Alabama Monroe

Debajo de los camuflajes, la película manipula emocionalmente al espectador de una manera irritante (**½)

Dirección: Felix Van Groeningen Guión: F. Van Groeningen, Carl Joos Fotografía: Ruben Impens Montaje: Nico Leunen Música: Biorn Eriksson Intérpretes: Veerle Baetens, Johan Heldenbergh, Nell Cattrysse, Geert Van Rampelberg, Nils De Caster Duración: 112 m. Distribuidora: Golem Público adecuado: +18 años (X+D)

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Bélgica, Holanda (The Broken Circle Breakdown), 2012. Estreno en España: 14.2.2014

Un mal cóctel que entra fácilmente y deja resaca

Alabama Monroe es la historia de un amor apasionado en­tre dos seres dispares, Elise, tatuadora, y Didier, músico de un grupo de country, que la vida pone a prueba cuando a la hija de ambos le diagnostican una leucemia. Ha­ce un par de años la película francesa de Valérie Don­zelli, Declaración de guerra, desarrollaba un argumento similar. Y, además, esta cuarta película de Felix Van Groeningen es la adaptación al cine de la obra de tea­tro The broken circle breakdown, escrita por el amigo del director Johan Heldenbergh, que protagoniza al per­sonaje masculino tanto en la obra de teatro como en la película.

De modo que el tema no es nuevo, aunque sí el enfo­que y el tratamiento. Porque mientras la francesa golpea­ba con realismo y elegancia en la piedra del toque del amor entre Romeo y Julieta, dejando al descubierto la im­potencia y el desgaste, la belga sube a los persona­jes y al espectador a una «montaña rusa» -palabras textuales del director- alambicada, tramposa y manipuladora.

Entro sin anestesia en el juicio, porque el estreno en Es­paña de Alabama Monroe viene precedido por el marchamo de «película de moda en Europa» que han contri­bui­do a sellar el premio del público en Berlín y en Se­villa, un par de galardones a la mejor actriz en Tribe­ca y en los EFA, el Lux que otorga el Parlamento Europeo y la candidatura a película extranjera de los Oscar por Bélgica. Y un crítico no debe confiar a ciegas en las eti­quetas ni en los prejuicios.

Las dotes artísticas, tanto cinematográficas como musicales, de Veerle Baetens y de su pareja masculina son re­levantes, al igual que la ambientación country, y es ló­gico que el público haya quedado subyugado por lo ver­tiginoso del carrusel pero, como en cualquier calle del infierno, cuando se acaban la música y las luces, apa­re­ce la tramoya, el truco y el cartón piedra. Con otra te­má­tica no hubiera importado tanto, pero la maternidad, la enfermedad, la muerte, el miedo a la pérdida, el vacío exis­tencial, el dolor, el amor y la religión mere­cen un tra­tamiento noble, no un cóctel ideológico-emocional que anule la capacidad de análisis de un es­pectador que sa­le contento después de haber asistido a un dramón de se­rial de clase B en el que lo único que se nos dice, como in­dica el título original -la crisis del cír­culo roto-, es que hay situaciones que el amor no supera.

Van Groeningen ha realizado su película en el laboratorio de postproducción confiando en el libreto de tea­tro, la potencia de la música de bluegrass, cuna de la música country, y la sensualidad de los personajes, que son los mismos actores de la obra de teatro. Y reco­no­ce que se ha perdido varias veces, pero al final han en­cajado las piezas. Yo no lo creo. Se notan a la legua los costurones en la narrativa fragmentada mediante flashbacks de diferentes niveles temporales con los que se intenta dar emoción y empuje a una trama que, tal y como está pergeñada, no hubiera aguantado de resolverse de manera lineal.

Hay ideas interesantes como el re­sumen de la vida de Eli­se en la geografía de sus tatua­jes, o la metáfora de los pá­jaros que golpean en el cristal, pero hay excesos que re­chinan mucho y hacen poco creí­ble la historia: el recur­so constante al sexo envuelto en una luz al­mibarada, la su­perposición de tragedias so­portable so­lo por las notas li­geras y melancólicas de la música, los dis­cursos ideológicos sobre las células ma­dre y contra la religión, la falta de sustento de las refe­ren­cias fideís­tas y ateas de los dos per­sonajes y un final tre­me­bun­do y pesimista pero maquillado de romanticis­mo facilón de 14 de febrero.

Alabama Monroe, en resumen, es como un mal cóctel. Tie­ne ingredientes fuertes: licores múltiples de garrafa y mucho azúcar, por eso se sube rápido y parece dar alas… pero al cabo de un rato viene el resacón del que so­lo quedan un tatuaje y una canción de bluegrass. A algunos nos gusta más degustar conscientemente un buen licor, aunque sea fuerte.

Cristina Abad
Cristina Abad
Periodista. Máster en Guion, Narrativa y Creatividad Audiovisual por la Universidad de Sevilla