· Con un apunte genial, Capra eliminó lo del maletín y todo lo que ello implicaba. El to­que maes­tro de la escena fantástica consistía en que Bailey se implicara en ella de forma activa.

Parte II: Capra reescribe el guión

Básicamente, el proyecto de Frank Capra consistía en reservar la trama del cuento para el final y escribir to­da la historia anterior de George Bailey (en el rela­to original se llamaba George Pratt), lo cual confiere más verosimilitud, sentimiento e identificación a toda la secuencia del diálogo final con su ángel. Para ello, co­menzó la historia en el Cielo, a donde llegan las plegarias de toda una pequeña ciudad, conmovida por la desesperación de Bailey; alertado por esas plegarias, Dios decide detener el tiempo y envía a su ángel custodio para ayudarle, pero antes invita al personaje angélico a revivir los 30 años anteriores de la vida de su pro­tegido.

La importancia de un maletín

Hay también algunos cambios de perspectiva en el guión cinematográfico que añaden dimensión a la historia. En el cuen­to inicial de Van Doren, el ángel Clarence da un ma­letín al protagonista, George, para que pueda pasar por un viajante y, de este modo, llegar a su gente, a su propia casa, sin ser reconocido: su viaje a Bedford Falls es realmente la visita a un mundo ajeno, en el que nunca había nacido. De este modo, George vigila a sus padres y a su esposa, y les habla de un modo ca­si anónimo, sin provocar el fuerte clímax emocional que vemos en el filme.

Capra se dio cuanta que el detalle del maletín convertía la historia en algo excesivamente razonable y frío: le quitaba toda la emoción. En efecto, el relato ori­ginal solo permitía ver que la ausencia de George afec­taba negativamente en la vida de varias personas, y él era mero testigo de esos cambios. Ahí se acababa to­do.

Con un apunte de genialidad, Capra decidió eliminar lo del maletín y todo lo que ello implicaba. El to­que maes­tro de la secuencia fantástica -eso lo vio con to­da claridad- consistía en que Bailey estuviera implicado en ella de forma activa. No debía ser un observador aislado. Por tanto, escribió esa secuencia haciendo que el pro­tagonista volviera al bar que acababa de de­jar justo an­tes del intento de suicidio: como si él pudiera volver a su vida normal. George no acaba de dar­se cuenta de que debe comportarse como un testi­go mudo en los cam­bios de la ciudad y de sus habitan­tes. Su confusión, su incapacidad de acostumbrarse a esa ausencia que an­tes había deseado, es lo que hace que esas escenas de pesadilla sean tan conmovedoras. La gracia, en defi­ni­tiva, estribaba en que Clarence no pu­diera convencer a George de que ya no existe: tiene que averiguarlo por sí mismo. Y es entonces cuando de­sea más que nunca vi­vir: “¡Qué bello es vivir!”, terminará por exclamar al fi­nal de la cinta, cuando ya to­do haya pasado.

Con el relato ya decididamente perfilado, Capra comenzó la ardua tarea de la búsqueda de actores.

Un casting complicado

Nada más comprar los de­rechos, Frank había decidido que su protagonista no podía ser Cary Grant. Con él había trabajado en su úl­tima película (Arsénico por compasión, producida en 1941 y estrenada en 1944), y muy a gusto; pero este ac­tor le parecía demasiado cómico y gracioso para el fon­do melodramático de la historia. Pensó entonces en otro recién incorporado a la vida civil: el teniente Ja­mes Stewart, a quien había dirigido en dos ocasiones (Vive como quieras, 1938; Caballero sin espada, 1939), y que daba, a la vez, el tono cómico y dramáti­co que el filme requería. Stewart aceptó su oferta encantado y preparó su papel a conciencia, deseoso de de­mostrar que, tras una ausencia de cinco años, estaba más en forma que nunca. ¡Y vaya si lo consiguió!: una ac­tuación memorable, que le valió una nominación -y me­reció un Oscar-, y que es considerada por muchos co­mo la mejor de su carrera.

¡Qué bello es vivir! (1946) // Frank Capra (parte I)

¡Qué bello es vivir! (1946) // Frank Capra (parte III)

¡Qué bello es vivir! (1946) // Frank Capra (parte IV)