Los idus de marzo

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Clooney no reinventa el drama político con este filme, pero sí construye una gran película que pinta con estilo, fuerza y sutileza la corruptibilidad del ser humano. ****

The ides of march, 2011 País: EE.UU. Dirección: George Clooney Guión: G. Clooney, Grant Heslov Fotografía: Phedon Papamichael Montaje: Stephen Mirrione Música: Alexandre Desplat Intérpretes: Ryan Gosling, George Clooney, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Evan Rachel Wood, Marisa Tomei, Max Minghella 101 m. +16 años (sexo incidental) Distribuidora: Universal Estreno: 9.3.2012

Hace falta ser listo…

George Clooney demuestra una vez más (y van…) en su cuarta película como director que a inteligencia no le gana nadie en el star system hollywoodiense. A su nuevo dra­ma político lo han acusado algunos de his­toria mil veces vista, quedándose injusta­mente en lo más básico. Los idus de marzo no ofrece vueltas de tuerca revolucionarias en un tema ciertamente muy trillado, pe­ro sí una colección de detalles sutiles que la colocan como una cinta muy estimable y, so­bre todo, honestidad, mucha honestidad. Eso y el mejor reparto del año. Todo con un pre­supuesto mínimo para este tipo de producciones.

El gobernador Mike Morris (Clooney) es uno de los candidatos favoritos para hacerse con la nominación para la presidencia es­tadounidense por parte del partido demócra­ta. Para ello cuenta con la ayuda de sus dos principales hombres de confianza: su je­fe de prensa, Stephen Meyers (Ryan Gos­ling), y su jefe de campaña, Paul Zara (Phi­lip Seymour Hoffman). En el otro ban­do está Tom Duffy (Paul Giamatti), jefe de campaña del otro candidato principal. Las primarias de Ohio pondrán de relieve has­ta qué punto están dispuestos a llegar unos y otros por conseguir la nominación, así como la entereza de las bases donde se asien­tan sus idealismos y sus lealtades.

Pese a lo que aparenta, ésta no es la clási­ca película sobre lo corruptos que son todos en el mundo de la política, como ya nos cuen­tan los periódicos y las telenoticias a dia­rio. O mejor dicho, sí que lo es si nos ate­nemos en sentido estricto a su planteamien­to, desarrollo y conclusión. Tampoco es­catima en tópicos: hay hasta líos de faldas con becarias. Entonces, ¿qué es lo que la hace merecedora de estar entre las mejores de las de su especie? Pues simplemente ahon­dar en eso que se llama ser sutil -el mos­trar en vez de contar, el hacer buen ci­ne, en definitiva.

La dirección, el guión y los actores ponen el énfasis en los detalles a través de primeros planos y silencios que se adentran en el es­pacio personal e íntimo de los personajes pa­ra revelarnos lo frágil que es la condición hu­mana y hacernos sen­tir (repito, no contarnos) lo fácil que pue­de llegar a ser corrom­per a un hombre o que se corrompa a sí mismo ante determina­das situaciones que le superan. Casi toda la cinta está plaga­da de estos detalles y só­lo se pierden un po­co al final, con unos subra­yados excesivos que no dejan de tener fuer­za, pero tampo­co dejan de ser subrayados.
Y luego está el tema de la honestidad: el rea­lizador, conocido defensor de la causa de­mócrata, cuenta toda la historia desde el pun­to de vista del partido del que es afín, por­que no le interesa hacer crítica o sátira fa­cilona, sino mostrar que en todas partes cue­cen habas, más allá de las ideologías (¿se atrevería a hacer esto alguien alguna vez en España?).

El gran mérito es de Clooney, que dirige, coescribe y actúa con maestría, pero luego ade­más tiene la virtud de rodearse del actor de moda del año, Ryan Gosling, y los mejo­res secundarios del panorama actual: Sey­mour Hoffman, Giamatti, Evan Ra­chel Wood o Marisa Tomei. Pero no acaba ahí la cosa, porque para la música tuvo a Ale­xandre Desplat (El árbol de la vida), pa­ra el montaje a Stephen Mirrione (Tra­ffic, Babel) y para la fotografía a Phedon Pa­pamichael (El tren de las 3:10). Sólo falta­ba Aaron Sorkin para acabar de pulir el guión y estaríamos hablando de obra maestra. Y a todos les ha convencido con “sólo” 12,5 millones de dólares de presupuesto. Ha­ce falta ser listo.

Juan Claudio Matossian