Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)

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Excelente película de Iñárritu que logra muchas cosas a la vez con el relato magnético del estreno en Broadway de una obra de Raymond Carver.

Dirección: Alejandro González Iñárritu Guión: A. González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo Fotografía: Emmanuel Lubezki Montaje: Douglas Crise, Stephen Mirrione Música: Antonio Sánchez Intérpretes: Michael Keaton, Emma Stone, Edward Norton, Zach Galifianakis, Naomi Watts, Andrea Riseborough, Amy Ryan, Merritt Wever, Joel Garland Duración: 118 m. Distribuidora: Fox Público adecuado: +18 años (SD)

Birdman (or The Unexpected Virtue of the Ignorance) USA, 2014. Estreno en España: 9.1.2015

Con barro en las alas

“Después de tantas películas tan dramáticas, que de alguna manera tienen mucho de enfrijoladas, enchiladas y chile mexicano picante, ahora tenía ga­nas de un postre, así que decidí tomarme un des­canso de aquello, alejarme de mi zona cómoda, y sumergirme en algo que realmente deseaba hacer y que no sabía que podía suceder, que era poder reír­me en un set de filmación”.

La quinta película de Iñárritu llega cuando el director mexicano ha doblado el cabo de los 50. Eso que se llamó la crisis de los 40 se ha mudado a los 50. Crisis aquí es sinónimo de alto en el camino. Un momento en el que plantearse una vez más quién es uno, de dónde viene y a dónde va. Como per­sona y como cineasta.

Ahora, hoy, la vida parece ir deprisa, muy depri­sa; y a la vez, más lenta, a pesar o quizás debido a la sobredosis de comunicación banal que, en el me­jor de los casos, ruge a nuestro alrededor. Hay personas y personas. Hay vidas y vidas. El director me­xicano -autor de cuatros largometrajes desde su de­but en 2000 con Amores perros a la muy respeta­ble edad de 37 años- se había estancado y lo sabía. Biu­tiful dejó claro que el problema no era Arriaga, el problema estaba en Iñárritu. En sus maneras de dra­matizar la realidad, en la foto de Rodrigo Prieto y en el montaje de Stephen Mirrione.

En ese sentido, lo asombroso, lo tremendamente in­teresante de Birdman es que los guionistas son los mismos que escribieron Biutiful… y Mi­rrione si­gue siendo el montador… pero Birdman es distin­ta, es otra manera de acercarse a la realidad. Nos mues­tra a un Iñárritu más maduro, más sa­bio, me­jor cineasta.

Dice Iñárritu que ha hecho una película sobre  “la enfermedad de la popularidad”, pero lo que más me interesa en su excelente película es el ejercicio de sana autocrítica, de cordura y, por lo tanto, de sen­tido del humor, que hace sobre la extendida tendencia a la petulancia, a la egolatría, a la autosuficiencia grotesca en el mundo de la cultura con­temporánea.

Meditación como rutina

Birdman es -a mí me lo ha parecido- una comedia ne­gra que ajusta cuentas con la estupidez reinante, tam­bién en el mundo del audiovisual, en el oficio de hacer películas y no solo en las películas fast food, también en el cine de autor.

“¿Tienes algún ritual que te mantenga enfocado y fresco durante la filmación?”, le preguntó el periodista Jaime Ramírez (correcamara.com) al director durante el rodaje en el teatro St. James en Broad­way.

La respuesta de Iñárritu tiene mucha miga: “Cuan­do estás haciendo una película las rutinas se van desvaneciendo. Inicio siempre con rutinas bastante rígidas y son como las dietas: el lunes son increíbles y el viernes ya vas en declive. La rutina que ten­go y que trato de no romper es la meditación, es la única arma personal que me ayuda muchísimo a mantener cierta serenidad porque si no el cerebro se engancha y no para. Si puedo, trato de hacerlo an­tes y después del trabajo y, si no es posible, al me­nos trato de hacerlo antes porque ayuda mucho a desconectar el cerebro, a limpiar un poco la energía. Y es que una vez que empiezas una película así se acaba la familia y te aíslas, y si no desconectas se quema la computadora”.

Meditar. Iñárritu medita. Y creo que gracias a que lo hace, le sale una película ciertamente excepcional. Solo meditando se puede gestar un guión que nace de un relato de John Cheever que trata de un tipo que habla por teléfono en una habitación de un hotel mientras observa a gente que se ba­ña en la playa. Solo pensando se puede ir de Chee­ver a Carver. Y armar un relato modulado por la música de Antonio Sánchez, que nos percusiona el cerebelo como a los tronados personajes, de manera que cuando llegan Mahler, Ravel, Tchaikovsky, Rachmaninov y John Adams, entran de una manera ma­jestuosa: antes de usar una palabra hermosa haz­le sitio…

Solo meditando se puede trabajar de una manera tan inteligente con ese genio llamado Emmanuel Lu­bezki, que después de El árbol de la vida y Gravi­ty vuelve a lograr una fotografía absolutamente fascinante (aunque solo sea de paso, conste que hay es­cenas que requirieron 22 tomas y que el aparente pla­no secuencia se rodó en 29 días, con mucho ensayo previo).

Reinventando a Michael Keaton y al resto de los ac­tores de su reparto (un casting digno de estudio), Iñárritu les ofrece la oportunidad de reivindicar (ca­da cual a su medida y en el estadio de su carrera en que se encuentran) que son capaces de hacer tra­bajos formidables si les ofrecen películas sustanciosas con personajes bien escritos. Mientras lo ha­cen, mientras trabajan, se han vacunado contra la ten­tación de que la fama y la popularidad les trastor­nen.

Algo parecido nos puede pasar a los espectadores. Y a los críticos. Que menudo repaso nos pega Iñárritu en la película…

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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual. Escritor

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