La intensidad del verso la consigue Yimou con abun­dantes artes retóricas. Una es su forma de filmar la naturaleza, que no es preciosismo gratuito.

Tenía 17 o 18 años cuando abandonó su hogar y sus es­tudios para ser reeducado en una granja de trabajo, en la que permaneció diez años, como operario textil. Zhang Yimou, nacido en 1951, como muchos otros zhiqing (joven instruido), fue enviado al campo a apren­der y allí entró en contacto con la china profun­da, tradicional, ajena a los centros de poder y en cierta for­ma más libre.

En 1978, con 27 años, pudo retomar sus estudios e ini­ció su formación cinematográfica. Yimou, y los que con él forman parte de la célebre Quinta Generación -los graduados en la academia de cine de Beiijing en tor­no a 1982: Chen Kaige, Tian Zhuangzhuang, Ning Ying, Li Shaohong– fueron los primeros en conseguir hacer cine fuera de la producción cinematográfica estatal, abandonando el didactismo acartonado y el cine de consignas.

La Quinta Generación comenzó a usar el cine como me­dio de revisión de la Historia y lo hacían desde la his­toria menor de la gente, en plano corto, sin perder de vista a los personajes. Su lugar geográfico es en el ám­bito rural y su modo de filmar es subjetivo, individualista. Emplean todavía la alegoría, el símbolo y la me­táfora y son absolutamente esteticistas, pero se alejan de la épica patriótica colectiva.

El camino que Yimou y su generación han tenido que recorrer hasta conseguir hacer cine independiente en China no ha sido sencillo, por eso hacen enrojecer las acusaciones que se escuchan con frecuencia en occi­dente donde unas veces se le premia y otras se le acu­sa de colaboracionista.

Un poeta rural

Dijo Shelley que la poesía es un recuerdo de los mejores y más felices momentos. En contra de lo que cabe pen­sar, los más felices momentos de Yimou debieron ser los años de su reeducación en el campo durante la Re­volución Cultural (1966-1978).

Es posible que el panorama no fuera inicialmente ten­tador, pero en la edad de la primera juventud, la ca­pacidad de adaptación es grande y la vida al aire li­bre tiene buenas alternativas que ofrecer.

Por eso, no es aventurada la hipótesis de que lo que Yi­mou cuenta en sus películas tiene mucho de recuer­do personal: la huella indeleble del amor iniciático  en­marcado por una naturaleza exuberante, solo eso  jus­tifica la idealización -no exenta de crítica política- de la china rural, que el realizador muestra en bastantes de sus películas.

El mejor Yimou, el grande, es el poeta y Yimou es poe­ta en el campo. Sus filmes rurales: Sorgo rojo, Qiu ju, una mujer china, El camino a casa, Amor bajo el es­pino blanco, Ni uno menos son prácticamente un género propio en su filmografía. Podría hablarse de las pe­lículas de campo en Yimou como se habla de las películas de casa y oficina de Ozu.

Verso de arte menor

En esos filmes, el cineasta-poeta despliega la medida de su verso que, tomando el símil de la lírica, es de ar­te menor, como el cu y el shi de la poesía clásica orien­tal. No necesita más que dos o tres sílabas para dar con la rima, le bastan los pequeños gestos de los que se componen el amor, la bondad o el heroísmo reiterados con un sentido del ritmo perfecto, que busca de­liberadamente la simplicidad narrativa. Las historias que nos cuenta son mínimas, cotidianas pero cargadas de emoción.

Zhang-Yimou-C-Bale

La intensidad del verso la consigue Yimou con abun­dantes artes retóricas. Una es su forma de filmar la naturaleza, que no es preciosismo gratuito. En Yi­mou el paisaje soporta la narración de tal forma que sin paisaje no habría historia, la íntima conexión del pai­saje y el relato es subyugadora: dos pequeñas trenzas correteando arriba y abajo de prados en flor confi­gu­ran el hilo argumental de El camino a casa, no hay mu­cho más que eso.

Otra baza maestra de la poética de Yimou es la interpretación. Su capacidad para el casting y para la di­rección de actores parece más bien un don, especialmente sus personajes femeninos irradian magnetismo. Gong Li, la primera y más afamada de sus musas, pare­cía dotada de un aura irrepetible, exclusiva, pero las pos­teriores elecciones de casting lo desmienten.

Sus actrices son verdaderos hallazgos, prodigios de con­tención y de sencilla naturalidad, coronadas todas ellas por una virtud que Yimou aprecia por encima de otras en el alma femenina: esa valerosa tozudez, el em­peño irracional lleno de amor y de fortaleza que las con­vierte en delicadas heroínas: la obstinación de Qiu Ju, una mujer china por conseguir reparación a una ofensa, la terca anciana de El camino a casa o la pequeña e imbatible maestra de Ni uno menos.

Las virtudes campesinas y la alabanza a una forma de vida respetuosa con los valores tradicionales son pro­bablemente lo que produce esa impresión de soplo de aire fresco, de ventana abierta que llama tanto la aten­ción y que hace que sus películas sean archipremiadas en todos los circuitos de festivales europeos y ame­ricanos.

El cuidado y la composición fotográfica ha sido otra cons­tante estética de su cine, su temprana maestría le viene a Yimou de su experiencia como fotógrafo y di­bujante y de que antes de director fue operador de cá­mara en Tierra amarilla, la película de Chen Kaige.

Verso de arte mayor

Aunque de ordinario Yimou prefiera el metro corto, tam­bién sabe medirse con el arte mayor. No hay más que pensar en el arranque de su opera prima, Sorgo rojo, la cinta que es una adaptación de la novela homónima de Mo Yan, el último Nobel de literatura.

Sorgo rojo comienza con los preparativos del viaje pre­nupcial que la impactante Gong Li está a punto de em­prender camino de su destino, el viejo leproso al que ha sido destinada. Las bellísimas y dramáticas escenas del palanquín son realmente una secuencia endecasílabo, verso de tema grave. Siguiendo con la retó­ri­ca podemos hablar incluso de sinestesia fílmica, en la que el color tiñe la vista, el olfato, el oído y hasta la psique, hay una angustia roja en el viaje de Gong Li.

En la filmografía de Zhang Yimou aparecen abundantes elementos líricos que el realizador maneja co­mo un maestro desde el principio: la representación co­reográfica de tradiciones chinas como el coro de cam­pesinos de Sorgo rojo festejando el primer vino de la cosecha que forma un perfecto cuadro operístico, o el artificio de las linternas rojas de su segundo filme de enorme fuerza visual, aunque al parecer carente de ba­se histórica, o las sombras chinescas, a las que da un protagonismo simbólico en Vivir.

Trayectoria reciente

A partir de 2002, la filmografía del realizador chino da un giro y lamentablemente sufre un descenso. Yi­mou sale de sus habituales narraciones y comienza a ex­plorar otros géneros, su deseo de no estancarse en un tipo de cine es manifiesto.

Hero fue una elegante reinterpretación del cine de aven­turas en la que aún permanece el nervio poético pa­ra mostrar la belleza de la tradición y la fortaleza del amor, pero con mucha menor fortuna le siguieron La casa de las dagas voladoras, La maldición de la flor do­rada y Una mujer, una pistola y una tienda de fideos chi­nos.

Por eso en 2010 la crítica acogió con entusiasmo Amor bajo el espino blanco, a la que se calificó de resu­rrección porque es una vuelta al Yimou inicial. Quizá se trata de una película redundante, ya contada, muy si­milar a El camino a casa, pero si hay algo que a un poe­ta se le perdona es la reiteración, no es lo que dice, si­no como lo dice, y aquí Yimou vuelve a mecerse bajo el espino con la misma suavidad con que Tao Quiang, el poeta clásico por excelencia en China, lo hizo a la som­bra del melocotonero en flor. Yimou debería volver al campo de donde nunca debió salir.

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