A Good Woman: La chispa de Wilde

«Tiene la propiedad de entontecer a los críticos» fue el comentario de Bernard Shaw (1856-1950) sobre su compatriota Oscar Wilde (1854-1900), con motivo del estreno en Londres de Un marido ideal. Y tiene mucha razón el premio Nobel irlandés. Cuando en febrero de 1892 se estrenaba en el St. James’ Theatre de Londres El abanico de Lady Windermere, la crítica y el público entontecieron.

Las obras de teatro burgués que tanto éxito en vida dieron a Wilde, son rescatadas del olvido por el cine, necesitado de un humor lleno de desparpajo que no pierde brillo con el paso de los años.

Hace un tiempo fue Oliver Parker el que reivindicó a Wilde con Un marido ideal y ahora Mike Barker, director inglés de 39 años acostumbrado a las tv movies, y acompañado por un equipo técnico poco dado a los largometrajes, lleva a buen puerto la inteligente adaptación que Howard Himelstein ha realizado de El abanico de Lady Windermere. Inteligente porque hay que reconocer que la enloquecida sucesión de agudezas y paradojas características de Wilde pueden perder mucha fuerza en el cine cuando se olvida que la caja de herramientas del teatro -aún del más genial- no basta para construir cine bueno y menos aún para hacer cine de campanillas. En este sentido, me parece un acierto que la película reduzca el diálogo y distribuya el peso de la historia entre los personajes para hacerla más coral.

113 años después, buena parte del poder seductor de Wilde sigue vivo aunque el vehículo que nos lo trae sea una adaptación cinematográfica que cambia el cuándo, el dónde y un poco el cómo de la obra original, llevándolos del Londres victoriano a la costa amalfitana de los años 30 del siglo XX. Con todo, la adaptación es muy fidedigna, y la calidad del guión se ve reforzada por una puesta en escena muy elegante, una buena realización y un excelente reparto.

De imperio a imperio

A good woman otorga la nacionalidad norteamericana al matrimonio Windermere y procura universalizar los asuntos tratados por Wilde (celos, fidelidad, lucha de sexos, la vida indolente de los ricos, la murmuración, el perdón, la redención), que en su victoriano contexto original pueden resultar para el espectador poco cultivado un tanto rancios (algo de eso ocurrió en la fallida anterior adaptación cinematográfica de La importancia de llamarse Ernesto). Para el recuerdo, una excelente caracterización del malévolo Lord Darlington (el arquetipo más logrado del teatro de Wilde) y la desenvoltura de una gran Helen Hunt, a la que hacía tiempo que no veíamos. A sus 21 años, la neoyorquina Scarlett Johansson (In good company, Lost in translation, La joven de la perla) despunta entre sus contemporáneas y sigue saliendo airosa de cualquier situación que se le proponga, ya sea un drama, una comedia o una adaptación teatral como es este caso.

Me parece que no es difícil entender la fiesta que suponen para los sufridos oídos que oyen la mayor parte del cine contemporáneo los diálogos de una película como ésta. Un dedal de muestra. Entran en el salón de Lady Windermere la cotilla Duquesa de Berwick y su incasable hija. La Duquesa saluda alborozada al displicente y atractivo Lord Darlington, amigo y admirador de Margaret Windermere:

– ¿Cómo esta usted, Lord Darlington? No quiero que conozca a mi hija; es usted demasiado malo.

– No diga eso, duquesa. Como hombre malo soy un completo fracaso. Hay mucha gente que dice que nunca he hecho nada realmente malo en mi vida. Naturalmente sólo lo dicen a mis espaldas.

-¿Usted nunca piensa en el matrimonio?

-Constantemente, por eso sigo aún soltero.

Ficha Técnica

  • País: Italia/Reino Unido/España, 2004
  • Fotografía: Ben Seresin
  • Montaje: Neil Farrell
  • Música: Richard G. Mitchell
  • Distribuidora: Columbia
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Reseña
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Profesora universitaria. Doctora en Ciencias de la Comunicación