El mito de Bourne

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Bourne

Dirección:Paul Greengrass Guión:Tony Gilroy, basado en el libro de Robert Ludlum Fotografía:Oliver Wood Montaje:Christopher Rouse Música:John Powell Intérpretes:Matt Damon, Franka Potente, Joan Allen, Julia Stiles, Karl Urban, Brian Cox, Gabriel Mann, Marton Csokas Distribuidora:UIP

EE.UU., 2004. Estreno en España: 26.10.2004

Atrapado por su pasado

Paul Greengrass, realizador inglés de 49 años, ha sido elegido por Frank Ma­r­­shall, un viejo zorro de la producción, para dirigir El mito de Bourne (absurdo título castellano si se considera el original in­glés The Bourne supremacy). Bloody sun­day, la última película de Greengrass, dejaba cons­­tancia de su habilidad para el documental dramático, en el que se había ejercitado en sus años como realizador de Granada TV. Mar­shall, uno de los grandes productores USA con un montón de blockbuster a sus espaldas (la saga de Indiana Jones, por ejemplo), ha debido pensar que a la historia de Bour­­ne le podía venir bien un tono atormentado, más seco y con menos adornos que la pri­mera. Ha cambiado al director, pero ha man­­tenido al director de fotografía, al montador y al encargado de la música. Con lo que se ve que no hay tanto cambio como pudiera parecer.

El caso Bourne (75 millones de dólares de presupuesto y 122 de recaudación en la taquilla USA) fue una cinta muy bien recibida, porque llegó en un momento de carestía de bue­nas películas de acción con trama de es­pías dobles y misiones ultrasecretas. La novela de Ludlum contenía elementos que la película supo explotar. En esta segunda parte (repite presupuesto, pero ha ganado la friolera de 165 millones en EE.UU.), el planteamiento es menos novedoso porque el espectador ya sabe que Bourne ha perdido la memoria. La película salta de las playas de Goa a las plazas de Berlín y luego a un nevado Mos­cú. Hay bellos y muy documentales planos panorámicos de las ciudades y una insistente frialdad en el relato que intenta acercarse al drama de Bourne, que, a fin de cuentas, es un asesino a sueldo.

La película no se ve mal, pero se repite ca­si sin variaciones la peripecia de la primera par­te.

Hay una sensible diferencia que juega en contra de Bourne 2: no hay un personaje femenino sólido, como lo fue Franka Poten­te en el original. Franka era el contrapunto de cordura en un mundo enloquecido y siniestro. En Bourne 2, Joan Allen, que es muy buena actriz, no consigue en ningún mo­mento meter credibilidad a su mal dibujado personaje de jefaza de la CIA.

Matt Damon cumple con su papel de asesino atormentado atrapado por su pasado (una historia mil veces contada) en una cinta que quiere mantener un difícil equilibrio entre el relato psicológico y el thriller conspiratorio de espionaje internacional. La espectacularidad se reserva a una larga persecución au­tomovilística por las calles de Moscú.