· El espíritu de la colmena (1973), a pesar de ser su primer trabajo, encuentra a Erice con un manejo absoluto de la iluminación y el color. La película entera parece estar sumergida y conservada en ámbar.

“Toda organización de formas en el interior de una superficie plana, de­limitada, deriva del arte pictóri­co. En cierto modo, la evolución del cine, a partir del momento en que este alcanza la categoría de len­guaje artístico, no adquiere su ple­no sentido si se la separa de la pin­tura. De ahí que sea necesario es­timar el lugar que el uno ocupa al la­do de la otra en la historia de las for­mas visuales de representación, a la cual aportan unas experiencias mar­cadas por una misma necesidad on­tológica: fijar las apariencias de la realidad para así liberarlas del carácter inexorable del tiempo” (Víctor Erice).

Uno de los posibles peligros a los que pudiera enfrentarse el espectador que descubre por primera vez la obra cinematográfica de Víctor Erice sería el de la impresión de que su trabajo esté más arrimado a códigos y herencias culturales extranjeros. Al fin y al cabo, el reconocimiento a su labor es inmensamente más reconocido en países vecinos como Francia, e incluso no es complicado encontrar sus títulos en los listados de mejores películas de lugares tan alejados como Japón, donde El espíritu de la colmena figura como una de las cintas favoritas de Satoshi Kon, cuyo campo ni siquiera es el cine de acción real sino la animación. Es especialmente sangrante la relación de Erice con la industria española, que ha entorpecido una y otra vez sus proyectos, y a la que se puede considerar directa culpable de una filmografía tan reducida y que, sin embargo, parece inagotable en su análisis y capacidad de influencia.

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