¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra (parte 3): Rodaje e interpretaciones
La contratación de los demás personajes fue algo más costosa. Tras una dura negociación con la Metro, consiguió a dos actores decisivos en ¡Qué bello es vivir!: Donna Reed para el papel de Mary Hatch, la fiel esposa de Bailey (que requería una apariencia desde los 18 hasta los 40 años); y Lionel Barrymore, veterano actor que, acostumbrado a papeles más pequeños, aceptó el personaje del villano sin leer siquiera el guión.
En otra negociación con la Fox, Capra consiguió a Thomas Mitchell para interpretar al tío Billy, un hombrecillo divertido y despistado, que con su olvido desencadena toda la desesperación de Bailey. Como antes en La diligencia o en Lo que el viento se llevó, Mitchell haría aquí un papel auténticamente memorable, que serviría como alivio cómico de la historia dramática.
El entusiasmo de Frank Capra
Cuando por fin comenzó el rodaje, Capra no se las tenía todas consigo. Tras cinco años de ausencia en los platós, a causa de la Guerra Mundial, le invadía el temor de haber perdido cualidades y, sobre todo, de haber perdido a su público. Sin embargo, el director de origen italiano superó con creces todas las expectativas.
Entre los meses de abril y julio de 1946, y a lo largo de 54 jornadas, desplegó un entusiasmo electrizante que supo extraer lo mejor de cada uno. Compensó la interpretación un poco «a lo Dickens» de Lionel Barrymore con el tono más realista de James Stewart y Donna Reed. Y así, las deliciosas escenas de la pareja protagonista confirieron un sutil contrapunto a otras escenas más cómicas (como las del tío Billy), más agrias (las discusiones de Bailey con Mr. Potter) o más desenfadadas (las propiciadas por el ángel).
De todas las interpretaciones de la película, la de James Stewart brilla con luz propia por encima de todas. El personaje de George Bailey ha sido definido por algunos como «una de las caracterizaciones más geniales en el cine norteamericano, tan deslumbrante y poderosa como el Terry Malloy de Brando en La ley del silencio, o el Jim Stark de James Dean en Rebelde sin causa» (Donald G. Willis). Ciertamente, el personaje de Bailey tiene la fuerza controlada de Mr. Smith, pero esta vez el atractivo no le viene de un diálogo elevado y personal; sus escenas más tranquilas son las que nos dan su verdadera talla: no caen en estereotipos dramáticos, como los bellos discursos un tanto huecos, sino que presentan facetas humanas, emociones sinceras.
Prestando atención a los detalles
Un ejemplo pequeño, pero significativo, sucede al final de la película, cuando George sube corriendo las escaleras hacia la habitación de los niños; en ese momento se le doblan las piernas: su agotamiento nervioso revela que está tan contento de estar vivo que no puede detenerse siquiera cuando su cuerpo le falla. Stewart y Capra describen a George en sus gestos, físicamente; George casi no tiene que hablar, todo puede verse.
Por otra parte, Capra reveló también su característico perfeccionismo en la creación de espacios y ambientes. No contento con la antigua técnica de simular la nieve (yeso en el suelo y copos de avena pintados de blanco), Capra pidió a los técnicos que inventasen otra fórmula; y efectivamente lo hicieron: emplearon una espuma carbónica, mezclada con agua y jabón, que era impulsada a presión por grandes mangueras a través de ventiladores. Y este sistema, después muy imitado, mereció una mención honorífica de la Academia por el magnífico realismo de sus efectos especiales.
¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra (parte 1)
¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra (parte 2)
¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra (parte 3)
¡Qué bello es vivir! (1946), de Frank Capra (parte 4)
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