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High-Rise

Tras un arranque espectacular, Ben Wheatley se despeña progresivamente y convierte su película en un festival de sexo, alcohol y sangre

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High-Rise

· El problema, que supongo que será más de la adaptación que de la novela, es que hay un momento en el que se deja caer el guion por un precipicio.

Pirotecnia de diseño

¡Qué bien empieza la película del británico Ben Wheatley! Esta adaptación de la novela publicada por J.G. Ballard en los 70′ cuenta la llegada del doctor Robert Laing, un atractivo psiquiatra dispuesto a ascender socialmente, a la Torre Elysium, un rascacielos de arquitectura vanguardista. Laing pronto descubrirá que el diseño del edificio afecta al propio orden que se establece entre los vecinos.

Todo en el arranque de High-Rise es sugerente: desde el envoltorio visual, casi onírico con esos escenarios de cemento y jardines imposibles, hasta la metáfora de la lucha de clases entre los vecinos de arriba y abajo. El punto de vista del espectador es el mismo que el del doctor Laing, protagonizado por un Tom Hiddleston tan atractivo como ambiguo y que asiste al festival de sucesos, excesos y decesos con absoluta frialdad.

El problema, que supongo que será más de la adaptación que de la novela, es que hay un momento -cuando llevamos aproximadamente una hora- en el que se deja caer el guion por un precipicio. Las tramas se congelan (y mira que iban funcionando bien) y empieza un larguísimo festival pirotécnico de sexo, alcohol y sangre, mucha sangre, que tiene muy poca justificación narrativa (a partir de ese momento “pasan” muy pocas cosas al margen de la batalla que se organiza en el edificio). La sensación es que Wheatley, mientras deja despeñar la historia, trata de hacerse su hueco definitivo en la estantería de cineasta maldito y copia todo lo copiable: de Pasolini a Kubrick no hay orgía que no copie.

Al final, vuelve a la comparación y al símil, a la denuncia del capitalismo que es la causa del salvajismo… pero ya es tarde, el espectador, como el guion, hace rato que se ha sentido despeñado y podrá decir que sigue subyugado por la estética de High-Rise pero, detrás de los fuegos artificiales, dudo mucho que en su intelecto haya quedado alguna idea medianamente cimentada.