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Monsieur Chocolat

Interesante biopic basado en la historia real de un célebre payaso negro

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Monsieur Chocolat

· La puesta en escena -impeca­ble- ayuda también a ilustrar aquel fogoso principio de siglo francés imbuido de la estética de Toulouse-Lau­trec y acerca al espectador a un circo que no tiene na­da que ver al que conocemos ahora.

El circo en tiempos de Lautrec

Monsieur Chocolat existió de verdad: se llamaba Rafael Padilla, era hijo de esclavos cubanos y se hizo famoso como payaso de circo en el París de principios del siglo XX. Fue el primer artista de circo negro y for­mó con el payaso británico George Footit un dúo de mu­chísimo éxito.

La película recorre su vida desde que Footit le descubre en un modesto circo de pueblo hasta su muerte, pa­sando por su etapa gloriosa y sus conflictos por cues­tiones de racismo. Estamos ante un biopic que funciona con una magnífica fluidez: al protagonista le pa­san muchas cosas y casi todas ellas interesantes. La pe­lícula se detiene lo suficiente -ni más ni menos- en aque­llos aspectos que sirven para conocer al personaje y abre el foco para entender también el París de la épo­ca con su toque de elitismo, sus ansias de diversión, su presumir de modernidad y, al mismo tiempo, su cerrazón y prejuicios. La puesta en escena -impeca­ble- ayuda también a ilustrar aquel fogoso principio de siglo francés imbuido de la estética de Toulouse-Lau­trec y acerca al espectador a un circo que no tiene na­da que ver al que conocemos ahora. Por último, hay que destacar una cuidada fotografía que imprime en mu­chos momentos un tono de cuento, fantasía e irrea­li­dad muy adecuados para contar una historia que sucede en el circo.

El conjunto es un agradable drama que se sigue con in­terés y con emoción (¿he dicho ya que pasan muchas cosas?). Dejo para el final hablar del protagonista por­que sin él estaríamos hablando de otra pe­lícula. Omar Sy (Intocable, Samba) vuelve a demostrar su sol­vencia cargándose la cinta a sus hombros. El nivel del resto del reparto es notable, pero sobresa­le su interpretación. Una cosa es ser actor y otra distinta es ser payaso. Sy consigue que las fronteras se di­luyan. Su dominio del gesto, del cuerpo y de la acro­bacia es sor­prendente. Un elemento más que nos me­te de lleno en la historia de un personaje que merece ser contada.