Jueves, Agosto 24, 2017
Deuda de honor

Deuda de honor

Tommy Lee Jones dirige, escribe y protagoniza una película brillante que linda con Ford, Eastwood o Kurosawa

3921
1
Compartir
¿Has visto esta película? ¡Puntúala!
1: Pésima2: Pasable3: Entretenida4: Muy buena5: Obra maestra (5 votos. PUNTUACIÓN de usuarios: 4,20 sobre 5)
Cargando…
portada
Tommy Lee Jones y Hilary Swank en Deuda de honor

· No le gusta demasiado a Jones que se encasille es­ta película como un western. “No sé muy bien qué es un western. Estoy interesado en la historia de mi país”, afirma.

Flannery O’Connor goes to Iowa

Nebraska, 1855. Mary Bee Cuddy ya ha cumplido los 30. Soltera, vive en un lugar donde hay que ser du­ra, muy dura para salir adelante. Le gustaría casar­se, formar una familia y tener hijos, pero no encuentra al hombre adecuado.

Cuando el pastor de la congregación metodista a la que pertenece le pide que lleve a tres mujeres trastornadas hasta Iowa, ella acepta la misión. Hay 600 ki­lómetros de viaje por lugares desolados y peligrosos. Necesitará un hombre que las acompañe.

Tommy Lee Jones ya había dirigido Los tres entie­rros de Melquiades Estrada hace diez años, con un guion de Guillermo Arriaga y la sombra de Albert Ca­mus en un amargo relato de frontera. En esa pelí­cu­la se percibía mirada y pulso.

Diez años después, Jones -cumplidos los 69- dirige (es­cribe y protagoniza, también) su segundo largometraje (tiene además dos TV movies de 1995 y 2011) con Luc Besson como productor y 16 millones de presupuesto. La cinta se ha rodado fundamentalmente en Nuevo México, cerca de San Antonio (Te­xas), donde vive Jones.

No le gusta demasiado a Jones que se encasille Deuda de honor como un western. “No sé muy bien qué es un western. Estoy interesado en la historia de mi país. Pienso que western implica que la historia tiene ca­ballos y grandes sombreros. No pienso en términos de género. Pero admitiré que he hecho tres películas que tenían caballos y grandes sombreros, luego debe ha­ber algo allí”.

Lo de menos es el género, sí. Lo importante es que Jo­nes ha hecho una película brillante, en la que arri­ma la historia de una novela de 1988 escrita por Glen­don Swarthout al mundo de Flannery O’Co­nnor: a Mistery and Manners, a la Gracia que se abre pa­so de manera tortuosa y misteriosa entre la patéti­ca miseria física, psíquica y moral; a la diferencia en­tre el mal y el pecado, entre la religiosidad y el fa­natismo; a tan­tos asuntos que hacen de las dos novelas y los re­latos de O’Connor un viaje alucinante e inolvidable por un territorio que no es país para al­mas de cántaro que se pierden en el cine sin mora­le­jas y gozan del lla­mado cine con valores, es decir, ci­ne malo con piadosas intencio­nes.

La película no tiene el corazón de O’Connor, ciertamente, y tampoco su preclara cabeza católica has­ta el tuétano, pero respira con sus pulmones y ca­mina con sus pies. Claro: Jones hizo en 1969 su te­sis de licenciatura en Harvard sobre los “Mecanismos católicos en las obras de Flannery O’Connor“. La escritora sureña había fallecido en 1964.

The Homesman (lo del título en español es cancerígeno, así que mejor no lo tocamos) es el retrato de un camino por valles oscuros, iluminados por los chis­pazos de humanidad y grandeza de alma de unos per­sonajes antológicamente descritos. Es cine que lin­da con Ford (especialmente con las películas don­de sale Ben Johnson), con Eastwood, con Kurosa­wa, con The Last Picture Show, como ha reconocido el propio Jones.

La fotografía de Rodrigo Prieto y la puesta en escena de Merideth Boswell hacen que, mientras sue­na la música de Marco Beltrami, Swank y Jones se re­corten sobre el horizonte como lo que son, dos gigantes de la interpretación en una película soberbia.

Compartir
Profesor universitario de Narrativa Audiovisual. Escritor

1 Comentario

Comments are closed.