Dogville

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Dogville

Dirección y guión: Lars Von Trie Fotografía: A. Dod Mantle Intérpretes: Nicole Kidman, Paul Bettany, Ben Gazzara, Lauren Bacall Montaje: Molly Malene Stensgaard Distribuidora: Golem

Dinamarca,2003. Estreno en España: 7.11.2003

Tensar la cuerda

Los duros años de la Depresión. La bella Grace (Nicole Kidman pluscuamperfecta) llega a Dogville con los gángs­teres pisándole los talones. El pequeño pue­blo en las Montañas Rocosas (Colorado, EE.UU.) acepta recibirla. Pero la casi unánime actitud caritativa y desinteresada -que Gra­ce agradece trabajando para cada familia del pe­queño villorrio- se va enturbiando cuando al­gunos exigen una compensación por el riesgo de esconderla de los forajidos.

Es frecuente la afirmación de que los grandes directores suelen contar la misma historia sirviéndose de diversos argumentos. Desde lue­go, el danés Von Trier (Copenhague, 1956) es­tá enormemente interesado en un triángulo mo­ral formado por la caridad, el pecado y la re­dención. Bajo la influencia de Dreyer y Berg­man, Von Trier baja una y otra vez sobre la tragedia humana utilizando unas herramientas estéticas de audaz y asombrosa belleza, aunque hay que reconocer que su terco tremendismo (muy shakespeareano) es muy fácilmente desmontable. Dicho de otro modo, muchos verán en sus películas una discutible -por radical- opción por tensar al máximo la cuerda que sostiene los conflictos humanos planteados, pero parece claro que Von Trier se aventura por un territorio moral del que muchos otros cineastas y espectadores huyen como de la peste. Verdaderamente Dogville es una película terrible, desoladora, en la que Von Trier (con evidentes paralelismos con piezas clave del imaginario americano como Las uvas de la ira y La ruta del tabaco de Ford, y Ball of fire de Hawks) retoma el sendero de Bailar en la oscuridad y Rompiendo las olas, un ir y venir sobre la libertad y la responsabilidad de la actuación humana contemplada por un dios vengativo y justiciero, o por el Dios compasivo y misericordioso capaz de entregar a la muerte a su propio Hijo. Lo que se echa en falta en esta parábola es la acción de la gracia, que es pieza clave en el sistema moral cristiano que Von Trier evoca a la vez que desnaturaliza, seguramente sin advertirlo.

El director de Europa ha tenido la inteligencia de poner en escena este ajuste de cuentas con un fascinante sentido teatral. Esta parábola e intensísimo drama sobre la venganza y la degeneración de los que usan su poder contra los otros –Trier dixit-, bebe de la dramaturgia de Wilder (Our town) y Brecht (Ópera de perra gorda). El sorprendente decorado que recoge las portentosas interpretaciones del muy equilibrado reparto contribuye a que no se disperse la atención del espectador, que saldrá de la pe­lí­cula brutalmente magullado y a la vez, qui­zás, maravillado por el despliegue de sabiduría cinematográfica de un enorme cineasta, cuya formación doctrinal no va a la par con su arrollador impulso creativo. Dice Von Trier que quie­re hacer pensar y sacar al público de la anes­tesia del cine comercial: A fe mía que, a pe­sar de sus excesos, lo consigue.