· La banda sonora ha jugado siempre un papel decisivo en los filmes de la casa Disney, pero en esta película su importancia es notoriamente mayor.

Parte V: Los personajes y la música

No había precedente en los Estudios Disney, ni siquiera modelos o arquetipos semejantes. La Bestia carecía de todo esquema previo, y eso, en el mundo de la animación, resultaba más bien una limitación que una libertad expresiva.

Glen Keane, supervisor de todos los personajes, empezó definiéndolo interiormente: se trataba de un hombre aprisionado entre dos mundos. Alguien con una parte animal y otra humana que vive en conflicto consigo mismo y con su entorno. Había que dibujar su parte humana: su corazón amable, su generosidad, su capacidad de amar. Pero, al mismo tiempo, debía hacerse patente su aspecto feroz: su carácter duro, destemplado, lleno de aristas. Una contradicción viviente.

Con esa idea en la cabeza, Keane realizó frecuentes visitas al zoo y ojeó cientos de libros sobre animales para definir visualmente al modelo.

Tras largas deliberaciones, la Bestia fue creada a partir de un extraño pero eficaz híbrido: configurado a la manera de un león, con cabeza y pelo de búfalo, musculatura de gorila, piernas y cola de lobo, y un fuerte y vigoroso cuerpo de oso. Por encima de todo ello, como elemento esencial de su psicología, la sinceridad.

Gran complejidad de los personajes

Para el personaje de Bella, los animadores crearon también un tipo muy diferente a las anteriores heroínas; especialmente quisieron distinguirse de Ariel, protagonista de La Sirenita. Físicamente trataron de hacer a Bella más europea, con labios más prominentes y ojos más grandes y oscuros. Un poco mayor en edad, Bella tenía que ser más ingeniosa y menos ingenua que Ariel, debido a su afición a la lectura.

La animación también resultaba más complicada que la de la sirena, pues cuando un personaje es totalmente humano, los espectadores tienen unas expectativas muy claras acerca de sus expresiones y movimientos. Por otra parte, la fuerte y enérgica decisión que Woolverton había dibujado en su carácter obligaba a un tipo de heroína poco común en las películas Disney.

Contrariamente a la pareja protagonista, el personaje de Gastón -atractivo y superficial pretendiente de Bella-, no presentó demasiadas complicaciones para los artistas. En las playas de Malibú había cientos de jóvenes californianos que podían servir como modelo: preocupados sólo de su aspecto y de las niñas bonitas que pasean por la arena. Así es de simple y de grotesco el Gastón de este filme.

Llegados a este punto, con la historia, los escenarios y los personajes ya definidos, la película entró en una delicada y fundamental fase de su producción: la creación de la banda sonora.

Canciones con estilo propio

La banda sonora ha jugado siempre un papel decisivo en los filmes de la casa Disney, pero en esta película su importancia es notoriamente mayor, pues La Bella y la Bestia, como acordaron sus jefes desde un principio, es en realidad un musical en dibujos animados.

El tándem Howard AshmanAlan Menken realiza en este filme una de sus obras maestras, merecedora con todos los honores de los dos Os­car que la Academia le otorgó: Mejor Banda Sonora y Mejor Canción. Es este el único caso en la historia del cine en que una misma película acapara tres de las cinco canciones nominadas al Oscar. Un récord ciertamente insólito que va a ser muy difícil de batir.

Cada una de las seis canciones interpretadas en el filme tiene un estilo propio y definido. La primera, Belle -una de las tres nominadas-, es una presentación de la protagonista y de sus ensoñaciones románticas. Su estilo musical, en palabras del compositor, “se asemeja a la Sinfonía Pastoral”, con todo el poblacho despertando a la vida en una mañana deliciosamente otoñal.

La segunda en aparecer, Gastón, es un vals bravucón y divertido que se canta en la fonda del pueblo para definir al pretendiente de Bella. Su tono desenfadado y neutro es la quintaesencia del personaje que retrata.

Con la llegada de Bella al castillo aparece otra de las grandes canciones del filme, también nominada al Oscar: Be our guest. Todos los objetos mágicos de la mansión (candelabro, tetera, reloj de mesa), unidos al ejército de platos y cubiertos de la cocina, se preparan para recibir al nuevo huésped que ha llegado. Y suena entonces la brillante y alegre melodía inspirada directamente en la tradición del music hall francés.

Esa graciosa y dinámica coreografía, sólo comparable a la de Un­der the sea (Bajo el mar) de La Sirenita, ganadora del Oscar en 1989, fue inicialmente escrita para el recibimiento de Mauricio, el padre de Bella. Pero a mitad de su desarrollo, cuando la canción había sido ya grabada y la secuencia parcialmente animada, los productores decidieron cambiarla de lugar para no enfatizar demasiado a un personaje totalmente secundario.

La siguiente canción, Something there, es una preciosa balada que expresa en su letra la transformación interior de la muchacha y su raptor. Ambos empiezan a sentir afecto el uno por el otro, pero ninguno se atreve a manifestarlo en voz alta. La última canción, The mob song, es un aire fuerte y retumbante, con toques operísticos, que materializa en formas musicales el odio y la hostilidad de la turbamulta en el asalto al castillo. Previamente hemos escuchado Beauty and the beast, la más delicada canción de todo el filme y la ganadora indiscutible del Oscar.

Conmovedoramente interpretada por Angela Lansbury, esta melodía acompaña el momento lírico más conseguido de todo el filme: el baile de gala, con lámparas de araña y ricos mármoles, que la Bella y la Bestia mantienen en el castillo; ese delicado momento en que ambos empiezan a enamorarse ha sido pocas veces igualado en el cine. Entre otras cosas porque, junto a una música inigualable, la animación por ordenador consigue unos efectos ciertamente espectaculares.

Una historia de amor inmortal

Con todo, no es la generación electrónica de imágenes ni la brillantez de la música lo que el espectador disfruta en el filme. Lo que nos conmueve e impresiona, lo que agita nuestra sensibilidad más íntima, es esa historia de amor que perdura a través del tiempo.

La lección que en ese cuento se encierra -la belleza es algo más que la pura apariencia, la hermosura de un hombre está en su interior- es una idea universal que está fuera del tiempo. Tal vez por eso sus temas son tan relevantes hoy como hace doscientos años.

En palabras de Jeffrey Katzenberg, Jefe de los Estudios Disney, “el atractivo de La Bella y la Bestia es la posibilidad de redimirnos, de hacernos mejores. A través de las fábulas clásicas, el hombre puede conocer muchas cosas sobre sí mismo y sobre el mundo en el que vive. Por­que los cuentos clásicos contienen a menudo ideas nobles sobre el bien y el mal, y estas pueden servir de inspiración, a muy distintos niveles, para audiencias de todas las edades”.

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte I)

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte II)

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte III)

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte IV)