Avatar

Crítica de la película

Mucho se esperaba de lo nuevo de Cameron. El resultado final es una obra maestra, con hechuras tan clásicas como revolucionarias

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· La película consigue sorprender con una nueva criatura, un nuevo paisaje y sobre todo, un nuevo viaje aéreo que aprovecha al máximo la potencia visual del 3D.

Medidas arriesgadas

Aunque los datos son muy discutidos, Avatar es la película más cara de la historia del cine con un coste total (promoción y producción) en torno a los 500 millones de dólares. Dirigir una empresa así en los tiempos que corren sólo se lo podía permitir el culpable de la película más taquillera de la historia del cine: Titanic, ganadora de 11 Oscar y de 1.850 millones de dólares.

La película cuenta la historia de Pandora, un planeta muy rico en materias primas habitado por los Navi. En el intento de explotación de este planeta los humanos escogen a un marine inválido y una bióloga experimentada para procurar una relación fructífera entre las dos razas.

Me preocupaba mucho el guión de la película. Cameron siempre me ha parecido un superdotado desde el punto de vista visual, pero como guionista deja mucho que desear cuando quiere dar entidad a una historia. Así me lo pareció sobre todo en Titanic, donde la historia es cursi y tópica hasta decir basta. Viendo el tráiler de Avatar mis miedos aumentaron, ya que me dejó bastante frío la explosión visual pero fría que desprendían esas imágenes. Digo todo esto para hacer ver que no entré de rodillas en la sala de cine… Sin embargo, salí convencido de haber visto una obra maestra de visión obligatoria en 3D.

El valor de la película queda resumido en la escena en la que el personaje interpretado por Worthington (una apuesta personal arriesgada y muy certera de Cameron) conoce Pandora desde su avatar Navi, que maneja desde la base militar. Al ser paralítico, las percepciones del nuevo mundo (la arena que roza sus pies, el aire que respira, los colores que ve) son, para él, aún más intensas.

En cierta medida esto es lo que quiere Cameron, que el espectador vea con otros ojos. Y creo que lo consigue plenamente con un despliegue visual que hace que los 162 minutos no dejen de sorprender en ningún momento con una nueva criatura, un nuevo paisaje y, sobre todo, un nuevo viaje aéreo en el que se aprovecha al máximo toda la potencia visual del 3D.

En este sentido ayuda mucho la planificación visual de Cameron, que permite secuencias largas y apabullantes huyendo del montaje entrecortado, que suele salir más barato pero que dificulta la inmersión del espectador en la acción.

El mérito principal de Avatar es que todo está muy medido. Hu­bie­se sido fácil saturar visualmente con inagotables efectos digitales (recuerden las últimas de Lucas). Pero Avatar tiene una historia y unos personajes, tiene algo que contar. Y ese “algo” bebe de la abundante literatura fantástica que Cameron leyó y asimiló en su juventud. Muchos dirán que hay poca originalidad en el argumento central: la inmersión de un ser extranjero en una cultura distinta y hostil. Ciertamente es una trama muy usada, que resultaría convencional si se tratase de una forma convencional. Y no es el caso.  Nadie podrá culpar a Came­ron de esconder los referentes que van desde 2001. Una odisea en el espacio a Bailando con lobos, pasando por la Tierra Media de Tolkien y los lados oscuro y luminoso de Star Wars. Pero esos referentes quedan matizados en una historia que tiene suficientes detalles originales para ser considerada singular, distinta, con voz propia.

Además, estaba el riesgo de incurrir en el panfleto econaturista con tics de nirvana espiritual que, a modo de narcótico, llevara a muchos espectadores a subir el volumen del I-Pod y a no complicarse la vida mientras envían un donativo para salvar a la ballena diabética y al pingüino ludópata. Sin embargo, Cameron toca otras teclas más clásicas como son el amor que supone fidelidad, sacrificio y unión, el respeto a lo ajeno, que hace mirar con otros ojos y enriquecerse a uno mismo, o la veneración de un Dios que ampara su creación y no se desentiende de ella. Esta profundidad de campo hace que la película sea mucho más que un espectáculo visual tan impresionante como vacío e intrascendente.

Se agradece, en fin, que los efectos especiales no anulen la expresividad de los actores, que están magníficos inmersos en sus avatares. Y que Horner, aún sin llegar a la magia de Braveheart y Titanic, regale melodías maravillosas como la del primer vuelo de Jack sobre Pandora.