Anacondas, la cacería por la orquídea sangrienta: Culebrón culebrero

No hacía falta mucho esfuerzo para igualar, no digamos ya mejorar, la primera parte, Anaconda (1997), pero aún así Dwight H. Little, con experiencia en segundas partes (Liberar a Willy 2), no lo consigue: Anacondas, la cacería por la orquídea sangrienta es peor que su antecesora. En realidad no tienen mucho que ver la una con la otra, tan solo la pedazo de serpiente. El guión está firmado por cuatro personas, un dato muy revelador sobre el tipo de historia que se ofrece.

Un grupo de científicos viajan hasta la selva de Borneo -han rodado en las Fiji- en busca de un ejemplar de orquídea muy especial, la orquídea sangrienta, que pudiera ser ingrediente principal para la fórmula de la eterna juventud. El viaje no va a resultar nada fácil porque un monstruo sediento de sangre les acecha desde el agua.

Estamos ante una película de aventuras muy lineal, la anaconda intenta una y otra vez merendarse al grupo. No hay novedad en los personajes ni en los conflictos propuestos, lo único que cambia es la anaconda, que después de siete años ha mejorado notablemente en el diseño, antes animatrónico, y ahora perfeccionado por el todopoderoso píxel.

Teniendo en cuenta las pretensiones de este tipo de pelis con bicho perverso, el principal defecto es que no resulta lo suficientemente divertida.


Anacondas, la cacería por la orquídea sangrienta (Anacondas: The hunt for the blood orchid)

EE.UU., 2004

Ficha Técnica

Fotografía: Stephen F. Windon Montaje: Marcus D’Arcy Música: Nerida Tyson-Chew Distribuidora: Columbia