· Miller llega a provocar en Apolo XI una verdadera atmósfera de vértigo y tensión contenida a través de imágenes desnudas pero hábilmente montadas, de modo que la audiencia se traslade verdaderamente a julio de 1969.

Una historia que pide la pantalla grande

No se puede encerrar el universo en la pantalla de un dispositivo, por mucho que nos lo recuerden las operadoras de telefonía o las plataformas de streaming. El cine se ha encargado de crear escenarios alternativos pero también de introducir al espectador en una realidad vívida, que le haga todavía más consciente de su capacidad de asombro. Por eso, el documental de Todd Douglas Miller, Apolo 11, recreación en tiempo presente de la primera misión lunar, debe contemplarse en una pantalla del mayor tamaño posible.

Cuando Miller recibió en 2016 la propuesta de realizar un documental sobre el viaje de Armstrong, Aldrin y Collins, el director decidió emplear únicamente imágenes y sonidos originales, procedentes de los archivos de la NASA y correspondientes a los nueve días en que se desarrolló la misión. A diferencia de otros documentales, se evitó el recurso a las entrevistas o imágenes extemporáneas que rompieran la ilusión de una retransmisión en directo, con la excepción de los gráficos animados inspirados en 2001: una odisea del espacio que, ante la ausencia de planos exteriores, ilustran la posición de los módulos Columbia y Eagle durante las maniobras.

En un sobresaliente ejercicio de edición, Miller emplea diversos formatos y fuentes para sintetizar la misión en hora y media con un efecto realista: película espacial Eastman de 16 mm, metraje de 35 y 65 mm, e imágenes de vídeo capturadas sobre la Luna. Se trata de un material en buena parte inédito, obtenido hace cincuenta años por un equipo diverso que incluía personal de la NASA y, por supuesto, a los propios astronautas.

La combinación dramática de estas imágenes resulta especialmente efectiva en los momentos de mayor impacto: el lanzamiento y la separación de las sucesivas fases del Saturno V, el alunizaje del Eagle o la reentrada del Columbia en la atmósfera terrestre. En ocasiones, la pantalla se multiplica en diferentes imágenes con objeto de redoblar la intensidad dramática de acciones simultáneas, que transcurren en el complejo de lanzamiento de Cabo Kennedy, en el control de la misión en Houston o en el interior de los módulos espaciales.

Puede que el espectador ya haya contemplado momentos similares en ficciones repletas de efectos visuales, o incluso en recreaciones documentales. Sin embargo, Miller llega a provocar una verdadera atmósfera de vértigo y tensión contenida a través de imágenes desnudas pero hábilmente montadas, de modo que la audiencia se traslade verdaderamente a julio de 1969, aunque las voces de los operarios de la NASA repitan una jerga tecnológica ininteligible y las palabras de Walter Cronkite, a la vuelta de dos generaciones, hayan perdido parte de su fuerza evocadora. La estrategia de montaje se apoya en buena medida en una banda sonora dominada por la percusión, de manera que una cuenta atrás puede fundirse con los latidos del corazón mientras se acelera una maniobra de lanzamiento. Su compositor, Matt Morton, no empleó ningún instrumento o equipo musical que no existiese en 1969.

Durante el despegue, Miller también consigue trasladar al espectador a la América de finales de los 60: una década en que la realización del sueño espacial palió las heridas de una sociedad convulsa por la guerra de Vietnam y las luchas por los derechos civiles. La fragilidad de los astronautas contrasta con los peligros de la aventura y las dimensiones de los ingenios tecnológicos empleados. Así, las imágenes se recrean en los tamaños del edificio de ensamblaje y sobre todo del Saturno V en plena potencia, pero también en los desplazamientos del módulo lunar y su periplo sobre el satélite.

El director rinde un tributo implícito a la hazaña tecnológica del momento, al evitar cualquier referencia que rompa la ilusión de un documental en tiempo real. Quizás porque, desde entonces, no se ha repetido un programa interplanetario tripulado ni se ha viajado al espacio en un vehículo tan veloz. La precariedad tecnológica y su desproporción con la meta alcanzada -no repetida desde hace medio siglo- convierten Apolo XI en un homenaje a quienes iniciaron el sueño espacial de la humanidad, en el 50º aniversario de la primera misión lunar. Esta desproporción entre audacia y tecnología difícilmente podrá apreciarse sin la enormidad de una pantalla cinematográfica, ante el riesgo de que la aventura evocada por Miller quede en anécdota de dispositivo táctil. Pues el director confirma que el cine, en 2019 como en 1895, ofrece un marco incomparable para mostrar los grandes saltos de la humanidad.

Antonio Sánchez-Escalonilla

Ficha Técnica

  • Dirección, Guion y Montaje: Todd Douglas Miller
  • Fotografía: Adam Holender
  • Música: Matt Morton
  • Intervenciones: Buzz Aldrin, Joan Ann Archer, Janet Armstrong, Neil Armstrong, Jack Benny, Johnny Carson
  • Duración: 93 min.
  • Público adecuado: Todos
  • Distribuidora: A Contracorriente
  • EE.UU. (Apollo 11), 2019
  • Estreno: 16.7.2019