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El libro de la selva

Jon Favreau pasa de los cómic de la Marvel a adaptar un cuento excelente. La tecnología y un gran equipo juegan a su favor. Y gana

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El libro de la selva

· La presentación de personajes y el primer acto tienen un tempo muy conseguido. En el resto de la película, la larga secuencia con los monos no funciona bien y el tercer acto es vibrante y épico.

Lo que la naturaleza da, Salamanca puede trabajarlo…

La historia del pequeño Mowgli (Ranita) es una fábula moral con animales parlantes. Su éxito y difusión fueron extraordinarios. El premio Nobel Rudyard Kipling publicó en 1894 una recopilación de cuentos que habían ido apareciendo en periódicos.

La versión de Disney en 1967 dulcificó la historia, en una excelente película dirigida por el gran Wolfgang Reitherman (1909-1985), cuyo principal logro fue traducir el humor vitalista de Kipling en unas coreografías prodigiosas que forman parte del gran cine musical norteamericano. En la nómina de Reitherman están 101 dálmatas, Merlín el encantador, Los Aristogatos, Robin Hood y Los Rescatadores. Casi nada, todas en el hit parade de varias generaciones de niños de todo el planeta.

Jon Favreau (Queens, Nueva York, 1966), director de la saga Iron Man y productor de Los Vengadores, está muy marcado por los cómic de la Marvel en sus estrategias narrativas. Su versión de El libro de la selva encaja con sus preferencias y el resultado es un relato sincopado que busca satisfacer a un público amplio, contando la historia con espectacularidad, realismo y verosimilitud dramáticas que no obvian la violencia del relato, pero la mitigan con hábiles secuencias que asustan pero no aterran por el uso de la elipsis y el fuera de campo. Hay humor, pero mucho menos que en la versión Disney de la que han calcado al niño protagonista. Es significativa la elección de Bill Pope como director de fotografía (Matrix, Spider-Man, Men in Black, Darkman, El Ejército de las Tinieblas, Iron Man). Su trabajo es espectacular.

La apertura de la película es fascinante, con una de las mejores transiciones que ha hecho Disney: el paso del logo con el célebre castillo del estudio inspirado en el Alcázar de Segovia a la jungla es un portento. La presentación de personajes y el primer acto tienen un tempo muy conseguido. En el resto de la película, la larga secuencia con los monos no funciona bien y el tercer acto es vibrante y épico, quizás demasiado.

En el título me refería a la naturaleza y a Salamanca. Siendo la naturaleza el relato de Kipling adaptado por Justin Marks; y Salamanca, los centenares de diseñadores gráficos (entre ellos españoles) que usan magistralmente la tecnología para digitalizar paisajes y animales, logrando que su interactuación con el simpático niño protagonista sea deslumbrante, algo parecido a lo que ofrecían películas como Avatar y La vida de Pi.

Reseña Panorama
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual. Escritor