Aguas tranquilas [10]

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Bellísima película de la japonesa Kawase, muy consciente del paradigma de Tarkovski: “la finalidad del arte consiste, sobre todo, en preparar al hombre para la muerte

10Dirección y guión: Naomi Kawase Fotografía: Yutaka Yamakazi Montaje: Tina Baz Música: Hashiken Intérpretes: Makiko Watanabe, Hideo Sakaki, Tetta Sugimoto, Miyuki Matsuda, Jun Murakami, Fujio Tokita, Nijiro Murakami

Duración: 100 min. Distribuidora: Good Público adecuado: +18 años (X)

Futatsume no mado. Japón-España-Francia, 2014. Estreno en España: 10.04.2015

El hombre es un animal posesor de una insólita evidencia

“La sensualidad es la pulpa del objeto sensible. Sensualidad es el espesor opaco y tibio del objeto, la penumbra que se exalta en plenitud. Sensualidad es el color que se adensa detrás de su clara transparencia, de la forma que satura la interna multiplicación de su volumen. Sensualidad es la significación colmada, la presencia suficiente. Sensualidad es la dureza de la piedra, en la piedra; la fragancia de la flor, en la flor; la ascensión de la llama, en la llama. Sensualidad es el ser redimido de servidumbres y de fines; el ser como finalidad interna de sí mismo, plasmada en su compacta autonomía. Sensualidad es la persona cuyo solo ser nos basta. Sensual es la apropiación que no viola la integridad del objeto; el acto para el cual florece la más desnuda carne como una exaltación cristalina.”

Ni más, ni menos. Es el texto que escribe Nicolás Gómez Dávila, que también me ha prestado el bellísimo aforismo que da título a esta crítica. Está el texto en la página 100 del libro que primorosamente ha editado Jacobo Siruela en Atalanta.

De alguna manera, voy a escoliar la película de Kawase, apoyándome en el abisal implícito del escritor colombiano. Tengan paciencia.still the water 2

La directora japonesa de 45 años no es una documentalista instalada en la poética fílmica. No, no es solo eso, es más. Me parece que lo que aprendió sobre el poder de la imagen en la Escuela de Fotografía de Osaka va siempre montado en un ir y venir sobre el misterio de su propia peripecia personal, de eso que llamamos su vida. Como los verdaderos autores, Kawase, el arte de Kawase, se apodera del mundo.

“El poeta no describe el mundo, el mundo es suyo” dijo Tarkovski, el mismo que tenía muy claro que “la finalidad del arte consiste, sobre todo, en preparar al hombre para la muerte”

De la vida desde la muerte trata (es un verbo aquí bastardo, pero lo dejaremos) está marina de Naomi Kawase que supone un gozo en el que el dolor obviamente tiene un papel protagonista. Kawase se aísla cuatrocientos kilómetros al norte de Okinawa, en la bellísima Amami, en mitad del Pacífico, para hacerse las grandes preguntas sobre la vida y la muerte, sobre el amor y la verdad. Sobre la identidad. Qué es ser padre, hijo, esposo. Y la manera en que amarra su metafísica en mitad de un tifón, es memorable. Su historia está tramada de manera apasionante, con unos personajes de un atractivo arrollador, navegantes que se hacen a la mar y buscan puerto, porque navegar sin rumbo no está mal para un rato pero de por vida es tremendo.

Arte de vida, arte de muerte

Piedra, flor y llama, mentadas por Don Colacho, que se esconden en los corazones de dos adolescentes japoneses, Kaito y Kyoko, compañerosstill the water de clase, paseantes ciclistas junto a un mar que lo ve todo. Y las olas del colombiano chocan contra el malecón del pequeño pueblo japonés: servidumbres y fines, la más desnuda carne como una exaltación cristalina. La insólita evidencia con que Kawase nos presenta el convencimiento de que la cultura de la vida, el arte de vivir, solo puede cimentarse en una cultura de la muerte, en el arte de la muerte.

“El hombre archiva las imprecaciones milenarias y procede fríamente a cegar esas grietas por donde se infiltra la angustia. El hombre sumerge al hombre en el mar de la existencia animal y disuelve la contextura nudosa de la vida en la indiferencia de la materia. La muerte -concluye Dávila– es solo un estado del cuerpo. La muerte es una función de la vida.”

Aguas tranquilas para el esteta frívolo: una exquisitez en la que deleitarse. Aguas revueltas para el buceador intrépido con capacidad de asombro, libertad de espíritu y sucesivas inmersiones: una epifanía.

Verdaderamente, Still The Water. Una película sublime; puede darse la mano y pasear con las creaciones de Malick, Bresson y Tarkovski.

Alberto Fijo

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