y le anima vivamente a publicarla. En 1948 da fin a las dos primeras entregas de esta trilo­gía, que no verán la luz hasta 1954. El éxito de crítica y público que ambas obtienen le sor­­prende y le alienta a completar la historia: un año después, en 1955, publica la tercera parte. Para entonces, muchos profesores la aclaman ya por su originalidad literaria y la comentan en sus clases como parte de los programas docentes. Con el tiempo, obten­dría un enorme eco en gentes muy diversas, con un éxito comercial sin precedentes (unos 100 millones de ejemplares vendidos en más de 50 idiomas), y se convertiría en una obra de culto para gentes de muy diversas edades y de culturas muy diferentes. No en vano ha sido calificada por muchos críticos como el mejor libro del siglo XX.

Preparando la versión cinematográfica

Ya antes de que Tolkien falleciera, en 1973, habían surgido algunos proyectos de adaptar El Señor de los Ani­llos a la gran pantalla. El primer cineasta en intentarlo fue el norteamericano Stanley Kubrick, que en 1967 se puso en contacto con los Beatles para rodar una peculiar versión de este relato. Su idea era contar con los cuatro componentes del grupo en los papeles protagonistas: George Harrison en el papel del mago Gandalf, Paul Mc­Cartney y Ringo Starr en el de los hobbits Frodo y Sam, y John Lennon como la criatura Gollum. Poco más se sabe acerca de esa idea, salvo que fracasó en la escritura del guión.

Años después, en 1978, el dibujante Ralph Baksni utilizó una mezcla de dibujos animados con personajes reales para recrear la epopeya tolkeniana. A falta de tecnología digital y de efectos especiales por ordenador, Baksni intentó potenciar el sentido mágico y onírico de la trama con efectos sencillos de animación y cromatismo, pero su intento de recrear ese relato mágico no funcionó, y el dibujante tan sólo pudo producir una primera película que llegaba hasta la mitad de la saga, sin lograr el presupuesto necesario para continuar con el resto de la aventura.

Finalmente, el proyecto de adaptar la obra de Tolkien al cine se hizo realidad gracias al cineasta neozelandés Peter Jackson. Como él mismo ha contado en diversas entrevistas, tuvo la idea de hacer esa trilogía cinematográfica durante una mañana de noviembre de 1995: “Estaba tumbado en la cama pensando en cuál sería mi siguiente proyecto. Entonces estaba trabajando en Agárrame esos fantasmas, pero siempre que estás haciendo una película tienes la mitad de la mente en tu próximo trabajo. De repente, me vino a la cabeza la idea de El Señor de los Anillos. ¿Por qué no hacer una película así? Ni por un momento pensé que terminaría rodando el libro y, sin embargo, eso es exactamente lo que hicimos”.

El Señor de los Anillos (2001) // Peter Jackson (parte II)

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