El show de Truman

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Dos héroes contra una farsa

Incisiva, brillante, espectacular. El show de Truman, de Peter Weir, es la gran película del año… y algo más. Gran despliegue de medios, buenos actores, una campaña de lanzamiento a todo tren pero, sobre todo, un mensaje. En definitiva, un Titanic con algo más dentro de la mollera.

El comienzo resulta descorazonador. Jim Carrey tira a dar con todo su arsenal de histrión: caras, gestos, andares… Afortunadamente es todo un espejismo. Poco a poco, con una eficaz administración de descubrimientos a partir del guión y los recursos técnicos, se descubre que la actitud del simpático, sociable y completamente inaguantable Truman Burbank -el protagonista- no es natural. Sin él saberlo, su vida sirve de argumento al culebrón de mayor éxito en la historia de la televisión. Todos sus amigos, familiares, incluso su mujer, son actores, y la ciudad en la que vive, un gran escenario. Millones de telespectadores lloran y ríen con sus peripecias en un mundo artificial y horteramente feliz -feliz a la americana- construido por la mente de un megalómano realizador de telenovelas, Kristoph, al que da vida un espléndido Ed Harris.

Realidad y ficción parecen ir de la mano

Truman va despertando del sueño justo después del espectador, que descubre un poco antes la farsa gracias a las pistas ya mencionadas. Su reacción, acompañada por una música maravillosa, llena la pantalla de escenas humorísticas primero, trágicas después y, finalmente, épicas. Todo en un crescendo que culmina como mandan los cánones: decisión suprema del héroe.

Dicen que Carrey aceptó bajar su caché (rondaba los 3.000 millones de pesetas) para trabajar en esta película. Acertó. La realidad supera siempre a la ficción, pero aquí parecen ir de la mano. El caso es que la carrera del otrora prescindible detective Ace Ventura puede haber dado un giro de 180 grados, justo para ponerse de cara al cine de verdad. Harto de interpretar los vacíos histriones que Hollywood le imponía, protagoniza una maravillosa lapidación en la que la industria arroja una enorme -y oscarizable, ojo- piedra sobre su propio tejado.

Ángel Peña

Dirección: Peter Weir Intérpretes: Jim Carrey,Ed Harris, Laura Linney Guión: Andrew Niccol

Estreno en EE.UU.: 1 de junio de 1998

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