"Les Revenants", de Fabrice Gobert y Frédéric Mermoud

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Se nota a la legua que estamos ante una serie europea, por­que está más preocupada en hacer preguntas de cor­te existencial que en ofrecer respuestas trascendentes.

***½

Emisión en España: Sin fecha prevista

Emisión en Francia: del 26.11.2012 al 17.12.2012 en Canal+. Vista por 1.400.000 espectadores

Calificación: +18 años (XV)

País: Francia Dirección: Fabrice Gobert, Frédéric Mermoud Guión: F. Gobert, Emmanuel Carrère, Fabien Adda, Nicolas Peufaillit Intérpretes: Anne Consigny, Frédéric Pierrot, Clotilde Hesme, Céline Sallette, Samir Guesmi, Guillaume Gouix, Jean-François Sivadier Duración: 1 temporada (segunda temporada prevista para 2014), 8 capítulos de 50 minutos Producción: Haut et Court

¿Y si los muertos volvieran para ocupar su lugar?

Les Revenants parte de la clásica pregunta origen de muchas buenas historias: Qué pasaría si…, en particular si los muertos decidieran regresar, después de 10, 15, 30 años, para recuperar el puesto que abando­na­ron. Pero no como zombies de ojos inyectados en san­gre… sino como las personas que eran y con la edad que tenían antes de morir. ¿Cómo reaccionarían la sociedad y su familia?, ¿qué pasaría con el tiempo y la vida transcurridos?, ¿alguien habría ocupado su lu­gar?

La serie, que emitirá su segunda temporada en 2014, atrapa desde los elegantes créditos de apertura, en los que la presencia enigmática de animales y personas reflejados o sumergidos en el agua, el parpadeo in­termitente de las luces eléctricas y la inquietante mú­sica de terror de la banda escocesa Mogwai antici­pan muchos de los elementos fundamentales de la his­toria. Incluso el título de la serie, atravesado por una línea horizontal, que desencaja la parte superior e inferior, contiene la idea de la delgada línea que se­para a los vivos de los muertos y la fractura irreparable que provoca la muerte. Su creador, Fabrice Gobert, ha tenido como fuente de inspiración Morse, de To­mas Alfredson, Twin Peaks, de David Lynch, o Lu­nar Park, novela de Bret Easton Ellis.

Se nota a la legua que Les Revenants es europea por­que está más preocupada en hacer preguntas de cor­te existencial que en ofrecer respuestas trascendentes. De hecho, está basada en una película del mis­mo título dirigida por Robin Campillo en 2004, so­bre el problema social y político que genera en una tran­quila ciudad francesa la resurrección de un numeroso grupo de conciudadanos, la mayoría de la tercera edad. Pero esta serie se concentra en el drama in­timista de sus personajes con toques fantásticos y to­no de suspense.

Los resucitados tienen diversas edades y sus muertes se produjeron por motivos variados -unas de for­ma accidental y otras provocada- y en épocas dis­tintas. En los primeros capítulos asistimos a la apa­rición paulatina de los revivientes, empezando por Camille, adolescente de quince años que murió ha­ce cinco en un accidente de tráfico dejando una her­mana melliza y unos padres doloridos por la pérdi­da, que en el transcurso de este tiempo se han separado. Es la única que ha fallecido de forma inocente e inexplicable. Además de Camille vuelven Víctor, un in­quietante niño vestido como en los años setenta, con el poder especial de revelar mediante visiones la con­ciencia de los que le rodean; Lucy, la camarera de un bar brutalmente asesinada por un psicópata; Ser­ge, el asesino en serie; Simon, un joven a punto de ca­sarse que se suicidó, etc.

Cada capítulo impulsa con una buena dosis de intriga todas las tramas centrándose en cada personaje y su entorno, sin que resulte artificial ni pesado. So­bre todo en los cuatro primeros, verdaderamente adic­tivos. Ninguno de los revivientes sabe la razón de su regreso, lo iremos descubriendo a la vez que ellos. Tampoco conocemos, ni ellos mismos saben, si es­tán todos los que son y son todos los que están, gra­cias a la pericia del guión. Piensan, desean e in­ter­actúan con los demás pero no son como los demás y sufren por ello. Les acompañan algunos signos que re­velan su naturaleza y el apego a la vida -la falta de sue­ño, la incapacidad para volver a morir y la voraci­dad alimenticia y sexual, demasiado explícita, ya entendimos la metáfora- y en ocasiones el mundo natu­ral reacciona de forma extraña ante su presencia.

El lugar escogido, un pueblito cercano a Annecy, en la Alta Saboya, es un marco perfecto. Pequeño, ano­dino, pacífico, rodeado de montañas, de cielos nu­blados y asfixiantes, con un embalse que extrañamente va perdiendo nivel y deja ver la torre de la igle­sia del pueblo sumergido tras las inundaciones por la rotura de una presa hace treinta años. El propio embalse es una presencia amenazante que adquiere consistencia de personaje. Llama la aten­ción el uso de la luz en la fotografía, que unida a la músi­ca de Mogwai transmite sensación de extrañeza y desasosiego.

El reparto es impecable. Junto a intérpretes profesionales (Anne Consigny, Frédéric Pierrot, Clotilde Hes­me, Samir Guesmi, Celine Sallette, etc.), intervienen actores jóvenes como Jenna Thiam y Ya­ra Pi­lartz, en el papel de las mellizas, y Swann Nam­bo­tin, el niño mudo y solitario de siete años. La cá­ma­ra se de­mora en sus miradas líquidas, expectantes, do­loridas y en el tono intimista de la voz casi su­su­rra­da.

Manteniéndose en la frontera de lo difuso, Les Reve­nants trata sobre el poder absoluto de la muerte -sin asomo de trascendencia, pesa a la presencia abun­dante de cruces y de un cura católico-, pero tam­bién sobre la fuerza del amor y la necesidad de que la injusticia no quede impune.

Al final de la temporada el sesgo fantástico va adquiriendo fuerza y se sitúa al mismo nivel que el dra­ma intimista. La serie se empantana, pierde sutileza y anticipa un desenlace que hace difícil creer que una se­gunda temporada pueda estar a la altura de la primera. Veremos si quedan misterios por resolver o se han quemado demasiado pronto los cartuchos.

Cristina Abad




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