· Vivien Leigh había leído varias veces la novela de Mitchell porque tenía la secreta intuición de que sería la elegida para el papel de Escarlata.

Parte VI: En busca de Escarlata O’Hara

El concurso que Selznick ha organizado ha supuesto un derroche de dinero y trabajo, pero solamente ha cosechado publicidad. Nadie ha podido encontrar a la protagonista ideal. En noviembre de 1938, David baraja como última alternativa una lista ya muy restringida de actrices: Lana Turner, Jane Arthur, Joan Ben­nett, Diana Barrymore… Por encima de todas ellas destaca Paulette Goddard, que por su físico encaja perfectamente en el papel y además ha hecho unas pruebas formidables. Pero hay un problema: la actriz vive con Charles Cha­plin, y Selznick sospecha que al público norteamericano no le va a gustar ver a una adúltera interpretando el papel con el que se identifica la mayoría de las mujeres del país.

Una aparición entre las llamas

Mientras el productor deshoja la margarita, un toque de fortuna precipita los acontecimientos. Vivien Leigh ultima en Inglaterra los preparativos de su viaje a Cali­for­nia con su amado Lawrence Olivier. Ella solo va pa­ra acom­pañar al actor, que ha recibido una oferta de Holly­wood para encarnar al protagonista de Cum­bres borrascosas (1939). Pero, por si acaso, ha leído varias veces la novela de Margaret Mit­chell y ha estudiado de arriba abajo el papel de Escarlata. Tiene la secreta intuición de que va a ser la elegida, y en el barco que le lleva a Nueva York vuelve a repasar las secuencias más brillantes de su personaje. Solamente quiere una oportunidad para darse a conocer a David O. Selznick, por eso ha enviado una carta de presentación y una fotogra­fía de su mejor perfil al agente norteamericano de Law­rence, un hombre llamado My­ron. Casualmente Myron conoce perfectamente a David porque es su mismísimo hermano…

Corren los primeros días de diciembre de 1938, cuando Vivien y Lawrence se presentan en el despacho de My­ron para hablar de Cumbres borrascosas y también de la carta que ella le ha escrito desde Inglaterra. My­ron mira a la actriz detenidamente, se fija en su rostro radiante y juvenil, sugestivo y cautivador, y le hace una inesperada pregunta: “¿Has presenciado alguna vez un incendio?”.

El 10 de diciembre de 1938, los Estudios Selznick In­ter­­nacional se preparan para rodar una de las secuencias más espectaculares de toda su historia. Los 40 acres que componen el solar del estudio están llenos de decorados de viejas películas (King Kong, Anna Karenina, Rey de Reyes, El jardín de Alá) y es necesario despejarlo para rodar Lo que el viento se llevó. A Ca­meron Menzies se le ha ocurrido una brillante idea: organizar una gran quema con todos ellos y rodar así la secuencia del incendio de Atlan­ta. A Selznick le parece es­plénd­ido, decidido como está a empezar el rodaje, aunque aún no tiene a la Escar­lata definitiva.

A las ocho de la tarde de ese día, treinta y seis camiones de bomberos rodean el estudio mientras un organizado equipo de doscientas personas se dispone a iniciar la fantástica quema. Han preparado mangueras para bombear petróleo por todo el laberinto de decorados y dosificar la altura de las llamas. Han ensayado mil veces, conscientes de que esa secuencia no podrá volver a repetirse. Todas las cámaras de technicolor disponibles en Los Angeles -siete en total- han sido alquiladas para esa fecha. Pasa media hora sobre el horario previsto y los empleados esperan la voz de David O. Selznick, pero este calla y mira su reloj a la espera de Myron, que se está retrasando. No quiere empezar sin que esté presente su hermano.

Cuando al fin llega, acompañado de dos personas, no presta atención a nadie. Sim­ple­mente grita su habitual: “Bueno, muchachos, vamos allá”. Y em­pieza el espectáculo de fuego y devastación. Mientras dos especialistas doblan a Rett y Escarlata en su huida de Atlanta, las llamas alarman a cientos de vecinos que piensan que la Metro está en llamas. Myron intenta llamar la atención de Da­vid, pe­ro este no le hace caso. Tienen que pasar las dos largas horas de filmación hasta que David se vuelva a su hermano y le pregunte: “¿Qué es lo que querías?”. Según la leyenda, este se volvió hacia sus dos acompañantes, Lawrence Olivier y Vivien Leigh, y señalando a esta le dice: “Te presento a tu definitiva Es­car­la­ta“.

David se fijó en su rostro y reconoció enseguida a una actriz que había considerado muy al principio, pero que había descartado en la primera criba. Ahora la veía de otra forma: su repentina aparición entre las llamas le había dado un aire muy atractivo. Quedó en hacerle una prueba al día siguiente, y el 11 de diciembre David que­dó petrificado: en efecto, era su Escarlata. Después de tantos meses buscando a su actriz protagonista acababa de descubrirla, como una aparición entre las llamas.

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte I)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte II)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte III)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte IV)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte V)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte VII)

Lo que el viento se llevó (1939) // Víctor Fleming (parte VIII)

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