Blackthorn

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Blackthorn

Mateo Gil da un paso de gigante en su segundo largometraje, un nostálgico western protagonizado por Sam Shepard y Eduardo Noriega.

Blackthorn. Sin destino, 2011 País: España Dirección: Mateo Gil Guión: Miguel Barros Fotografía: J. A. Ruiz Anchía Montaje: David Gallart Música: Lucio Godoy Intérpretes: Sam Shepard, Eduardo Noriega, Stephen Rea, Magaly Solier, Nicolaj Coster-Waldau, Padraic Delaney Dominique McElligott 98 m. +13 años (violencia) Distribuidora: Alta Estreno: 1.7.2011

Dos hombres y un robo

Mateo Gil es conocido fundamentalmente por ser el guionista de Alejandro Ame­ná­bar. Se estrenó en la dirección sin dema­sia­do brillo con Nadie conoce a nadie, un flo­jo thriller ambientado en la Semana San­ta sevillana. En este segundo largometraje, Gil da un paso de gigante dirigiendo con bue­na mano un arriesgado western. Y digo arries­gado no porque la trama sea compleja, que no lo es, sino porque Gil se ha atrevi­do a rodar una historia sobre el legendario bandido Butch Cassidy, ni más ni menos. Hay que echarle valor para rodar una cin­ta que enlaza directamente, por su perso­naje, con el film Dos hombres y un destino, aunque Mateo Gil se apresure a afirmar que lo úni­co que comparten las dos películas es, eso, el protagonista. En Blackthorn ve­mos a Ca­ssidy veinte años después de su su­puesta muer­te. Es un hombre cansado, sigue vivien­do en una continua huida y con la nostal­gia de volver a casa en un mundo en el que ya no hay sitio para él. Un día cono­cerá a un joven ingeniero español que aca­ba de robar al déspota explotador de una mi­na. Juntos emprenden una huida y una amis­tad que les llevará a amargos descu­brimientos.

El cineasta madrileño tiene claro lo que quie­re conseguir con su película: “Una de las cosas que más me atrae del western es que es un género profundamente moral. En él, los personajes se enfrentan a la vida y a sus diversos problemas (la libertad, la amistad, la leal­tad) en condiciones muy sencillas, y a menudo ejemplarizantes. Con mi pe­lícula quiero reivindicar precisamente esa mirada moral, ahora que parece que es­tá obsoleta”. Esta preocupación de Gil por man­tener el tono del western clásico es eviden­te y, a veces, pasa factura en la narración con algunos diálogos un poco forzados y, sobre todo, una trama excesivamente sen­cilla pues lo que se busca es, antes que con­tar una historia, abrir una reflexión sobre la vigencia de los valores. También es cier­to que el director compensa esta falta de acción con una fotografía bellísima -y no es un eufemismo, es que en este apartado la pe­lícula es sobresaliente- y unas buenas in­ter­pretaciones. La de Noriega, desde luego, la mejor de su carrera a años luz.

Sumando pros y contras, se puede decir que Blackthorn es una muy buena película y un ejemplo de que los cineastas españoles saben tocar con acierto una gran variedad de registros. Es una buena película… que se puede encontrar con un gran proble­ma en la taquilla. Un problema llamado Va­lor de ley. La película de Mateo Gil práctica­mente coincide en la cartelera con el sober­bio western de los Coen con el que tiene más de un paralelismo. ¿Tendrá el público español capacidad para disfrutar de un gé­nero de los que llaman crepusculares en tan poco tiempo? Esperemos que sí.

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