· Curiosamente, esta inolvidable escena estuvo a punto de no apa­recer nunca en la pantalla, ya que no funcionaba demasiado bien en las representaciones teatrales previas.

Parte II: Una escena para la historia del cine

El argumento queda pronto definido: Otis (Groucho) es un cazador de dotes que corteja a la Sra. Clay­pool y hace de mediador en la inversión de doscientos mil dólares que ella desea hacer en una compañía de ópera. La figura destacada de esa compañía es Rodolfo Lasparri, cuyo criado Tomasso (Harpo) tie­ne por compinche a Fiorello (Chico), que es a su vez agente de Ricardo, un cantante del coro con gran­des condiciones y enamorado de Rosa, la sopra­no, que es cortejada infructuosamente por Lasparri. Ri­cardo, Tomasso y Fiorello se introducen en los baú­les de Otis y viajan como polizones en el barco que con­duce a la compañía a Nueva York. Allí tiene lugar la secuencia más memorable del filme.

La inolvidable escena del camarote

Sin duda, la escena más conocida de la película -y, seguramen­te, la de toda su carrera cinematográfica- es la que tie­ne lugar en el camarote, que figura por mérito pro­pio en todas las antologías del cine cómico. Inicialmente, solo está Groucho; pero van apareciendo sucesivamente: los polizones salidos de los baúles, los fontaneros del barco y sus herramientas, los camareros con las comidas («mec, mec». – «Que sean tres huevos duros», interpreta Groucho al oír los bocinazos), las señoritas con las bandejas de la manicura… y así hasta dieciocho personas que se mueven sin cesar en el camarote, pisándose unos a otros sin de­jar de hablar: «pasen, pasen; al fondo hay sitio todavía». Todo ello con ritmo frenético, en un in crescendo de comicidad y surrealismo que parece no te­ner fin. Solo termina cuando alguien, atraído por el ruido, se decide a abrir la puerta y hace que salgan, por la presión acumulada, camareros, manicuras, fontaneros y herramientas.

Curiosamente, esta escena estuvo a punto de no apa­recer nunca en la pantalla. Durante la gira que pre­cedió al rodaje de la película, el montaje teatral de Una noche en la ópera se estrenó en Seattle, Port­land, Santa Barbara, etc. Los hermanos Marx ponían en escena un espectáculo de 75 minutos cuatro ve­ces al día, aprovechando los huecos entre los pases de las películas. Incluyendo los números musicales, el show tenía un total de doce escenas.

Una de ellas era el sketch del camarote abarrota­do, que había sido elaborada por Al Boasberg. Pero esa escena no funcionaba demasiado bien en los tea­tros, y los guionistas de la MGM, que iban calibrando las reacciones de la gente en cada momento, se convencieron de que era mejor eliminarla del filme. Thal­berg impuso entonces su criterio: la defendió argumentando que era lógico que fracasara en un escenario limitado, con unos decorados tan precarios co­mo aquellos en los que actuaban; en el cine -les re­petía- la escena iba a funcionar.

Después de varias representaciones con escasas son­risas, los hermanos Marx decidieron introducir al­gunas variaciones. En la primera versión de la esce­na, Groucho pide a una camarera que está en el pasillo dos huevos fritos, dos huevos escalfados, dos hue­vos revueltos y dos huevos pasados por agua para los polizones que están en el baúl. Ahí terminaba to­da la gracia. Pero, después de darle algunas vueltas, se le ocurrió una solución mejor para esa escena. Es­cuchamos la retahíla de Groucho; y entonces, gri­ta Chico: «Y dos huevos duros». Para no quedarse atrás, Harpo hace sonar su bocina. «Que sean tres», corrige Groucho. Y, como por arte de magia, la esce­na empieza a funcionar y el público a desternillarse.

Una noche en la ópera (1935) // Sam Word (Parte I)

Una noche en la ópera (1935) // Sam Word (Parte III)