Antichrist: Los demonios de Von Trier

“Pasé por una depresión hace dos años. Todo, fuese lo que fuese, carecía de importancia, era trivial. No podía trabajar. A los seis meses decidí escribir un guión a modo de ejercicio. Era como una terapia… Compuse imágenes sin pensar en la lógica o el dramatismo… No tengo ninguna excusa para Antichrist, sólo mi profunda fe en la película, la más importante de toda mi carrera profesional”. Así describía Lars Von Trier el pasado marzo en Copenhague las intenciones que se esconden detrás de su último filme.

Muy discutible es el hecho de que se trate del más importante de su carrera, pero desde luego es el que más controversia ha despertado, lo que ya es decir mucho para un director que prácticamente ha dedicado toda su trayectoria a ‘incomodar’ audiencias. La polvareda que levantó Antichrist en su paso por el festival de Cannes fue de órdago. Gran parte de la crítica se lanzó a la yugular del realizador danés tildando a su obra como un mero ejercicio de sadismo gratuito con el único propósito de llamar la atención (Variety, publicación no precisamente sensacionalista, la calificó directamente como “pedo de arte y ensayo”).

No obstante, tampoco faltaron las voces que reivindicaron el valor de la película, llegando a tacharla incluso de obra maestra, como la revista Empire. Después del certamen, según se ha ido estrenando la cinta por distintos países de Europa, esa reacción inicial se ha ido suavizando y ha ido incluso ganando terreno la corriente reivindicativa. Lo cierto es que ver esta película se convierte en una experiencia tan subjetiva que cuesta enjuiciarla en términos absolutos.

Estamos, desde luego, ante un ejercicio cinematográfico completamente visceral saturado del más hondo pesimismo y desesperanza. Todo lo que se ha hablado sobre su increíble carga de violencia explícita –por una vez- es rigurosamente cierto: Von Trier transgrede todos los límites conocidos dentro del cine de autor, sin que haga falta entrar en detalles. Lo que se ha comentado menos es que toda esa violencia desatada se concentra únicamente en el último acto de la película, sin duda el que tiene más problemas.

Los dos primeros tercios de la cinta están dedicados a narrar la experiencia de un matrimonio que pierde a su hijo de dos años en un desgraciado accidente y su incapacidad para lidiar con ello. Ella (Charlotte Gainsbourg) cae en la más absoluta desesperación y él (Willem Dafoe), guiado por un falso sentido del estoicismo y orgullo, intenta curarla con técnicas de psicología cognitiva. Juntos se refugian en una cabaña perdida en un bosque, llamada ‘Edén’ (sí, hay mucha simbología religiosa), con la esperanza de superar sus miedos y su dolor, pero esto no hará más que aumentarlos hasta hacerlos inabarcables. Difícil y escasa premisa para construir un filme sólido a priori, pero que el director danés utiliza para hilvanar un intenso drama psicológico con una fuerza y plausibilidad indudables, por lo menos en su primera mitad. Luego llegamos a la parte que de verdad ha llenado páginas de periódicos: en un giro inverosímil, Von Trier adopta de repente convenciones del género de terror para convertir la trama de autodestrucción psicológica en una de autodestrucción literal.

Es difícil llegar a entender lo que pasó por la cabeza o las entrañas del realizador para llegar tan lejos sobre lo que está dispuesto a mostrar. El problema no es si es gratuito -lo cierto es que su carga simbólica no es del todo incoherente con el resto del filme- sino si es realmente necesario. Casi parece el grito histriónico de un hombre que quiere hacer participe al mundo del pesimismo vital que ha presidido su existencia en los últimos tiempos.

Una lástima que el ego de un director mancille de tal forma una cinta con varios méritos artísticos, incluyendo los formales, entre ellos el uso sugerente y evocativo de la cámara superlenta en blanco y negro o el tratamiento de imágenes para buscar la semejanza con los cuadros de El Bosco. Por la lograda atmósfera opresiva y angustiosa que preside todo el filme, incluso en espacios naturales y abiertos, también hay que felicitar al director de fotografía, Anthony Dod Mantle, oscarizado este mismo año por Slumdog Millionaire. Dafoe y Gainsbourg, por su parte, también están magníficos, en los papeles sin duda más arriesgados de su carrera.

Ficha Técnica

  • País: Dinamarca, 2009
  • Anthony Dod Mantle
  • Anders Refn
  • Música: Kristian Eidnes Andersen
  • 105 minutos
  • Golem
  • Adultos
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Reseña
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Profesor universitario de Narrativa Audiovisual, Historia del Cine y Apreciar la belleza. Escritor