Tierra prometida

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Gus Van Sant rueda otra historia de la crisis, esta vez el enemigo no son los bancos sino las empresas. ***

Tierra prometidaDirección: Gus Van Sant  Guión: Matt Damon, John Krasinski   Linus Sandgren  Montaje: Billy Rich  Música: Danny Elfman   Matt Damon, John Krasinski, Frances McDormand, Rosemarie DeWitt  Distribuidora: Universal  106 minutos  Mayores de 12 años

EE.UU. (Promised Land). 2013. Estreno: 19/4/2013.

El precio de la verdad

La película por la que el nombre de Gus Van Sant em­pezó a conocerse en todo el mundo fue El indomable Will Hunting. Era la primera vez que el ci­neas­ta americano se apartaba de la temática mar­ginal y la primera vez que dirigía una historia que no era propia. Van Sant fue candidato al Oscar aun­que, al final, la preciada estatuilla fue a parar pre­cisamente a los autores del guión, dos jovencísi­mos actores que le habían llevado un libreto porque no conseguían buenos papeles.

Matt Damon y Ben Affleck protagonizaron la pe­lícula y se llevaron el Oscar. Esta introducción vie­ne al caso porque Van Sant vuelve a repetir la fór­mula y dirige una historia escrita por Matt Da­mon y John Krasinski, que son, efectivamente, los dos actores principales de la cinta.

Tierra prometida cuenta la historia de dos em­plea­dos de una empresa de gas natural que tienen co­mo misión convencer a los habitantes de un pequeño pueblo para que vendan sus tierras. Los inte­re­ses de unos y otros chocarán provocando un fuer­te conflicto en el que el afán de dinero juega di­rectamente contra delicadas cuestiones de concien­cia.

Gus Van Sant vuelve a demostrar dos cosas: que tie­ne buena mano para abordar temáticas complejas y que, a pesar de su trayectoria, no necesita per­sonajes turbios para demostrar que es un buen di­rector de actores. Apoyándose en un guión clási­co y lineal, al que le cuesta un triunfo arrancar, to­do hay que decirlo, y un solvente reparto, el ci­neas­ta plantea un conflicto muy actual en el que, la necesidad de trabajo o de dinero, pueden llevarse por delante temas tan esenciales como el respeto a la verdad, las tradiciones o la Naturaleza.

No hay originalidad en el argumento, muy similar al de otras películas que tratan de escarbar en las cau­sas de la crisis económica, pero sí en los protagonistas: aquí los malos no son los bancos sino las em­presas y, dentro de éstas, personas concretas. Tam­poco en el tono, que podría incluso tacharse de po­co beligerante a pesar de la denuncia.

En ese sentido, es una película más sobria, más ma­dura, más serena. Van Sant no grita pero señala lo que, no por su aparente evidencia, es menos cier­to o menos difícil: ser honrado significa, muchas ve­­ces, perder dinero. Pero uno duerme mucho mejor con la conciencia tranquila.

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