· Margarethe Von Trotta es directora de Hannah Arendt (2012)

· Más que mostrar los horrores del holocausto, a Von Trotta le interesa entender cómo se gestó.

Paris, 1960. Los cines proyectaban Al final de la es­ca­­pa­da. Tenía 18 años, la misma edad que Anna Kari­na, Catherine Deneuve o Jean Seberg, el prototipo de mujer que estaba creando la modernidad cinemato­grá­fica.

Así lo cuenta Margarethe Von Trotta: “Yo llegué de Ale­mania justo antes de la Nouvelle Vague, allí teníamos unas películas tontas, para mí el cine era un entretenimiento, no un arte. Cuando llegué a Paris vi los fil­mes de Bergman y entendí lo que el cine podía ser, vi Hitchcock y vi a los franceses de la Nouvelle Vague, vi aque­llo y dije: esto es lo que quiero hacer con mi vida”.

Los franceses en aquel momento no la vieron a ella, pe­ro de vuelta a Alemania, tras introducirse en el tea­tro y en televisión como actriz, fue Rainer W. Fassbinder quien la vio y quien la convirtió, a la manera de una Anna Karina alemana, en musa del flamante Nue­vo Cine Alemán. Esa fue su forma de introducirse pe­ro no su meta, su meta era la dirección cinematográfica, al­go complicado para una mujer en aquellos tiem­pos.

Una mujer en el Nuevo Cine Alemán (NCA)

A la dirección llegó más tarde, en 1975, con la ayu­da del que fuera su marido, el cineasta Volker Schlöndorff, que la inició primero en la escritura de guiones y después en la realización. Refiriéndose a él y a los di­rectores del Nuevo Cine Alemán, Von Trotta dice: “Con ellos aprendí la técnica, la seguridad para hacer las cosas”.

Sus colegas varones fueron grandes cineastas, renovaron el cine alemán y siguiendo la estela del Free Cinema inglés y de la Nouvelle Vague francesa trazaron una línea divisoria entre el cine europeo y el norteamericano que ha determinado la historia de la cinema­to­grafía.

Los de Oberhaussen se mantuvieron en pie mucho más tiempo que ningún otro de los nuevos cines. El Nue­vo Cine Español, por ejemplo, nació y murió solo una década después. Por el contrario, el NCA fue capaz de renovarse y de dar paso a tres generaciones de cineastas adscritos al movimiento que todavía coleaba en los ochenta.

Pero aquello acabó definitivamente tiempo atrás, hace al menos una década que los directores del NCA están muertos cinematográficamente hablando: murió Fassbinder, se agotó Wen­ders, Hans-Jürgen dirigió por última vez en 1997 y Herzog lleva desde los 80 centrado en el documental, el teatro y la ópera. Algo más ha aguantado Schlöndorff, que hizo su última e interesante pelícu­la, El Noveno Día, en 2004.

Margarethe Von Trotta, a sus 71 años, a diferencia de sus colegas, go­za de una estupenda salud fílmica, acaba de demostrar con Hannah Arendt que mantiene una elasticidad envidiable, podríamos decir que se ha convertido en “la viuda del Nuevo Cine Alemán”, la única que sigue en pie.

Quizá la opción de Von Trotta, que no ha querido ser “autora”, la ha hecho más perdurable, los autores siem­pre se vacían antes. Ella ha hecho un cine clásico, tran­quilo, de menos excesos que el de sus compañeros de generación, y ha ganado en consistencia con el tiempo.

La historia vivida: nazismo y comunismo

Los filmes de la realizadora están muy orientados a la revisión de la historia reciente, la que ella ha vivido.  El ajuste de cuentas con la generación anterior, tan tí­pico de los nuevos cines, tuvo en Alemania un dramatismo particular y Von Trotta salda su deuda como  alemana con una trilogía del nazismo: Rosa Luxembur­go, La calle de las rosas y la reciente Hannah Arendt.

Pero lo dicho hasta ahora no justifica la solidez de Von Trotta como directora. Sobre el holocausto en con­creto llevamos vistas probablemente demasiadas pe­lículas desde que Chaplin dirigiera en 1940 El Gran Dic­tador. En mi opinión, lo que hace que Von Trotta sea necesaria, incluso imprescindible, es  al­go tan inusual y atractivo como ver a alguien que no se deja en­corsetar por la visión establecida de la his­toria, ni si­quiera por sus propias vivencias, ver a al­guien que bus­ca el desafío de la verdad.

Von Trotta consigue hacer cine capaz de aportar fun­damento al estudio de la historia de Europa

Como todo intelectual del momento, Von Trotta cre­yó en el comunismo y dejó de creer. Ella explica su evo­lución al descubrir a Mannes Sperber, el novelista y filósofo francés, conocido militante comunista que  de­senmascaró el estalinismo en occidente.
La cineasta siempre se ha distinguido por pensar con autonomía, y conforme pasan los años lo hace sin nin­gún temor, incluso está en condiciones de reconocer los propios errores.Su trilogía del nazismo no deja de ser particular, más que mostrar los horrores del holocausto a Von Tro­tta le interesa entender cómo se gestó. El biopic de Rosa Luxemburgo nos sitúa en 1919, en los prelimi­na­res del nacionalsocialismo, y Hannah Arendt es la fi­lósofa judía-alemana que cuestiona la ver­sión del judaísmo sobre el holocausto.

La promesa es otro brillante ejercicio de evaluación de la historia contemporánea en torno al muro que dividió Berlín entre 1961 y 1989. La película está llena de matices acerca de la vida de los berlineses durante to­dos aquellos años.

Von Trotta consigue hacer cine capaz de aportar fun­damento al estudio de la historia de Europa porque es­tá hecho con apertura, rigor, matiz y equilibrio. En de­finitiva, con inteligencia.

La historia que quiero dejar, un cine ¿feminista?

Además de por sus dramas históricos, si por algo se dis­tingue el cine de Von Trotta es por la exclusiva aten­ción que presta a los personajes femeninos. Su filmografía es unidireccional, escribe ficciones sobre mujeres y biopics femeninos. Esta opción fue inicialmente ideo­lógica:

“En la década de 1970, el Movimiento para la libera­ción de la Mujer buscaba modelos a seguir en la Histo­ria. En ese momento había pocos modelos de rol fe­menino. La Historia fue escrita por hombres y hecha por los hombres. La historia de las mujeres no fue contada, y las mujeres estaban marginadas, como si nunca ellas hubiesen jugado ningún papel”.

El cine de Von Trotta es absoluta y orgullo­sa­mente femenino

Pero la postura de Von Trotta en este punto es otra agra­dable muestra de su libertad de pensamiento. Repasando sus cintas es evidente que nunca terminó de ali­nearse con el feminismo combativo. Sus personajes son mujeres creíbles con todas las pulsiones femeninas sin excluir ninguna. Mujeres interesantes, independientes y fuertes de carácter. Más que en la revolución fe­minista, Von Trotta cree en la fuerza de la mujer, cree en la amistad entre mujeres -sus pe­lículas están llenas de amistades femeninas- y cree en las mujeres que aman: ideas, hombres y causas.

Hablar de literatura o de cine femenino suele ser un ele­gante modo de devaluar un libro o una pelí­cu­la, pero el cine de Von Trotta es absoluta y orgullo­sa­mente femenino.

Suele comenzar sus películas ubicando al espectador con una panorámica de la ciudad en la que se ruedan, ele­gante, tranquila, estética y concre­ta. Pone la cáma­ra donde solo la pondría una mujer, sus encuadres son equi­librados y llenos de detalle.

Escribe guiones imposibles en un varón -difícilmen­te un hombre sería capaz de retratar la lógica interna de una contradicción femenina-, cuenta la historia des­de otro lado, es sorprendente, por ejemplo, escuchar có­mo describe el horror de un campo de exterminio hablando simplemente de que las mujeres habían deja­do de asearse.

Cuida especialmente la escenografía, los objetos y mue­bles que recrean la atmósfera de una época a la per­fección: un loft berlinés de los 90 en La promesa, el mobiliario jugendstile de Rosa Luxemburgo, la ambientación tan lograda de los sixties norteamericanos en Hannah Arendt.

Quizá porque es éste el ángulo que busca, trabaja con un equipo casi totalmente femenino. Desde que aban­donó a Franz Rath, su director de fotografía, casi no quedan hombres en sus rodajes. En las ocasiones en las que no firma en solitario coescribe con otras mu­jeres: Pamela Katz en la actualidad o Luisa Francia anteriormente. Una de sus últimas incorporaciones ha sido Carolina Champetier, la directora de fotografía en De dioses y hombres y de Holy Motors.

Espero que estos párrafos no prevengan a quien milita en las filas anticuota. Habrá quien piense que esa vi­sión del “genio femenino” resulta algo trasnochada,  pero Von Trotta es una mujer de su generación y no lo oculta. Lo que ella refleja, no suena a ideología aunque la tenga, suena a realidad, por eso sería un error pri­varse de la interesante visión del cine de Margarethe Von Trotta.

Carmen Azpurgua

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