· Disney anunció que iba a acometer la realización de un largometraje enteramente animado, y que iba a tomar como ar­gumento un conocido relato de los hermanos Grimm: Blancanie­ves y los siete enanitos.

Parte III: El cuento clásico en Walt Disney

A Walt Disney le atrajeron desde muy niño los cuentos de hadas. La fuerza y el encanto de los relatos clásicos, que su ma­­­dre leía en el hogar por las noches, llenaron su imaginación infantil durante los años que vivió en Marceline, cerca de Chi­ca­go. Al hablar de su adolescencia, los biógrafos aluden repetidas ve­ces a su pasión por el cuento fantástico. Años más tarde, las referencias a Perrault, Andersen o los hermanos Grimm llenarán páginas y páginas en los memorándums y directivas de sus archivos de Burbank (Los Ángeles), donde tienen su sede los Estudios Disney.

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Así, no es de extrañar que la irrupción de Walter Elias Disney en el mundo del cine se produjera precisamente a través del cuento clá­sico. Sus famosas Silly symphonies tendrán como base, junto a his­torias propias, numerosos cuentos tradicionales: El patito feo (1931), Los tres cerditos (1932), La liebre y la tortuga (1934), etc.

Poco después, Disney anunció que iba a acometer la realización de un largometraje enteramente animado, y que iba a tomar como ar­gumento un conocido relato de los hermanos Grimm: Blancanie­ves y los siete enanitos. Ese proyecto cayó en Hollywood como una bom­ba, pues hasta entonces nadie lo creía viable. Algunos le llamaron lo­co, pues el «cartoon», además de laborioso, era algo de escaso valor: estaba considerado como una obra de segunda, algo que ser­vía para rellenar las dos horas de proyección, pero nunca para ac­tuar de protagonista.

Disney quiso demostrarles a todos ellos que se equivocaban, y tra­bajó a fondo las posibilidades de ese relato. Con su equipo de dibujantes, diseñó los fondos en tonos expresionistas y creó densas at­mós­feras de misterio jugando con el simbolismo de los colores y la expresividad del dibujo; a la vez, acentuó el aspecto «terrorífico» de la trama, equilibrándolo en el guion con números musicales, toques emotivos y una fina dosis de humor. Con todo, el acierto más notable fue el peculiar desarrollo de personajes: los siete enanitos (Ha­ppy, Sleepy, Doc, Bashful, Jumpy, Grumpy y Seventh), con toda su divertida y variopinta humanidad, se convirtieron en el foco mismo de la narración.

Pese a las reticencias de unos y otros, Blancanieves vio la luz cua­­tro años más tarde, en diciembre de 1938, y su éxito comercial y de público abrió las puertas en Hollywood a dos aliados del mundo in­fantil: el filme animado y el cuento de hadas.

Un año más tarde, Disney continuaba su apuesta por la imaginación y la inocencia con otro filme animado: Fantasía (1940). Pocos meses después, daba salida también a Pinocho (1941), basado en el cuento de Carlo Collodi.

Tras años de tanteo con relatos infantiles contemporáneos (Dum­bo, Bambi, 101 dálmatas, La Dama y el Vagabundo, etc.), Walt vol­vería al cuento clásico en los años cincuenta. Tomando pie en re­latos de Lewis Carroll y Charles Perrault, llevó al cine La Ce­ni­cienta (1950), Alicia en el país de las maravillas (1951) y La bella durmiente (1959). En esos relatos consolida su apasionada defensa de la naturaleza: la heroína, en constante diálogo con plantas y animales, es ayudada siempre por aquellos seres a quienes presta aten­ción y cariño. Como ya había sucedido en Blancanieves, también aquí lo más característico será el desarrollo de personajes secundarios absolutamente inimitables.

Por esos años, Disney estudió las posibilidades del cuento de hadas para llevar a cabo una serie de largometrajes. Muchos cuentos fueron explorados, pero las dificultades técnicas y la llegada de otros proyectos (Disneylandia, entre otros) aconsejó postergarlos pa­ra más adelante. La muerte de Walt, ocurrida el 15 de diciembre de 1966, convirtió en definitiva esa provisional demora, y los cuentos de hadas fueron archivados en espera de mejores tiempos.

Por fin, tras seis lustros de hibernación, los Estudios Disney parecen haber desempolvado aquella vieja idea, y en los últimos años han comenzado a producir películas basadas en fábulas clásicas: en 1989 fue La Sirenita, según el famoso relato de Hans Christian An­dersen; en 1991 le tocó el turno a La Bella y la Bestia, basado en el cuento de Jean-Marie de Beaumont; y después fue Aladino, re­lato mágico de Las mil y una noches. La fantasía había encontrado de nuevo un camino a la sombra del filme animado.

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte I)

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte II)

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte IV)

La Bella y la Bestia (1991) // Gary Trousdale, Kirk Wise (parte V)

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