12: Rose forever

En 1957 el aún ejerciente Sidney Lu­met debutaba con un intenso y brillante drama judicial escrito por Re­ginald Rose, reputado guionista norteamericano muy activo en los comienzos de la TV. Rose escribió 12 angry man para el mítico programa Studio One, que la cadena CBS emitió el 20 de septiembre de 1954 con un enorme éxito.

Con la misma estructura dramática -la deliberación de un jurado de doce hombres para juzgar el caso aparentemente sencillo de un chico checheno que ha matado a su padrastro ruso-, el realizador ruso Nikita Mikhalkov (Moscú, 1945) ha elaborado una versión apreciable, aunque dada la fuerza de la cinta de Lumet y de las excelentes versiones televisivas ya realizadas en distintos países (la española Es­tudio Uno, 1973, dirigida por Gustavo Pé­rez Puig, es verdaderamente magnífica), cabe preguntarse si está a la altura de su prestigio (ha ganado los galardones más importantes en Cannes, Venecia y San Sebastián).

Mikhalkov respeta la esencia de la obra de Rose en cuanto aguda reflexión sobre las motivaciones del ser humano, sobre la duda razonable, sobre nuestra capacidad de juicio y la condición voluble de las certezas. El realizador ruso, separándose un tanto de Lumet, más que centrarse en la críticas a la fragilidad del sistema del jurado pone un especial énfasis en el retrato de distintas variantes del alma humana, del alma rusa –Mikhalkov es ruso hasta la médula- y sus resortes. De camino da un “repaso” a la dictadura soviética y el tipo de individuo que ha generado.

De Lumet a Mikhalkov

La acción se sitúa en la actualidad y utiliza como marco histórico el crudelísimo conflicto checheno (a través de unos flash­backs muy prescindibles, que son lo peor de la película), exponente de los enormes problemas que siguieron a la desintegración de la URSS. El director de Ojos negros añade además un potente epílogo religioso -cristiano para más señas-, que no estaba en la cinta de Lumet pero que ayuda a contextualizar el ambiente casi sagrado que, en ocasiones, respira la película.

El talento del director, que ha querido reservarse el papel del presidente del jurado, una decisión muy difícil de comprender en la medida en que ha debido dificultar mucho su control sobre la película, brilla en la inteligente localización de la sala de deliberaciones del jurado (un gimnasio de un colegio en plena actividad), un lugar tremendamente cinematográfico.

Mikhalkov es mejor director de cine que Lumet y rueda con mucha más solvencia, pero le traiciona su tendencia a la megalomanía, al alargamiento artificial de las situaciones y, en ocasiones, al manierismo interpretativo de algunas escenas muy demoradas. Vienen a la cabeza los defectos y las virtudes de películas como El barbero de Siberia.

Candidata al Oscar, la película de Mik­halkov, como ya lo era la de Lumet, es muy teatral (no hay que olvidar que Mik­halkov ya puso en escena la obra de Rose en la Escuela de Teatro de Shchukinsky).

El metraje -alargado hasta unos abrumadores 153 minutos, frente a los 98 que tenía la de Lumet– es excesivo, pero hay que reconocer que esta película muy rusa (emotiva, ingenua, exaltada, poética), excelentemente interpretada, se ve con interés y tiene la virtud de seguir después de vista en la mente de los espectadores, al contrario de lo que suele ocurrir con tanta cinta de usar y tirar.

Ficha Técnica

  • País: Rusia, 2007
  • Fotografía: Vladislav Opeliants
  • Montaje: Andrey Zaitsev, Enzo Meniconi
  • Música: Eduard Artemiev
  • Duración: 153 m. Jóvenes
  • Distribuidora: Flins & Pinículas
  • Estreno: 13.VI.2008
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Reseña
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Periodista. Editora de Conversaciones con