Martes, junio 27, 2017
Nadie quiere la noche

Nadie quiere la noche

Una buena película de Isabel Coixet que conecta con sus mejores obras

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Nadie quiere la noche

· Coixet (tiene dos grandes actrices) maneja la histo­ria con mano firme, con una hermosa imaginería. Su re­lato es duro, áspero y seco, porque debe ser­lo.

Polo Norte

Desde La vida secreta de las palabras (2005) ningu­na de las siguientes películas de Isabel Coixet había lo­grado interesarme. Quizás Cosas que nunca te dije (1996), A los que aman (1998) y Mi vida sin mí (2005) sean las culpables: me gustaron mucho, tanto que me pareció que tras 2005 el poder de seducción y el vigor poé­tico del cine de Coixet se habían evaporado.

Nadie quiere la noche no es una película fácil, como no lo son ninguna de esas cuatro obras que acabo de ci­tar. En todas ellas hay un protagonismo femenino no solo en las historias, sino en la manera de contarlas. Mujeres enfrentadas a un conflicto existencial que las zarandea.

El guion de Miguel Barros sobre el que trabaja Coixet me parece muy bueno. Como ya hiciese en la estu­pen­da Blackthorn, Barros enfrenta a dos seres hu­manos y los encapsula de forma que esa vivencia en común se hace mucho más intensa, especialmente por encontrase en lugares desolados, en una aventura de­sencantada in the middle of nowhere.

Josephine Diebitsch (1863-1955) se casó en 1888 con el Ingeniero de la Armada y explorador polar Robert Peary. Tuvieron dos hijos. Marie nace en tierras ár­ticas, donde Josephine había ido a encontrarse con su marido. Posteriormente publicó un libro con los recuerdos y fotos de ese viaje. Es una mujer decidida, aven­turera, distinguida y culta, hija de un lingüista del Smithsonian.

En 1908, Peary hace un último intento por llegar al Po­lo Norte. Josephine quiere estar allí y, en contra de los consejos de todos, se dirige a su encuentro. Al lle­gar, ten­drá que esperarle y en la larga espera cono­ce a una jo­ven esquimal, Allaka. En expediciones an­te­rio­res, Pea­ry había convivido durante más de un año con los esquimales, de los que aprendió a desplazarse en tri­neos con perros, alimentarse, vestirse, en su­ma, vi­vir.

Barros ha ficcionado unos hechos reales, convirtiendo su relato en una áspera glosa al heroísmo que ra­ya con la insania. Hay una belleza heladora -como es lógico por otra parte- en una película a la que algu­nos reprocharon su frialdad cuando abrió la Berlinale. Me parece improcedente e injusto. Quizás tanto como po­ner a caldo a Everest. Algunos parecen empeñados en defender que en esas situaciones extremas, los personajes tienen que comportarse como en una novela de Jane Austen o como en un reality de Telecinco.

Coixet (tiene dos grandes actrices) maneja la histo­ria con mano firme, con una hermosa imaginería. Su re­lato, insisto, es duro, áspero y seco, porque debe ser­lo. Porque el tal Peary debía ser uno de los tipos más insoportables del planeta y porque su mujer, que le sigue al fin del mundo, debía pensar que para dura ella.

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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual. Escritor

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