· Para conservar el encanto del libro de Mitchell, Selznick elige a Sidney Howard como
guionista y George Cukor para el puesto de director.

Parte IV: Elección del equipo técnico

El siguiente reto para Selznick es transformar las 1.037 páginas de la novela en un guión cinemato­gráfico que sintetice el argumento y mantenga el espíritu que le infundió su creadora. Margaret Mit­chell había advertido al productor que tuviera mucho cuidado al efectuar la adaptación del libro: “Me ha costado diez años dejarlo tan compacto como un pañuelo de seda. Si cuando empiece a cortar se rompe o deshilacha un solo hilo, va a tener más problemas técnicos que en ninguna otra historia”.

Primeras decisiones: guionista y director

Para conservar el encanto del libro, Selznick elige a Sidney Howard, guionista famoso y eficaz dramaturgo que había obtenido el Pulitzer hacía unos años. Quiere tenerlo a su lado para supervisar la escritura y darle las oportunas indicaciones. Pero Howard, que conoce estas costumbres del productor, se niega a escribir el guion si no es en su rancho de Tyringham (Massa­chu­ssets), a 5.000 kilómetros de Los Ángeles. Si algo le horroriza es trabajar en el despacho contiguo del “jefe” y aguantar sus constantes interrupciones, su mirada por encima del hombro para ver qué está escribiendo, y sus eternas discusiones sobre escenas y personajes. A Selz­nick no le gusta esa condición, pero no tiene más remedio que aceptar.

Mientras espera la llegada del primer manuscrito, el productor se mete de lleno en la producción de las tres siguientes películas: Ha nacido una estrella, Las aventuras de Tom Saw­yer y El prisionero de Zenda. Selznick se multiplica, y al mismo tiempo que ultima esos guiones y organiza los rodajes en plató y en exteriores, sigue impulsando su querida historia sureña. La primera decisión que toma es la elección del director. Ya en el viaje a Hawai, en julio de 1936, ha pensado en George Cukor, un especialista en adaptaciones literarias que se había hecho famoso con cintas románticas y de época como Doble sacrificio (1932), Mujerci­tas (1933), David Copperfield (1934) o Romeo y Julieta (1936).

Cukor es un hombre muy riguroso con su trabajo y sabe que lo que va a dirigir no es una película convencional. Por eso, en cuanto Selznick le comunica su decisión lee el libro de Margaret Mitchell y poco después viaja al estado de Georgia, donde transcurre la historia de Lo que el viento se llevó. Allí, con la escritora como lazarillo, visita los resquicios de lo que fue la civilización del Sur antes de que la Guerra de Secesión acabara con ella. Aún puede ver lo que queda de las grandes plantaciones a las que alude el libro, y las mansiones que -como los Doce Ro­bles- no lograron levantar la cabeza tras el paso victorioso de los yanquis. También tiene ocasión de hablar con algunos ancianos que vivieron aquellos duros momentos. Hay incluso una vecina del lugar que guarda en su baúl numerosos vestidos de la época.

La creación visual del filme

El vestuario de la película es otro de los grandes quebraderos de cabeza de David O. Selznick, porque se tra­ta de un fastuoso filme de época. Por eso contrata a Walter Plunkett, el más prestigioso diseñador de trajes de Hollywood durante los años treinta.

Basándose en las descripciones del libro, Plunkett sa­ca nada menos que 5.000 artículos de ropa. En la pe­lí­cu­la se utilizarán dos mil trajes, todos ellos diseñados para la ocasión. Especialmente llamativos son los que vaya a utilizar Escarlata: desde el de terciopelo verde que la protagonista saca de las viejas cortinas de Tara o el traje de luto con que viste al final de la película, has­­ta el vestido rojo escarlata que debe lucir en la fies­­ta de cumpleaños de Ashley.

Pero si en una cinta de época el vestuario es importante, no lo es menos el diseño de decorados. William Ca­meron Menzies, director artístico de la película, es contratado pa­ra decidir cómo van a ser las habitaciones de Tara, qué colores deben predominar en cada escena, las dimensiones que debe tener la sala de baile de Atlanta o cuál va a ser el estilo urbanístico de las calles de esta ciudad. Por decirlo de otra manera, Menzies se convierte en el arquitecto de la película, del mundo en el que vivirá Katie Escarlata O’Hara.

Selznick quiere que Menzies plasme todo el aspecto formal de Lo que el viento se llevó utilizando una idea innovadora que hasta ahora solo ha usado la Disney para Blanca­nie­ves: diseñar un storyboard. Este consiste en una secuencia de dibujos, en forma de cómic, de toda la película; entre otras cosas, el storyboard permite visualizar todas las escenas y facilita la elección de los emplazamientos de cámara. Con esta herramienta de trabajo, la producción empieza a tomar cuerpo definitivamente.

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte I)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte II)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte III)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte V)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte VI)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte VII)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte VIII)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte IX)