"House of Cards", de Beau Willimon

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House of Cards es de esas series que prometen tan­to que tienen poco que ganar y mucho que perder. De esas series llenas de “y, sin embargo…”.

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Calificación: +18 años (XD)

Emisión en España: la ha emitido Canal+ desde el 21 de febrero 2013

País: EE.UU.  Intérpretes: Kevin Spacey, Robin Wright, Kate Mara, Corey Stoll, Michael Kelly, Kristen Connolly, Elizabeth Norment  Duración: 1 temporada de 13 capítulos de 50 minutos. En rodaje la segunda

El poder que envenena tu alma

“¡Qué desperdicio de talento! Eligió el vil metal al poder. En esta ciudad ese error lo comete todo el mun­do. Así pues, el dinero es una mansión en Sara­so­ta que empieza a caerse después de diez años. El po­der son los viejos cimientos de roca que permane­cen durante siglos. No puedo respetar a alguien que no ve la diferencia”.

El que habla es el congresista Francis Underwood, in­terpretado por Kevin Spacey, protagonista y productor de esta serie. Habla directamente a la cáma­ra, definiendo a un personaje cínico, verborreico, ma­nipulador. Es un perfil que conoce bien: Sospechosos habituales, El pez gordo, American Beauty… En este caso su ambición es política; Francis es un con­gresista ninguneado por su propio partido que ha­rá lo que sea necesario para lograr el trono de Secretario de Estado que le habían prometido.

House of Cards es de esas series que prometen tan­to que tienen poco que ganar y mucho que perder. Es­ta adaptación de una miniserie británica de la BBC, producida en 1993, cuenta con un reparto mag­nífico, algunos de los guionistas más prestigiosos en thrillers políticos como Beau Willimon (escritor de la obra de teatro original Los Idus de mar­zo, que trasladó de forma magistral al cine Geor­ge Clooney) y la dirección compartida de cineastas reconocidos como David Fincher (también pro­ductor), James Foley (Glengarry Glen Ross) o Joel Schumacher (Un día de furia). Y sin embargo…

Hay demasiadas cosas que no funcionan en la se­rie. Es verdad que comparándola con la versión británica de los años 90, se ha modernizado la pla­nificación, la música y la interpretación (Robin Wright, ganó el Globo de Oro por su trabajo). Todo es más natural, menos forzado. Pero el problema es que Hou­se of Cards llega años después de El Ala Oeste de la Casa Blanca o The Good Wife. Y no hay color. Faltan de­sarrollo de personajes, giros que sorprendan, talento e inteligencia para describir las zancadillas po­líticas que debían resultar jugadas maestras y aca­ban siendo vulgares y previsibles maniobras. Esto ha­ce que la serie sea aburrida y superficial en dema­sia­dos tramos, sostenida por un buen casting que pa­rece pedir a gritos unas líneas de diálogos más ela­borados.

Además, la serie comete un error habitual de algunas producciones Showtime (Homeland, Dexter) y la mayoría de la HBO (Juego de tronos, Boardwalk Em­pire): enfatiza demasiado los aspectos escabrosos de la historia. Resulta sorprendente que siga habiendo guionistas que tengan que definir un personaje sexoadicto como el que interpreta Corey Stoll con un nivel tan vulgar y primario de escritura.

Esto hace que House of cards sea una serie que de­frauda las enormes expectativas que había generado. No existe la magia que hemos visto en Argo, en el final de Los idus de marzo con el duelo de Ryan GoslingGeorge Clooney quemando la panta­lla, Michael Sheen devorando a preguntas a Frank Lan­gella (Frost contra Nixon), o Vanessa Redgrave in­crepando a Ralph Fiennes (Coriolano). Si no se han visto ninguna de estas películas, ninguna de las series que antes he mencionado, probablemente el juicio sería más benévolo. Pero si House of cards se analiza como una serie hija de su tiempo, la conclusión es claramente desfavorable en un momento ple­tórico del cine y la televisión del género político.

Claudio Sánchez