· Sorogoyen escribe un guión original, sólidamente tra­bado en cimientos estructurales clásicos.

De primeras, el argumento del chico aborda a chica un viernes noche, ni es nuevo ni parece que vaya a dar mucho de sí, pero sobre esa anécdota, efímera y rei­terada, Rodrigo Sorogoyen ha construido algo dife­ren­te. Él e Isabel Peña, coguionista, han pasado muchas horas haciendo creíble la disección de esos amo­res evolucionados, tan de última generación que nos cuentan, consiguiendo mantener la verosimilitud en las subidas y bajadas de dos protagonistas frente a fren­te, en una situación difícil de manejar.

Hace poco veíamos a Polanski hacer algo similar en Un dios salvaje, pero Polanski además de su propia tra­yectoria tenía detrás un insuperable libreto de Yasmina Reza. Puede ser interesante ver lo que hay detrás del guión de Rodrigo Sorogoyen.

Stockholm, el Tenorio y la Tragedia griega

En La Semilla Inmortal, Jordi Balló y Xavier Pérez plan­tean la teoría de que todas las historias contadas, y las que llegarán a contarse, se reducen esquemática­men­te a unas tramas argumentales primigenias, las que desarrollan los clásicos griegos, Shakespeare, Chéjov, Kafka y algunos pocos más; los verdaderos crea­dores. Sus personajes arquetípicos se reinventan una y otra vez a lo largo del tiempo porque responden a patrones universales de conducta. La línea argumental de Stockholm es una de esas historias universales, la del “seductor infatigable”, el personaje arquetípico del Don Juan.

Sorogoyen escribe un guión original, sólidamente tra­bado en cimientos estructurales clásicos. La historia de Stockholm rebosa actualidad por el tipo de relación que cuenta, pero a pesar de tanta modernidad, si alguien dijera que Stockholm es antigua, tendría razón,  tan antigua como el drama romántico español y como la tragedia griega.

Hay muchas referencias a la obra de Zorrilla en Stockholm. El Tenorio comienza en una taberna, con una apuesta entre Don Juan y Mejía a propósito de la vir­tud de la prometida de este último y de esa misma for­ma empieza la película de Sorogoyen: dos amigos en una discoteca hablando de la novia de uno de ellos, con apuesta por medio.

Desde las primeras secuencias se establece el parale­lis­mo de los protagonistas con sus arquetipos re­ferentes, Javier Pereira delicioso seductor, manipulador atrac­tivo y grandísimo egoísta es un buen Don Juan. Aura Garrido, una Doña Inés, bella, solitaria y sensible.

Rodrigo Sorogoyen, sabe muy bien algo que también sabía Zorrilla y antes Shakespeare: cuáles son las claves de una obra trágica. La tragedia tiene sus le­yes “sine qua non”, Aristóteles las sistematizó y Sorogoyen las respeta y eso -no otra cosa- consigue convertir Stockholm en una gran película. Tan básico como que para hacer tortilla hacen falta huevos, aceite y sal. Luego viene la genialidad y el sello personal que tam­bién están, pero antes hay que montar la estructu­ra, que hace mucho que está inventada.

El itinerario del héroe trágico

Lo primero que una tragedia necesita es un héroe o una heroína trágicos. Según Aristóteles, el héroe trágico es un personaje del montón, ni un malvado, ni un virtuoso, más bien un tipo corriente, alguien con de­bilidades menores, comprensibles hasta cierto pun­to. Para hacernos una idea, alguien como Walter Whi­te, el protagonista de Breaking Bad, una de las úl­timas incorporaciones a la galería de héroes trágicos. La pareja protagonista de Stockholm se adap­ta también sin problemas al patrón: el mundo es­tá lleno de gente como ellos.

El héroe trágico es alguien demasiado descompensa­do por su ego y por tanto, blanco fácil para la frustración. Carece de la apertura típica del héroe épico hacia el otro que le capacita para acometer hazañas. Si algo nos deja claro la interpretación sobresaliente de Aura Ga­rrido y Javier Pereira, es que los protagonistas de Stockholm giran en torno a necesidades personales que sa­tisfacer, parecen más pendientes de sí mismos que de ninguna otra cosa.

A partir de ahí, para que la tragedia se desencadene, es necesario que el héroe atraviese una serie de fases. Es­quemáticamente vendrían a ser algo así: personaje frus­trado por sus circunstancias, encuentra una vía de sa­lida asequible, pero con riesgo. Después de un lapso pa­ra la duda, el héroe cede a la tentación. Conseguido el sueño, la situación empieza a complicarse. Se reini­cia el ciclo de la frustración que evoluciona en pesadi­lla y finalmente conduce, sin remedio, a la destrucción del personaje.

La pareja de Stockholm atraviesa cada una de esas fa­ses. Quien haya visto la película, no dudará en asegurar que Javier Pereira y Aura Garrido se frustran, du­dan, sueñan, entran en la pesadilla y finalmente se des­truyen. Lo hacen a distinto compás, pero ninguno de los dos escapa a la determinación del héroe trágico: su camino está escrito. Vamos a intentar desentrañar, bre­vemente, ese itinerario.

En la primera fase -de anticipación la llama C. Boo­ker– conocemos la situación del personaje, sus frus­tra­­cio­nes y el objetivo con el que ha de com­prometerse pa­ra poder salir de la situación en la que se encuentra.

La heroína de Stockholm es una belleza dolorida, can­sada de maltratos emocionales. Su objetivo, es una re­lación de las de “contigo pan y cebolla”, lo opuesto al “servicio de amor exprés” que le ofrecen habitualmente. Sabe que el juego de seducción es un mal suce­dá­neo del amor, por eso duda, sopesa, se resiste y fi­nalmente comete lo que técnicamente se denomina “el error inicial”, la debilidad que la llevará a la tragedia: el autoengaño.

Pero, ¿y él? Más bien parece un ganador. Su objetivo es­tá clarísimo y su confianza en alcanzarlo no tiene quie­bra. Sin embargo, conforme el metraje avanza y la conquista se pone complicada, el Don Juan de esta his­toria experimenta tan de lleno la frustración como cual­quiera, pierde reiteradamente los papeles y duda de que vaya a conseguir lo que pretende.

Conocidas las frustraciones, temores y deseos de los pro­tagonistas, la etapa de anticipación está resuelta y entramos en la fase de sueño: ese momento en el que el héroe deja de dudar y se pone en acción a fin de alcanzar el objetivo que persigue.

Pensemos en Javier Pereira avanzando con determinación por el pasillo de su casa para conseguir alcanzar a Aura Garrido, que huye por las escaleras; ha de­jado atrás las dudas sobre sus posibilidades y se diri­ge al objetivo. Veamos también a Aura dejándose atrapar por Javier en el último escalón; superados los te­mores que la frenaban, se embarca en la aventura.  Se inicia el sueño que perseguían, ahora todo debería ir bien.

A continuación, el director de una tragedia tiene a su disposición el momento climático del sueño alcanzado que, sin embargo, con grandísimo tino, Rodrigo So­rogoyen se permite “desaprovechar”: después de la con­tundente escena del ascensor utiliza una elipsis y nos lleva directamente a la mañana.

La heroína, aunque ella aún no lo sabe, despierta a las puertas de la fase de frustración. De manera casi im­perceptible, las cosas se empiezan a torcer, hay señales que lo confirman, gestos, actitudes y comentarios que funcionan como pequeños silogismos, sirven de reconocimiento, de anagnórisis diría Aristóteles. El plano con el que se cierra esta etapa es elocuente: el golpe contra el espejo del baño. Sin excesiva transi­ción comienza la pesadilla, en la que ella, que ha teni­do hasta ahora el rol pasivo, toma las riendas de la si­tuación.

El héroe por su parte se despierta satisfecho, su eta­pa de frustración está poco marcada porque el objetivo que perseguía era de menor envergadura que el de la he­roína. Sin embargo, la pesadilla, por inesperada, tie­ne mucha más fuerza en él, se encuentra de repente en­vuelto en el caos, las cosas escapan a su control. Co­mienza entonces a comportarse como un verdadero hé­roe trágico, en una huida hacia adelante se involucra en acciones más y más oscuras, empieza una escalada de indignidad que termina en la agresión física.

Solo queda entrar en el desenlace. Aristóteles trataba con dureza a los escritores que, demasiado complacientes con el público, no tenían arrestos para dar un final verdaderamente trágico a la historia. Probablemente el filósofo griego pondría buena nota a Soro­go­yen.

La fase de destrucción de la heroína se inicia con otro plano elocuente: después de la ducha, a través del espejo del baño, se percibe con claridad el abatimiento y el deseo de muerte que experimenta. Se de­sen­cadena entonces el llamado “lance patético” cuan­do el héroe descubre la verdad y decide hacer algo con­tra sí mismo. Todo encaja al milímetro en el planteamiento de la tragedia.

En definitiva, Stockholm tiene un guión en el que ca­si nada es genial, si por genial entendemos espontá­neo o nuevo, pero la sujeción a la estructura dramática con­sigue que el resultado final lo sea. Ese férreo arma­zón es lo que hace progresar la acción con un compás sor­prendente.

Estructura y genialidad

Luego, una vez que sucede lo que tiene que suceder,  lo que está marcado, lo pautado, entra en juego el estilo personal de Sorogoyen, que sin lugar a dudas perfecciona y completa el guión.

Está esa genialidad, ahora sí, de dividir la película en dos, la noche de él, la mañana de ella. Partir el co­lor y el tono con esa forma de filmar Madrid: el nocturno azul a ras de calle y la azotea blanca sobre te­jados mañaneros.

Y está la brillante escena del ascensor, el único pun­to efectista en una película que no lo es. Un par de mi­nutos de acción y elegancia con Rossini fastuosamente integrado en un montaje ejemplar, un mid point efec­tivo lleno de ritmo y emotividad. Revisándola se me venía a la cabeza la secuencia de Drive y el ligero ra­lentí con el que Ryan Gosling conduce a Carey Mulligan al fondo del ascensor.

Esta escena, y en general lo que ha hecho en Stock­holm, hace pensar que Rodrigo Sorogoyen nos va dar mu­chas más alegrías en adelante. Con talento, crowdfunding y un equipo de actores y profesionales implicado hasta las cejas, ha sacado adelante la que pro­bablemente sea la mejor película española del año 2013. Una buena forma de demostrar por qué caminos de­be andar el cine español.

Carmen Azpurgua